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Agradecimiento

Deseo hacer llegar mi público agradecimiento a las numerosas personas que llenaron el salón de actos del Ateneo de La Laguna en la presentación de la película LANZAROTE, LA ISLA ESTRELLADA.
En el coloquio que siguió a la proyección, se pudo comprobar que buena parte de la sociedad está concienciada sobre la necesidad de conservar el medio natural y poner coto a la barbarie urbanística que asola nuestras costas. En estos dos aspectos coincidimos todos los participantes en un debate en el que surgieron asuntos tales como el grado de implicación de José Saramago en la defensa de Lanzarote, la ausencia de declaraciones de la Fundación César Manrique, la defensa de otros espacios naturales costeros, etc.
También agradezco al Ateneo de La Laguna su gentileza en la cesión de un hermoso espacio cultural que posibilita el acercamiento de los creadores a los ciudadanos.

Por otra parte, la difusión de la película en internet (según Google hay en estos momentos 653.000 entradas para “lanzarote, la isla estrellada”) ha sido posible gracias a gente de todo el mundo que ha puesto su granito de arena para que un problema tan local se asuma globalmente y sea conocido en cualquier rincón del planeta. Gracias a todos.

Estimados amigos,

Tengo el placer de invitarles a una proyección en pantalla grande de mi película “Lanzarote, la isla estrellada y al coloquio que tendrá lugar a continuación.

LUGAR: Salón de Actos del Ateneo de La Laguna (Tenerife)
HORA: 20:00 horas
FECHA: lunes, día 9 de noviembre de 2009.
ACCESO: La entrada será libre.

Para más información ver el blog oficial de la película.

Nota: El Ateneo de La Laguna se encuentra en la Calle San Juan, junto a la Catedral.

Miles Davis

Yo asistí al último concierto de Miles David, pero me hubiera gustado estar presente en la grabación de su disco Kind of blue, con los temas So What, Freddie Freeloader, Blue in Green, All Blues y Flamenco Sketches. En este 2009, se cumple medio siglo de la grabación del más vendido disco de jazz, considerado la mejor obra del mítico trompetista. En un estudio de la Columbia Records, situado en una vieja iglesia rusa de la calle 30 de Nueva York, Miles se encerró durante diez horas en un par de sesiones con los músicos de su banda: Bill Evans, Wynton Kelly, Paul Chambers, Jimmy Cobb, Cannonball Adderley y John Coltrane. Siete titanes del jazz moderno para crear lo que a partir de entonces sería el cool jazz: auténtico licor destilado del hard bop. Un jazz que hundía sus pies, sus manos y su cabeza en el que inventaron Charlie Parker y Dizzy Gillespie a principios de la década de 1940: el bebop (ruido que produce la porra de un policía blanco sobre la cabeza de un negro) que adoró Jack Kerouac, cuyo libro On the road (1957) ayudó a establecerlo como música de culto en todo el mundo.
Esta semana -en la que también se cumplen 40 años de la muerte de Kerouac- se celebra en Nueva York el cincuenta aniversario de aquel portento creado en 1959 por Davis y compañía. Siento envidia insana por quien pueda estar ahora en la ciudad vertical disfrutando del acontecimiento, pero esta vez no me toca ir sino desconsolarme.
Mala suerte. Tendré que conformarme con recordar aquel concierto de despedida, cuando ya la terrible enfermedad había hecho presa en el músico y éste lo sabía. Miles Davis era poco más que una brizna de hombre pegado a una fantástica trompeta roja que se iba escondiendo por el escenario, detrás de los otros músicos, de las grandes columnas de altavoces y de cualquier cosa que pudiera ocultarle. Esa noche no pude dormir sin escribir un artículo titulado “Una sombra con trompeta roja” que se insertó en una revista de poca circulación.
Jamás un concierto de cualquier clase me ha impactado con tal fuerza ni, como éste, me ha dejado grabada en el cerebro hasta la última nota formada con el aliento terminal de aquel tipo eminente. Lo tuve algunos ratos a menos de un metro de distancia: pelo largo, gafas negras, chaqueta a lo Bob Marley: el aliento divino atravesando una boquilla y sofocándose de manera genial en la inseparable sordina Harmon de Davis. Podría jurar que ese concierto, esa música me proporcionó el mayor placer que haya sentido con los pantalones puestos. Lástima que Miles durase poco más. Murió a los 65 años, cuando se encontraba en la cresta de sus inquietudes como experimentador, mientras continuaba, incansable, buscando nuevas formas

No importa que usted sea gordo, flaco, parlamentario, chorizo, consejero, presidente, obispo, constructor o banquero: ya existe una Moral disponible para su talla. Por un precio módico, tras unos ligeros arreglos, tenga la seguridad de que le sentará como un guante… blanco, por supuesto. Usted podrá meter la mano hasta el codo en los billetes de 500 sin miedo a manchar su reputación de tinta violeta. Ya está en el mercado prêt-à-porter la fórmula adecuada para que su dignidad quede a salvo.

Es una idea aceptada que la Moral trata del bien en general y de las acciones humanas en orden a su bondad o malicia, mientras que la Ética es el conjunto de normas morales que rigen la conducta humana. Las leyes y los jueces de un estado de derecho están íntimamente ligados a la Ética o, al menos, eso creíamos los ciudadanos honrados.
Por otra parte, los mismos ciudadanos todavía consideramos una inmoralidad que un político acepte un traje, unas vacaciones, un bolso o un reloj regalado por una persona a quien dicho político ha facilitado una subvención o la adjudicación de un sustancioso contrato público. Para llegar a esa conclusión no hace falta ser filósofo, legislador ni siquiera un simple juez de instrucción o estar afiliado en el partido opuesto. Basta con abrir los ojos y los oídos.
Sabemos que no se atiene a la ética –es decir, a las normas morales– el político que acepta esos obsequios.  Pensamos que si las leyes o los jueces permitiesen esas inmoralidades sería porque no tendrían en cuenta la Justicia, la Ética ni la Moral, y estarían colaborando en el encanallamiento de la sociedad. Lo cual sería espantoso.
No me cabe duda de que usted y yo, como tantos ciudadanos, creemos en la Moral, en la Ética y en la Justicia. Pero, si reflexionamos honestamente, ¿encontramos razones para creer en nuestro Código Penal? ¿Y en la imparcialidad de los jueces?
En lo que a mí se refiere, por no citar a otra persona, tendría motivos para creer en la validez de las leyes y de los jueces si los políticos del reloj, el traje o las vacaciones pagadas fueran juzgados de manera acorde con las auténticas normas morales (incluso, si quienes los han denunciado fueran más corruptos que ellos). En caso contrario, y que me perdonen los poderes legislativo y judicial, no creería.
No nos engañemos: nadie creería. Sin embargo, existen vendedores de crecepelo que se empeñan en justificar cada inmoralidad de los políticos poniendo en marcha una especie de escalera mecánica de silogismos en sentido inverso: utilizan los defectos de la Ley como ladrillos para levantar ante nuestros ojos un edificio putrefacto que nos presentan como la perfecta imagen de la Moral, cuando en realidad no es más que un espantajo de cartón piedra, abellacado y ruin. Es como si alguien obtuviera 5 unidades sumando 2 más 2, y a continuación tratara de convencernos de que no ha sumado mal, sino que el valor de 2 no es el de dos unidades, sino de 2,5. Y, aunque nadie lo cree, todos aceptamos el nuevo valor de 2,5 porque nos lo explican con mucha gracia o con mucha seriedad, porque quizás convenga a nuestro negocio que el 2 sume un poquito más que el año pasado o porque tenemos miedo de decir lo que pensamos. Como en el cuento del vestido del emperador: va desnudo, pero todos alaban su traje.

Así, poco a poco, el encanallamiento de los dirigentes y de quienes los votamos va en aumento, en consonancia con el desarrollo de la nueva Moral del relojillo caro, del viajecillo largo y del trajecillo casposo. Una Moral de mercachifle. Una Moral que ya se expende en diferentes tallas, una Moral prêt-à-porter que se adapta lo mismo al alisio de las Islas Canarias que a los fuegos fatuos de la Comunidad Valenciana, las minas teñidas de Andalucía, los chulos ladrillos de Madrid o los carruajes tirados por meigas de Galicia. No importa que usted sea gordo, flaco, chorizo, presidente, obispo o banquero: ya existe una Moral disponible para usted que por un precio módico y con unos ligeros retoques le sentará como un guante… blanco, por supuesto.
Una Moral restaurada y garantizada por muchos años, porque siempre aparecerá alguien con un pico de oro capaz de dar otra vuelta de tuerca, ajustar los silogismos de la escalera mécanica y convencer a los ciudadanos sobre lo conveniente de aceptar como paradigma del bien general lo que ya no es ni el eco del eco del eco del eco de la Moral

Llegué a Miret cuando me encontraba en un campo de batalla teológico: terreno pantanoso en que cada día dirimía mis diferencias con los fantasmas que me había legado mi educación católica en la primera infancia, rematada por varios años de seminario, que irónicamente me condujo al lugar contrario al que debía encaminarme. Los artículos de Miret fueron serenando mi espíritu y aquel Dios colérico al que me enfrentaba a diario se fue difuminando hasta convertirse en un concepto filosófico. Así, con las aportaciones de Miret y Platón, recibí la suficiente serenidad para lograr que mi Todopoderoso creciese hasta perder de vista los rasgos de su terrible rostro y terminara por convertirse en un Prototipo más. Cesaron mis temores, mi lucha, mis noches en vela, mi desamor a todo lo sagrado. Desde entonces, miré cara a cara a aquel Dios que ya estaba entronizado como ente filosófico en el territorio de la inexistencia, junto a los prototipos del Amor, de la Vida, de la Naturaleza, de la Verdad, de la Belleza y de la Justicia. Curiosamente, el Demonio no se desfiguró ni se transformó, simplemente despareció sin dejar ni olor a azufre. Quizás esa iniciación a la niebla logró que más adelante no me resultaran del todo extraños los paisajes de Samuel Becquet o Giorgio Manganelli.

Había leído mi primer artículo de Enrique Miret Magdalena cuando yo tenía diecisiete años de edad. Debió ocurrir hacia el mes de febrero de 1970. Sus ideas y su prosa me atraparon y ya no supe ni pude dejar de leerlo. Quizás ese artículo, que trataba sobre una comunidad agnóstica en Estados Unidos, fue el que me impulsó a suscribirme a una revista con un título tan atractivo: Triunfo. El ejemplar lo había comprado por casualidad en una pequeña librería (años más tarde, supe que su dueño, Sixto, no la tenía tan “casualmente” a la venta). Luego, durante varios años, la publicación me llegó por correo de forma irregular al remoto pueblo donde yo vivía, en una isla donde el diablo dio las tres voces y nadie pudo oírlas, como dicen los cubanos; sin embargo, llegaron todas los números publicados, incluso aquéllos que la censura de don Fraga y adláteres requisaba antes de ver la luz en los quioscos. Me avergüenza reconocer que tardé mucho tiempo en darme cuenta de que aquella revista era un órgano de expresión de los comunistas españoles. Yo pagaba la suscripción únicamente porque la encontraba atractiva y sus columnistas escribían de forma diferente a los de Semana o del Readers Digest a que estaba suscrito mi tío.
Tan pronto Triunfo llegaba a mis manos, me abalanzaba sobre los artículos de dos autores: 1. Eduardo Haro Tecglen: un auténtico laberinto ideológico y sintáctico que desafiaba mi comprensión línea a línea (al principio, llegaba a leerlo media docena de veces sin enterarme de nada) y 2. Enrique Miret Magdalena: un torrente de flamante filosofía (¿no era la teología en Miret una disculpa para filosofar hacia y desde el corazón del imperio?) para un muchacho que había abandonado el seminario y renunciado voluntariamente a la salvación eterna, en franca rebeldía contra todo lo que oliera a dogmatismo irracional, es decir, el autoritarismo filosófico, religioso, político y conductual tan en boga por aquellos años.
Si alguien duda de que esto no puede producirse en la cabeza de un adolescente es que no ha pasado algunos años estudiando en un seminario católico. Créanme:casi todos los que salimos de allí lo hemos hecho con el sentimiento de haber traicionado a Dios, porque ésa es la idea que nos habían inculcado nuestros educadores, poniéndonos como ejemplo de condenados al fuego infernal a quienes habían abandonado la carrera sacerdotal antes que nosotros. Una vez fuera del seminario, sobreviene un drama psicológico de dimensiones considerables: unos tratan de redimirse sometiéndose en cuerpo y alma a las normas y a los oficiales de la Iglesia, mientras otros optan por enfrentarse a ella en todos los terrenos. Ambas posturas causan innumerables sufrimientos a los jóvenes “traidores”. Por este motivo, es importante encontrar lo más rápido posible una salida teológica y filosófica que permita vivir en paz, sin renunciar a las auténticas convicciones de cada cual. A mí, como antes he indicado, esta salida me la señaló don Enrique Miret Magdalena, este señor que acaba de morir.
Como yo no era comunista ni lo fui después (quizás porque nunca he logrado encajar en un Prototipo seductor a Lenin, Stalin, Mao, Fidel, Hugo Chávez o a cuantos comunistas y socialistas reales he ido conociendo a lo largo de mi vida: ansiosos del poder perpetuo o esclavos del poder perpetuo), la revista en que escribía Miret Magdalena me influyó de manera muy diferente a como pudo hacerlo con los lectores afiliados en los partidos políticos marxistas leninistas. Mientras Tecglen, Miret o el propio Luis Carandell con su Celtiberia me fascinaban, nunca sentí simpatías hacia plumas como la de Manuel Vázquez Montalbán, cuyas opiniones pocas veces compartía, a pesar de que su prosa era tan legible como contundente: siempre me pareció (también en sus novelas)- un escritor poco tolerante, chauvinista e incapaz de aceptar una corriente pensamiento, o una generación, que no fuese copia exacta de la suya. Sus héroes, calcos de su propia personalidad, tampoco me han gustado nunca: tan alejados del humanismo que transpiraban las palabras de Miret o de Tecglen.
Ciertamente, nunca perdí de vista a Miret Magdalena. Leí varios libros suyos y tuve la ocasión de saludarlo en una librería de Tenerife durante una visita que hizo con Haro Tecglen para impartir unas conferencias. Consciente de las batallitas que se ven obligados a escuchar los escritores, sólo crucé con él unas breves palabras. La prudencia me impidió contarle lo que hoy (muerto ya mi admirado filósofo) estoy contando a manera de modesto e íntimo exergo.

NEUMATICOS

el día 21 de octubre de 2009 es una fecha tan buena como cualquier otra para morirse y cabe la posibilidad de que dentro de cuarenta años alguien se acuerde de ti y escriba unas cuantas líneas para hacerte un homenaje como esta carretera sin curvas que yo le dedico hoy al buenazo de jack por haber tirado la botella y estirado la pata el veintiuno del diez del sesenta y nueve. si por fin no te mueres antes de alcanzar mis ochenta y ocho tacos puede ocurrirte que para entonces no te acuerdes de nada o por el contrario que lleves en la cabeza grabados a sangre y fuego todos los acontecimientos de tu vida. en la mía se cruzaron dos tipos raros un sábado por la mañana hace sesenta años y pronto me di cuenta de que era un testigo privilegiado del nacimiento de una palabra que cambió el mundo. no seré yo quien te solucione el dilema de si el pensamiento se encuentra determinado por el habla o es el habla la que se encuentra determinada por el pensamiento pero voy a decirte una cosa: en estos momentos el pensamiento moderno y la historia de los últimos sesenta años habrían transcurrido de una manera muy diferente si en américa no se hubieran acuñado los términos bebop y beat. lo que yo digo es que en el fondo somos animales simbólicos que vivimos en un cosmos simbólico equivalente a un universo edificado con palabras que se comportan como los bloques de lego y crean un mundo con un orden y un desorden simbólicos. ladrillos virtuales. auténticos píxeles que contribuyen a un grado concreto de resolución. irrealidades poderosas. vamos a aclarar este embrollo en honor de los huesos del viejo zorro intentando no citar a ginsberg ni a la destrucción ni a la locura. al carajo las poderosas mentes. viste cómo richard rolling convirtió a su padre en chocolate sin temblarle el pulso al liarlo en papel de fumar y sin que el fbi ni los bobbies le molestaran en lo más mínimo como en los viejos tiempos. bebop. a principio de la década de mil novecientos cuarenta la palabra bebop designaba el ruido que produce la porra de un policía blanco cuando alcanza la cabeza de un negro. el término bebop fue utilizado en esa misma década por el saxofonista charlie parquer y por el trompetista dizzy gillespie para nombrar un nuevo estilo de jazz que se construyó con improvisaciones sobre ritmos complejos y armonías disonantes. ahora es fácil imaginarlo porque casi todo es disonante pero entonces sólo asonaban y disonaban los cantadores de tajaraste o los dodecafonistas seguidores de un tal arnold schoenberg que trabajó en un banco en praga hasta que empezó a dar conciertos en berlín y vino a los ángeles y compuso hacia 1947 un superviviente en varsovia. naturalmente no fui testigo directo del momento en que el término bebop adoptó el nuevo significado porque yo nací al lado de nueva orleans y la adopción tuvo lugar en nueva york a muchos kilómetros de distancia por personas ajenas a mis relaciones sociales y se desarrolló mientras yo me encontraba tumbando nazis en el viejo continente. tampoco sé si arnold llegó a tomarse unas copas en compañía de parker cuando éste visitaba california. lo que puedo decir es que la fortuna quiso que yo sí estuviera presente cuando nació la palabra beat que también tiene una relación muy estrecha con el jazz y los golpes en la cabeza. ¿cuándo sucedió eso? verás. yo regresé a américa en 1946. volví a mi casa en delacroix island: una aldea de san bernardo parish: junto a nueva orleans, la recordarás porque allí fue donde se rodaron las escenas de las gambas de la película forrest-gump. había estado luchando en europa desde los veintiún años de edad. mi infancia y mi adolescencia transcurrieron entre pescadores cazadores y tramperos y por qué no decirlo entre fabricantes clandestinos de bebidas alcohólicas. mis juegos tuvieron lugar en las orillas pantanosas de los canales del río misisipi y asistí poco a clase porque el huracán de 1917 desarmó la escuela y la maestra desapareció con la gripe española de 1919 y no enviaron otra hasta muchos años más tarde.
aquella mañana de 1949. verás. aquella mañana yo tenía el trasero apoyado contra el muro de un jardín en la esquina de la avenida st claude con la calle france esperando que pasara un coche para hacer auto-stop hacia san bernardo. vi cruzar el chevrolet del juez pérez pero no me atreví a poner el dedo. no gracias. no quería líos con esa clase de gente que casi siempre están buscando chivos expiatorios para colgarles cualquier delito que han cometido ellos mismos. así que continué allí pensando en la vida que había llevado mientras formaba parte de una comunidad muy peculiar. en esta parte del delta del misisipi vivían cayunes e isleños pero ambas comunidades no se mezclaban. ellos hablaban su francés del demonio y nosotros seguíamos con el dulce español que nuestros antepasados habían traído de las islas canarias en el siglo dieciocho. con las comidas sucedía los mismo: nuestro caldo isleño cocinado a base de verduras mezcladas con diversos tipos de carne y papas les resultaba extraño a ellos mientras que nosotros torcíamos el gesto cuando nos hablaban de su gumbo tan picante como si lo hubiera preparado el mismo demonio. ellos no venían a nuestras fiestas ni les gustaba cantar décimas y tampoco nosotros merodeábamos por sus bailes desabridos con violines que hacían ñiquiñiqui y donde no se podía dar ni un mal puñetazo los sábados por la noche. ellos pensaban que nos llamábamos isleños porque vivíamos en delacroix island y nosotros no sabíamos que el término cayún provenía del gentilicio acadiano. tales para cuales.
el sol empezaba a calentarme la cabeza más de la cuenta. pasó un camión pero llevaba una familia entera en la cabina y era lógico que no se detuviese. me dio sed. mi tía le enviaba una botella de licor a mi viejo y decidí echarme un trago antes de que el líquido se calentara. como te decía: hasta que me alistaron para la segunda guerra mundial casi no me aventuré más allá de san bernardo parish. quizás había hecho alguna salida esporádica a nueva orleáns pero nunca más lejos que la casa de mi tía en el french quarter a doscientos metros de la calle borbon. en europa logré sobrevivir a las balas nazis y a las chulerías de mi sargento texano e incluso a la gonorrea de unas gemelas de la gestapo a las que encontré cantando entre las ruinas de una iglesia en bremen. créeme que el regreso a casa no fue fácil. la actividad como trampero se había convertido en poco rentable y para quienes no teníamos embarcaciones adecuadas la pesca tampoco era buena salida económica. a mi regreso ya había cumplido los veinticuatro años de edad y estaba soltero. mis padres tenían asegurada su manutención de manera que nada me ataba a aquellos pantanos y aproveché la oportunidad que ofrecía el gobierno a los soldados licenciados para adquirir algo de formación. esta es la razón por la que me trasladé a vivir a nueva orleans. una hermana de mi madre se había casado con un hombre del barrio francés y me ofreció una habitación en su casa durante el tiempo que permaneciera en la ciudad. sin dudarlo acepté su invitación. ya llevaba casi tres años asistiendo a clase a punto de lograr un título de peritaje en refinado de petróleo cuando conocí a neal y a jack. fue aquel sábado por la mañana. ya les comenté que me había colocado en la avenida st claude acechando cualquier vehículo que se dirigiera a san bernardo parish con la intención de hacer auto-stop e ir a visitar a mi familia durante el fin de semana. por esa época había poco tráfico hacia mi pueblo pero por fin hacia las once y media se detuvo un impresionante hudson sedan con dos jóvenes dentro.
«¿vais a san bernardo? «sí sube te llevamos» el que iba al volante era un tipo rubianco larguirucho con el pelo largo y la barba sin afeitar. ocultaba los ojos con gafas de sol y la mitad de la barriga con una camiseta sucia. su acompañante también era blanco: vestía con descuido y el pelo le cubría las orejas. la edad de ambos estaría entre los veinticinco y los veintiocho años. probablemente se me reflejó la desconfianza en la cara cuando pensé que aquellos presuntos vagabundos podrían haber robado el coche. el conductor inició una mueca al tiempo que movía su mano hacia el freno en un  gesto que parecía indicar que mis oportunidades de viajar en aquel lujoso auto se estaban terminando. abrí la puerta trasera y subí justo cuando las ruedas empezaban a girar. «oye jack» dijo el del volante con tono despreocupado sin dignarse a mirarme «pon un poco de música» el otro encendió la radio y comenzó a buscar una emisora. después de un predicador que sólo tuvo tiempo de pronunciar «a las llamas del infierno…» y de la voz monótona del presidente del senado de baton rouge pidiendo calma a la gente de napoleonville por la plaga de mosquitos sonó el saxo alto de charlie parker. de inmediato surgió la trompeta de miles davis con un tataratá-taratá-tarará que actuó como viento del desierto entrando por la ventanilla del conductor abrasándonos los tímpanos. aunque nosotros no lo sabíamos era la primera vez que sonaba a night in tunisia en una emisora de nueva orleans interpretada en directo por davis y parker los cuales a aquellas horas de la mañana ya estaban colocados hasta las orejas resoplando y dando traspiés por el estudio de la emisora frente a la segunda parada del travía en la calle canal. los dos locos que venían en el coche parecían haberse olvidado de mí y movían las manos y la cabeza como si todo el alcohol revuelto con la marihuana y la heroína que llevaban encima aquellos chiflados músicos les hubiera sido inyectada por vía radiovenosa. el hudson atravesó el pequeño puente de hierro a una velocidad endiablada armando un escándalo de mil pares. ahora sonaba el saxo de parker saltando sobre los compases de la batería y sobre los rebencazos del coche desbocado como una locomotora descarrilada que se lanzara a un paseo por el campo atropellando las piedras y los conejos. ya sé que ahora nadie recuerda aquella actuación pero les aseguro que todo esto ocurría cinco años antes de que dizzy gillespie interpretara con charlie el pájaro la misma pieza en el massey hall de toronto.
así fue como conocí a aquellos tipos que parecían sacados de una trinchera griega media hora después de un bombardeo alemán. el locutor quiso decir algo pero parker y davis le arrebataron el micrófono y continuaron tocando sin solución de continuidad. ahora el saxo de charlie parker gemía my old flame sobre un pentagrama de terciopelo rojo. la trompeta de miles davis parecía limitarse a colocar puntos y comas. a medida que se aminoraba el ímpetu de la música disminuía la velocidad del sedán. estábamos cerca de chalmette. jack se giró hacia atrás y me extendió la mano para presentarse. «soy jack kerouac  y cuando no estoy en la carretera vivo en nueva york. éste es neal cassady dueño de esta máquina maravillosa y de profesión… beat. «¿beat?» exclamamos neal y yo al mismo tiempo. «beat sí beato igual que yo. el beato neal cassady» neal aminoró aún más la marcha del coche mientras esperaba mi reacción espiándome por el espejo retrovisor. en un instante decidí colocarme a la altura de la circunstancias y demostrar a aquel par de paletos que no se podía vacilar tan fácilmente a la gente que ha crecido con los pies hundidos en las aguas del misisipi. «encantado de conocerlos amigos. mi nombre es alan gonzález. de profesión… saint. «¿saint?» los beatos palurdos cayeron en la trampa. «saint sí. soy san alan gonzález» afirmé con cara seria mientras en mi mano aparecía la botella de licor de ciruelas y les invitaba a echar un trago. los isleños siempre damos una de cal y otra de arena: no podemos evitarlo. cassady pegó los labios al gollete de la botella y se ahogó porque la risa le llegó con retraso. casi nos vamos fuera de la carretera. no volcamos gracias a que jack sujetó el volante. neal sin soltar el pedal del acelerador daba fuertes golpes con las manos en el salpicadero debatiéndose entre la tos y la risa con los ojos cerrados sin pensar por un segundo que podríamos matarnos allí mismo. cuando se repuso kerouac me señaló con el dedo pulgar e hizo un comentario que volvió a dejar las cosas en su sitio. «el santo está pálido. creyó que se iba al infierno con los dos beatos». esta vez neal pisó el pedal del freno a fondo y nos fuimos hacia delante y sus carcajadas lo llenaron todo. «¡santos y beatos jajajajaja!» aullaba «¡saints y beats!». cuando se calmó un poco yo también estaba riéndome a carcajadas y me atreví a preguntarles «¿saints o beats? ¿cuál de las dos profesiones elegimos muchachos? «¡beats!» respondieron a coro. estábamos a doscientos metros del lugar en que se desarrolló la batalla de nueva orleans en 1812. desde la radio se deslizaba el sonido de una trompeta fabricando un laberinto sonoro para cercar las notas beatíferas de un saxo que parecía morir de amor entre las manos de un genio negro. beat. la palabra mágica fue inventada en ese lugar y con esa música. soy testigo. alguien debería colocar allí una placa con una sola palabra: beat.

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Pulse para ver dos vídeos sobre la fiesta:

VÍDEO 1 Marcha hasta el muelle de La Aldea

VÍDEO 2 Baño y captura de peces en el Charco

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Gran Canaria. La Aldea de San Nicolás de Tolentino. A las doce de la mañana del día 11 de septiembre, justo cuando empieza a chisporrotear el primer compás de la Banda de Agaete, un grupo alegre y pintoresco de personas comienza el recorrido de un par de kilómetros, en dirección al mar.

He llegado hasta aquí después de intentarlo durante muchos años y de haber suspendido el viaje por una razón o por otra. Intuía que esta celebración podría ser interesante, pero nunca pude imaginar que fuese tan espléndida como voy a comprobar en las horas siguientes. Me acompaña Olivia Quintero. Llevamos dos cámaras profesionales: una de vídeo y otra de fotos. Como en otras ocasiones, las intercambiamos para captar las imágenes desde nuestros particulares puntos de vista.

No es difícil apreciar que la Banda de Agaete está en su salsa. La compone una decena de músicos, vestidos como capitanes de la marina mercante, con saxos, trombones, trompetas, una caja, unos platillos y un bombo que lleva pintado el Dedo de Dios antes de partirse. Junto a las canciones de Los Beatles, como el “Submarino amarillo” o el “O-bla-di-o-bla-da”, suena el himno nacionalista canario “Me gusta la Bandera” del brazo de “La Raspa” y de las poco edificantes canciones “Monsieur Caníbal” y “La Madelein”, joya preciada de la Legión Extranjera francesa en Argelia.

Los asistentes llevan en alto botellas del excelente ron de La Aldea, ramas verdes como en los ritos guanches y canastos para guardar el pescado que más tarde se recogerá en El Charco.

Este acto (y el de la entrada al Charco, por la tarde) se efectúa para recordar una vieja forma de pesca, llamada “embarbascado”, que usaban los guanches y fue practicada en la isla hasta la década de 1950. Consistía en verter en el agua el látex blanco o la savia de dos plantas autóctonas, las tabaibas y los cardones (parecidos a grandes cactus). Con esta “leche” adormilaban los peces y los capturaban con redes de junco o con las manos.

Nuestra alegre comitiva, con su marcha sensual y trepidante, va carretera adelante. Muchos visten camisetas amarillas con la frase “De aquí pa’l Charco”, mientras otros aprovechan para exhibir alguna frase para reivindicar algo para su pueblo. Aquí no hay edad: desde bebés hasta bisabuelos saltan y brincan con una sonrisa que no pude explicarme hasta que vi lo que sucedió en El Charco (en La Aldea dicen “la charca”) por la tarde.

Así, entre chorros de ron en la boca y de sudor en la espalda, la chispeante comitiva llega al muelle. Allí la Banda de Agaete sube a una tarima y vuelve a interpretar su jubiloso popurrí. La gente se sitúa donde puede y levanta las manos y salta enloquecida y grita sin perder la sonrisa por los pisotones o por el inclemente sol. Algunos dan media vuelta y se tiran al mar sin quitarse la ropa.

Cientos de participantes continúan bailando durante mucho tiempo, arrebatados por la música.

Frente al muelle está un bosquecillo de tarajales, con barbacoas y mesas. Allí no hay bullicio. La gente duerme sobre una manta en el suelo, canta canciones mexicanas, juega a las cartas, abanica las brasas que asan la carne de cochino y se echa su “fisco ron” cuando piensa que nadie mira.

Junto este bosquecillo, existe una charca, grande y rectangular como un campo de fútbol. Está pegada al mar y su agua sube y baja con la marea. Es el famoso Charco de La Aldea, que puede localizarse en el mapa de google. Hacia las cuatro de la tarde, los alrededores del Charco comienzan a llenarse de gente.

Los habitantes de la aldea, acompañados de muchos forasteros, van a celebrar un rito anual que consiste en introducirse en el Charco todos juntos y vestidos (algunos eligen trajes de chaqueta y las mujeres prefieren trajes antiguos de campesinas) para capturar el mayor número posible de peces, igual que lo hacían sus antepasados.

Los participantes en esta fiesta los aprisionan con las manos, los sombreros, los cestos, y las pandorgas. En el borde de la charca, marcado por una raya blanca, hay diez mil personas dispuestas a apresar al menos una lisa (es el pescado que abunda allí) y, si fuera posible, ganar el trofeo a la mejor pesca.

A las cinco menos cinco, aparece el alcalde delante de la Banda de Agaete. A su alrededor, viene un gentío saltando con los cestos en alto. La policía protege a la banda de los empujones para que los músicos puedan, al menos, estirar el brazo del trombón. Faltan escasos segundos para las cinco en punto, cuando la Banda se detiene a tres metros de la raya blanca. Todo el que la traspase es candidato a bañarse con ropa.

El alcalde le da fuego al cohete que revienta tímidamente. A esta señal, diez mil personas parecen enloquecer. Todos aúllan y corren hacia el Charco. El agua parece hervir, porque todos le dan manotazos y la hacen subir lo más alto posible. El espectáculo es insólito y la charca parece una olla de presión.

La Banda de Agaete sigue impolutamente blanca en sus uniformes e interpreta una pieza que desconozco, pero muy acorde con lo que sucede dentro del Charco. El agua, antes de un azul celeste, se va tornando negra.

Sobre el charco se sitúa un helicóptero naranja y su ruido infernal de cafetera asmática logra apagar el griterío de peces y personas. Un caballero con la ropa seca nos pregunta si deseamos filmar al señor alcalde. Cómo no. El corregidor de La Aldea viene, sonríe amablemente a la cámara y, en medio de aquella algarabía inmensa, espera que yo le pregunte algo. Yo también lo miro y no se me ocurre qué preguntarle a aquel buen hombre de pelo entrecano y medio enchumbado.

Detrás de él llegan otros, para que los fotografíe con sus pescaditos. Miren por dónde, el más grande lo pescó Mélanie Rodríguez y pesó un kilo; pero entre Marilola y sus amigas atraparon 35 lisas, lo cual es casi media. Juan Manuel García apresó una anguila que medía más de medio metro. Así que también obtuvo premio. Yo tuve que conformarme con un rico trozo de tarta de mango y coco, inventada por un alemán de La Aldea, y un kilo de café del país que le compré por 30 euros a Carmela, cerca de Los Berrazales, en el Barranco.

La fortuna rueda de forma caprichosa. A veces, parece transitar enloquecidas órbitas y, en otras ocasiones, no quiere entender de enchufes, mangas ni recomendaciones. Tampoco de méritos. Hoy te regala una mina de cal y mañana te llena los ojos de arena.
Con el tinerfeño don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo no tuvo miramientos y describió un extraño giro el día en que este personaje salió de Madrid camino de Sevilla. Las intenciones de don Pedro Joseph eran embarcarse hacia un glorioso destino americano, donde le esperaba el cargo de Gobernador.
De la Corte partió un carruaje que en su interior contenía a este caballero canario contento, quimérico y confiado. Los corceles correteaban por las calzadas que conducían a los puertos fluviales de la antigua Hispalis. El viajero sentía el pecho inflamado de legítimo orgullo; sus exultantes pulmones reclamaban el aire fresco que bajaba de la cordillera hasta las campiñas de la cercana Sevilla.
Don Pedro Joseph sacó su insigne cabeza por la ventanilla y contempló el planeta deslizándose a velocidad de vértigo bajo las ruedas. ¡Ah, el mundo a sus plantas! Sacó los hombros fuera. Un hombre de su valía no podía permanecer encerrado tanto tiempo. Necesitaba más espacio. Seguramente, el propio Santo Domingo estaba bendiciéndolo en ese preciso instante desde su lugar exclusivo en el reino celestial. Don Pedro Joseph se alongó algo más por la ventanilla y cerró los ojos, sintiendo el céfiro bendito lavando su rostro sabio, penetrando en su… Algo crujió. Se desprendió la puerta del carruaje. Don Pedro miró hacia abajo y observó horrorizado cómo el camino se precipitaba hacia su cabeza.
Noventa y nueve pasos más adelante, el defenestrado vehículo se detuvo. El conductor y el resto de los pasajeros se apearon y pudieron contemplar el cuerpo tendido boca abajo, inmóvil, con la oscura ropa cubierta de tierra. El torso de don Pedro continuaba incrustado en la puerta del carruaje. Despatarrado, cual nuevo Ícaro de vuelo raso, parecía haber desarrollado unas alas de madera que le conferían un ridículo aspecto pajaril.
El prudente cochero no se atrevió a decir en voz alta que en esos momentos don Pedro se parecía más que nunca a un auténtico canario. Se limitó a darle la vuelta y comprobar que la caída había sido mortal. Era el día 17 de agosto de 1738 y resultó evidente que la suerte no viajaba en aquel carruaje. Probablemente, en ese mismo instante, la diosa Fortuna se encontraba a miles de kilómetros, contemplando con emoción cómo el rey Carlos VII de Nápoles, y pronto Carlos III de las Españas, colocaba el anillo nupcial a su amada y rubia María Amalia de Sajonia, nieta del Emperador del Sacro Imperio.

El día 14 de octubre de 1773, en La Gaceta de Madrid apareció una noticia que anunciaba la reimpresión de una obra del accidentado y difunto don Pedro Joseph de Mesa que había dado mucho que hablar y más que reír. La edición anterior se había agotado desde hacía tiempo y sus ejemplares eran buscados con auténtica avidez por la aristocracia, la intelectualidad, el ejército, el clero y el pueblo llano de la Corte, hermanados todos en el común cachondeo.

Para sus propias obras hubieran deseado don Francisco de Quevedo y Villegas o don Pedro Calderón de la Barca un interés tan desmedido, una atención tan prolongada, una avidez en tan sumo grado. Sin embargo, ese privilegio, reservado a unos pocos elegidos de los dioses, correspondió a otro libro, cuyo escueto título es el siguiente:

Ascendencia esclarecida y progenie ilustre de Nuestro Gran Padre Santo Domingo, Fundador del Orden de Predicadores: Ocurrencias vulgares sobre los fundamentos en que se ha procurado introducir duda en la sentada verdad de ser Santo Domingo N. P. descendiente de la nobilísima Casa de los Guzmán: Debaxo del patrocinio del gloriosísimo Abad de los Silos Santo Domingo, segundo Moysés, y gran Taumaturgo español; y por mano de la Excelentísima Señora la Señora Doña Francisca Xaviera Bibiana Pérez de Guzmán el Bueno, Duquesa de Osuna.

La primera edición de este libro había visto la luz en Madrid, en el año 1737. Su autor era don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo (1). Procedía de una ilustre familia de La Orotava, en la isla de Tenerife, descendiente de conquistadores y destripaterrones aristocráticos.
La intención de don Pedro era colocar a Santo Domingo en una situación de privilegio, pues le parecía que el título de Santo le resultaba demasiado corto a sus grandes méritos. Al fin y al cabo, ¿qué valor tenía un santo al lado de un duque o de un príncipe? Evidentemente, poco.

En la Gaceta de Madrid, correspondiente al 28 de enero de 1738, apareció este anuncio del libro de Pedro Mesa: “Ascendencia esclarecida de Santo Domingo de Guzmán, su Autor don Pedro Joseph de Mesa Benitez de Lugo; en la Porteria del Convento de Nuestra Señora del Rosario de esta Corte.”

Así que don Pedro procedió según sus costumbres familiares, es decir, de la única manera que sabía hacerlo la aristocracia urbana y agraria canaria: inventándose antepasados de alcurnia y títulos tan innumerables como ficticios. De manera que la familia de Domingo de Guzmán, gente de mediana nobleza castellana –por parte de su abuela, doña Godo González– y de mediana santidad cristiana –su madre fue la beata Juana de Aza y sus tres hermanos, los beatos Manés, Conrado y Antonio–, se transformó en una familia de reyes y duques, gracias a las habilidades literarias y genealógicas de mi paisano, el canario Mesa, que llegó a emparentarlos con el mismísimo Guzmán el Bueno, el cual debió engendrar algún descendiente más que no fuese su apuñalado hijo.
Poco después de su aparición, el libro se hizo famoso, gracias a un escrito de siete páginas publicado en Salamanca por el conocido jesuita Padre Luis de Losada. Lo tituló:

Carta familiar a don Pedro Joseph de Mesa Benitez de Lugo, autor del libro intitulado Ascendencia de Santo Domingo de Guzman por Luis Lopez, beneficiado y cura proprio de la Villa de Morille en el Obispado de Salamanca.

Analizaba en clave de humor el libro de Mesa y se armó tal cachondeo en la Corte que todo el mundo corría a comprar la obra del canario como si fuera el mejor libro de chistes.
Luis Losada, vista la buena acogida de su Carta, volvió a las andadas y pronto dio a conocer su

Vida y salud de la famosa carta familiar del cura de Morille, sobre lo Guzman del Glorioso Santo Domingo, certificada contra su vano entierro, en otra carta del mismo cura à un amigo suyo de Valladolid.

Y ya fue el acabose. Como si se tratara de pan caliente, se agotó la edición del libro de marras en un pispás. Don Pedro de Mesa Benítez de Lugo estaba en la gloria. ¡Sus méritos literarios y religiosos reconocidos por el orbe entero! ¡Ya nada ni nadie detendría su brillante carrera hacia los más rutilantes títulos nobiliarios ni hacia los cargos más ambicionados del borbónico Imperio!

Naturalmente, no faltaron terceras partes y, según noticia de Diego de Torres y de Joseph de Viera y Clavijo, que aún no he podido verificar, un gracioso publicó:


Entierro de la Carta familiar del Cura de Morille a favor del glorioso Santo Domingo, por un Sacristán de Canarias.


En la Universidad de Salamanca se encuentran depositados varios escritos de Luis de Losada al Santo Oficio, aludiendo a sus famosas Cartas del Cura de Morilles.

Ensoberbecido por el éxito, a excepción de cierto cabreo incial que tuvo la virtud de hacer florecer otros divertidos escritos, don Pedro no se enteraba de la misa la mitad. Sin embargo, ante tanto cachondeo intervino el inefable Santo Oficio –con tantos dominicos viviendo de, en y para sus entrañas– con la intención de prohibir esta Carta. En mala hora, porque un funcionario de la misma Santa Inquisición se equivocó al interpretar las órdenes superiores y el que resultó prohibido fue el libro del pobre don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo.

Don Pedro saltó como un basilisco. Ante sus airadas protestas, los del Santo Oficio tuvieron que imprimir en la cubierta del tomo segundo la siguiente frase:

Declárase que lo puesto en el tomo segundo, donde dice; ‘Don Pedro Joseph Benítez de Lugo, su libro intitulado, Ascendencia de Santo Domingo de Guzmán, se prohibe’, ha sido equivocación, porque el dicho libro no está prohibido, y solo lo está la ‘Carta familiar escrita á Don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo’, según y en la forma que se halla en el tomo I de dicho nuevo Expurgatorio al fol. 276 col. I, y de esta declaración se ponga allí una nota.


Página del Índice de la Inquisición corrigiendo un error que fue la rechifla de media España.

Ni que decir tiene que la rechifla general llegó a niveles nunca vistos. Claro que don Pedro José también tuvo sus defensores, como don Diego de Torres, Astrólogo y Catedrático de Matemáticas en la Universidad de Salamanca, autodenominado Piscator Mayor de Salamanca y autor de multitud de libros estrafalarios (2). Cada año, el doctor Torres publicaba un calendario en el que pronosticaba para toda Europa, en un tono que debió envidiar hasta su ilustre enemigo Benito Jerónimo Feijoo, las enfermedades que llegarían en cada estación, el estado de las plantas, de los animales y de los astros, y todas esas cosas que la Astrología y el Santo Oficio le aconsejaban publicar para fortalecer las almas y los cuerpos de tanto pecador de la padera. Tiene el doctor Torres libros tan curiosos e imprescindibles como el titulado

El gallo español: respuestas dadas al Conde Meslay; por qué el gallo canta á las doze de la noche en Portugal, y llevado á Francia canta a las mismas doze siendo assi, que ay una hora de diferencia.

Pues bien, este dechado de sabiduría dedicó muchas páginas a defender al canario Mesa y sus disparates. Puede encontrarse su hilarante alegato en el Tomo Undécimo del Segundo Libro de una recopilación de su obra, citada más abajo. El capítulo que nos interesa es:

Soplo a la Justicia, alentado por el general escándalo y particular miedo.

El doctor don Diego de Torres y Villarroel, nos aclara de qué va el asunto:

De las excusadas disputas é impertinentes disputadores de la innegable é indeleble nobleza del Excelentísimo y Santísimo Padre Sto. Domingo de Guzmán El Bueno.

Y ya la liamos, porque la referencia a El Bueno nos proporciona las claves y los puñales de su discurso antes de que comencemos a leerlo.

He aquí la portada del citado libro del astrólogo Diego de Torres

Torres aprovecha la defensa del canario para emprenderla de manera ladina contra el jesuita Losada, compañero catedrático en la misma universidad de Salamanca. Y, menos lindo, lo llama de todo. Además,

Detrás de estos papeles impresos se ha destacado otras sátiras manuscritas, y diferentes coplones; y finalmente han salido aquellos bergantes y públicos madicientes de Perico y Marica, irritando las paciencias, afrentando las honras, y rompiendo por las leyes de Dios, y la gloria de sus Santos.

Respecto a los cabreos iniciales de don Pedro Joseph sobre la contestación de Losada, nuestro Piscator Mayor afirma que la población está convencida de que

si se mostró quejoso, ó colérico, que se le debe perdonar, porque al fin ningún hijo sufre bien que le revuelvan los huesos al padre que le engendró. Para quien no encuentran disculpa es para el Cura, quiera Dios que él la tenga con su Magestad y con Santo Domingo, que el vulgo poco importa que quede rabioso contra él, contra su Carta, su vida y su salud.

Como pueden apreciar, el tal Torres se las traía en lata. ¡Vaya mala uva se gastaba el astrólogo con el cura de Morilles, es decir, con el jesuita Losada, su compañero! Y así continúa, siempre en el mismo tono, durante las catorce páginas que contienen su alegato, que se vuelve gracioso por lo disparatado. Peor defensor no pudo tener nuestro celestial genealogista isleño.
Pero, en cualquier caso, don Pedro Joseph se las arregló para ser provisto de un Gobierno para América. Como es de sobra sabido, España siempre ha hecho gala de una particular inclinación a compensar los esfuerzos de sus grandes hombres. Y don Pedro había demostrado ser un fénix de las letras genealógicas, moviendo las risas, las plumas y las pasiones de los más delicados clérigos y cortesanos.
Lástima que antes de llegar a Sevilla le sucediera el accidente que le produjo la muerte, al caer del carruaje al duro pavimento del camino. ¡Quién sabe cuál habría sido su siguiente estudio genealógico y cuántas diatribas habría despertado!
Podemos concluir que la muerte del genio isleño fue fruto del destino, del azar o de la providencia, pero en cualquier caso ha de considerar la persona de buen juicio lo pasajeras que son las glorias de este valle de lágrimas, donde los éxitos del amanecer se trocan en llantos a mediodía y en reposo eterno a la hora de merendar. Sea como fuere, y aun a su pesar, don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo logró descansar sin más incidentes en la bóveda de la Orden Tercera del Real Convento de San Pablo, sin repetir la osadía de sacar la cabeza fuera de su estrecha morada en estos más de dos siglos y medio transcurridos. Allí continúa, do fueron sus huesos a parar, después de que las eruditas páginas de su magna obra procurasen las más excitantes veladas de asueto y carcajeo que haya conocido jamás la Villa y Corte imperial.
Este singular personaje dejó cola, puesto que, además de aparecer leves rastros de su obra en Amazon punto com Books, su nieta, doña María Mesa, se desposó, en el siglo XVIII, con otro caballero canario, nacido en Chipude (isla de La Gomera), cuya historia también merece ser rescatada del olvido. Así lo haré, si tengo salud y tiempo, pues documentación sobre este asunto hay de sobra.

Notas

1. El tronco familiar de Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo proviene de un andaluz de Sanlúcar conocido como El Tuerto (Pedro Benítez de Lugo, hijo de Juan Benítez e Inés de Lugo) que vivió algo más de un lustro en Tenerife, entre el final del siglo XV y el principio del XVI.

2. Diego de Torres Villarroel era un pseudo intelectual pícaro, arrimado a la ideología más rancia de su tiempo, buscando siempre el favor de los poderosos y denunciando ladinamente al Santo Oficio a los autores de ideas ilustradas, como Benito Feijoo o Luis Losada. Escribió una autobiografía, titulada Vida, que en opinión de Juan Valera «Puede considerarse como una novela picaresca.”
El propio Torres escribió en esta maquillada historia de su vida que «Lo que puedo asegurar es que en las vidas de Domingo Cartujo, Pedro Ponce y otros ahorcados no se cuentan ardides ni mañas tan extravagantes ni tan risibles como las que inventaba mi ociosidad y mi malicia.» Y así continuó hasta el final de su vida, aunque autores como Arturo Berenguer Carisomo opinan que no se puede incluir esta obra dentro del género picaresco –indefinible, según Lázaro Carreter–, dado que no aparece en ella ningún rastro de erotismo.
Comenta Eugenio Suárez-Galbán, (De la vida de Torres a la de Lázaro de Tormes …, Duke University):

No ignoramos, por otro lado, que si Lázaro se opone a “los que heredaron nobles estados” en esa subida por la escala social, Torres fue más bien empleado servicial, y hasta sumiso, de la nobleza de su tiempo [...].

En realidad, nunca ha dejado de interesar Torres Villarroel, por lo estrambótico. Baste decir que su obra recopilatoria de Pronósticos (14 volúmenes) se reimprimió en 1797, treinta años después de su muerte o que su Vida (Ediciones La Lectura, Madrid, 1912) volvió a ver la luz en a principios del siglo XX (también ha habido ediciones en Castalia, 1972; Taurus, 1985; etc.), provocando artículos más o menos apasionados, como el del jesuita A. Pérez Goyena (revista Razón y Fe, enero-febrero de 1913) en que propina, con la acostumbrada finura de la Compañía, una buena zurra a José de Lamano y Beneite, que se había erigido en defensor de Torres en un folleto publicado en 1912.
En un trabajo reciente, La vida de Diego de Torres Villarroel y su tiempo, Juan Fernando Valenzuela Magaña expresa la siguiente opinión sobre el Piscator salmantino:

Es Torres Villarroel un autor sin duda escurridizo. Lo fue en su tiempo, en el cual debió de provocar extrañeza la mezcla resultante de su explicable fama de extravagante, brujo y astrólogo y de catedrático de la Universidad de Salamanca; y lo sigue siendo hoy, pese a un nuevo interés por su obra lejos del reiterado tópico que lo despacha como epígono del barroco o último pícaro, y que está cosechando interesantes frutos.
La crítica destaca en este autor aspectos de gran modernidad, como el de ser el primero que edita sus obras por suscripción pública, y de erróneo conservadurismo, como el de seguir manteniendo la teoría astronómica ptolemaica en un mundo en el que Copérnico y Newton representaban la vanguardia científica. Pero no es esto, a mi juicio, lo que lo hace escurridizo (ni siquiera lo haría complejo). Lo determinante en este sentido es que, a diferencia de su contemporáneo Feijoo, no sabemos bien a qué atenernos respecto a sus verdaderas ideas. ¿Creía realmente Torres en sus pronósticos y en la influencia de los astros? ¿En qué medida? ¿Es sincero en ese desprecio al claustro de la universidad salmantina o se trata de despecho por no ser reconocido como uno más en él? ¿Está satisfecho o arrepentido de la etapa picaresca de su vida? ¿Estaba tan en contra de Martín Martínez y Feijoo como la polémica sostenida con ellos parece a primera vista sugerir? Con todas las reservas propias de un juicio sobre la vida de otro hombre y de una obra en la que se pretende autodibujar, intentaremos aclarar el papel que la Vida de Diego de Torres Villarroel ocupa en el panorama cultural de su tiempo.


Referencias bibliográficas

Losada, Luis A.: Carta familiar a don Pedro Joseph de Mesa Benitez de Lugo, autor del libro intitulado Ascendencia de Santo Domingo de Guzmán. Impr. Salamanca. 1737 [?].

Vida y salud de la famosa carta familiar del cura de Morille, sobre lo Guzmán del Glorioso Santo Domingo, certificada contra su vano entierro, en otra carta del mismo cura à un amigo suyo de Valladolid. Salamanca. Impr. 1738 [?].

Mesa Benítez de Lugo, Pedro Joseph de: Ascendencia Esclarecida, y progenie ilustre de nuestro gran Padre Santo Domingo, Fundador del orden de Predicadores [...]. Imprenta de Alonso de Mora. Madrid. 1737.

Pérez Morera, Jesús: El árbol genealógico de las órdenes franciscana y dominica en el arte virreinal. Anales del Museo de América, 4. Museo de América. Madrid. 1996. Págs. 119-126.

Supremo Consejo de la Santa General Inquisición: Índice último de los libros prohibidos y mandados expurgar para todos los reynos y señoríos del católico rey de las Españas, el señor don Carlos IV (resgistros desde 1747 a 1789). Imprenta de Don Antonio de Sancha. Madrid. 1790. Pág. 25.

Torres y Villarroel, Diego de: Soplo a la Justicia, alentado por el general escándalo y particular miedo. En recopiltorio de las Ideas extractadas de su Pronósticos. Libro Segundo. Tomo XI. Imprenta de a Viuda de Ibarra. Madrid. 1798. Pags. 358-372.

Viera y Clavijo, José de: Noticias de la Historia General de las Islas de Canaria. Tomo IV. Imprenta de Blas Román. Madrid. 1776. Págs. 561-562.

A Santiago Medina Cáceres lo encontré en Lanzarote. Podría decirse que nos conocimos mientras lo entrevistaba para un documental. Su historia era sorprendente y me motivó a realizar la película “Lanzarote, la isla estrellada”; sin embargo, lo que más me impresionó de sus respuestas fue que casi siempre las comenzaba con un “Sí”.
Durante toda mi vida, solamente había conocido a otra persona que dijera tantos síes. Fue en mi adolescencia, cuando todavía no poseía la suficiente madurez para comprender el privilegio que el azar me había deparado al poder estar junto a una persona tan afirmativa. En el colmo de mi estupidez, incluso llegué a pavonearme de  que me aburría alguien que contestaba tantas veces “Sí”.
Naturalmente, he conocido a mucha más gente que responde con el “No”, antes de pensar siquiera lo que va a decir a continuación. El caso más llamativo es el de un catedrático universitario de Historia al que entrevisté hace unos años sobre el tema de la masonería. Con la mejor voluntad, quise remitirle anticipadamente un cuestionario por email, a fin de que preparase sus respuestas lo mejor posible, puesto que se emitirían por televisión. Me contestó que él siempre llevaba listas sus contestaciones y que era yo quien debía elaborar bien lo que deseaba preguntar.
Quedé admirado ante tanta pedantería, pero hice lo que me sugirió. Llegado el día de la entrevista, yo llevaba escrita en un folio la batería de preguntas. La había confeccionado a partir de los libros publicados por este profesor. En realidad, cada cuestión era un párrafo del texto escrito por él mismo, al final del cual le preguntaba si estaba de acuerdo en su contenido.
Pues bien, cada punto era contestado invariablemente con un “No” y una sonrisa de autosuficiencia. Después de un rato demostrando que mi afirmación -es decir, la suya- era una estupidez, el sabio profesor daba la vuelta al asunto y regresaba al punto de partida para terminar diciendo lo mismo que el párrafo leído por mí.

Así, durante más de media hora. Cuando traté de editar aquel vídeo, que aún conservo completo como una rara joya, no pude sacar más de diez segundos de discurso coherente.
No sé cuántas veces he visto esa filmación, pero siempre termino sorprendido. Fue ésta la primera vez que me puse a observar las respuestas afirmativas y negativas como manifestación de la personalidad de un individuo. Advertí que quienes negaban, como norma habitual, cualquier proposición ajena eran personas poco solidarias, cuya meta se resumía en destacar a cualquier precio e imponer sus criterios sin tener en cuenta otras opiniones. Para mi sorpresa, descubrí que el número de personas que decían “No” a priori era más elevado del que podía sospechar. Fue asombroso darme cuenta de que toda esa gente mostraba, en el fondo, una gran inseguridad en lo que creía, en lo que pensaba, en lo que sabía,… excepto, en afirmar sus privilegios negando a los demás los suyos.
Por esas fechas, se había establecido, cerca de la ciudad donde vivo, una mujer centroeuropea que comenzó a impartir unos talleres terapéuticos que ella denominaba “Baile del No”. Consistía en acostumbrar a los participantes a decir “No” en cualquier situación de su vida diaria, evitando lo que ella consideraba la debilidad de un ser oprimido. Creo recordar que todo el alumnado era femenino, excepto un hombre.
Nunca asistí, pero una persona muy cercana a mí comenzó a participar en esos bailes. Yo estaba extrañado de aquella decisión, porque no era precisamente de las que decían “Sí” por las buenas. Por ejemplo, si uno le preguntaba si había visto tal o cual cosa que estaba buscando, su respuesta automática era siempre “No”. De esta manera, comenzó a asistir a las clases una o dos veces por semana.
El resultado fue que esta persona entró en una depresión profunda que le duró más de un año. Le aconsejé muchas veces que dejase de frecuentar aquel desatinado taller de baile. Sólo accedió a ello cuando los tratamientos de los psicólogos a los que acudió no tuvieron éxito.
Unos meses después de abandonar aquella absurda terapia de la insolidaridad, comenzó una lenta recuperación. Sin embargo, nunca se repuso del todo y una especie de egoísmo enfermizo se aposentó en su interior y generó una infelicidad profunda que se retroalimenta en la negación perpetua. Como colofón a este desatino de la negatividad, la propia profesora del “No” también cayó en una grave depresión que no le permitió continuar impartiendo sus cursos.
He conocido también a personas que se han gastado una auténtica fortuna para participar en talleres y seminarios destinados a ver la vida de manera positiva. Aprendieron a afirmarse en todo lo que les convenía a ellos mismos y a negarse en todo lo que le importara a su prójimo. En realidad esas pseudoterapias compartían el mismo fondo y lograban idénticos resultados que los bailes del “No”.
Con estas experiencias propias y ajenas en las alforjas, se comprenderá mi sorpresa al encontrar a un hombre cuyas frases comenzaban con un “Sí”, que hablaba de una manera tan afirmativa y, al mismo tiempo, luchaba como un león por sus derechos, por los de su familia y por los de sus conciudadanos sin vender su alma al diablo ni al vil metal.
Ese día comencé a valorar de manera superlativa la importancia de contestar “Sí”, en el sentido de aceptar la opinión de nuestros interlocutores, sin perjuicio de mostrarles cuál es nuestra postura respecto a cualquier asunto en el que no estemos de acuerdo.
Y, con baile o sin baile, creo que ésta es una magnífica terapia para curar tantas depresiones nacidas de la misma raíz: el egoísmo humano.

Oigo voces escandalizadas por las sentencias judiciales que están apareciendo cuando se juzga a políticos importantes de la derecha española. Hasta hay quien habla de un presunto golpe de estado por parte de la judicatura. Son unos exagerados. Yo me pregunto cómo es posible que alguien se sorprenda todavía de que una buena parte de los jueces españoles sea incapaz de condenar a estos agusanados caballeros de armaduras caras y relucientes, aun reconociendo que han vulnerado las leyes. Ya digo, hay quienes se espantan con esta conducta judicial, pero a mí me parece de lo más natural. Me explicaré.
Que yo sepa, con pocas excepciones, los jueces en España no están acostumbrados a juzgar y condenar a gente encumbrada de la derecha. Ni antes del régimen de Franco, ni durante el franquismo ni en los años posteriores a la muerte del galleguísimo. Los jueces son personas históricamente adiestradas en juzgar y condenar a la izquierda. Antes, durante y después de las Cuarenta en Bastos que se cantaron entre 1936 y 1975.
Sin ese entrenamiento, no se podría entender la gran diferencia que existe entre la complacencia actual y la escabechina que hicieron con los socialista durante la última etapa de Felipe González. A nadie se le ocurrió protestar, porque todos estábamos convencidos de que los jueces estaban condenando a unos chorizos corruptos. Todo iba sobre ruedas, dado que la maquinaria judicial estaba entrenada y engrasada para ese cometido: meter a los rojos entre rejas. Y, si estaban pringados en delitos económico o de cualquier otro tipo, miel sobre hojuela.
No obstante, ahora, por primera vez, los jueces se enfrentan a algo nuevo para ellos, en lo que no están ejercitados: juzgar y sentenciar a políticos corruptos de la derecha. Y reaccionan como reaccionaría cualquier albañil a quien se le pidiera derribar su propia casa. Así que no les culpo.
Culpo a los partidos de izquierda y de centro que habiendo tenido responsabilidades de gobierno no han creado las condiciones necesarias para impedir que se perpetuara la mentalidad rancia y anquilosada que impera en el estamento judicial desde hace años, lustros, décadas, siglos. Desde que las judicaturas inquisitorial y civil eran dos dedos de la misma mano, al servicio de las mismas cabezas, de los mismos intereses restringidos, con los mismo demonios de la libertad que someter.
De manera que ahora toca envainarse esta desmesura, sin tratar de remediar en cuatro días lo que ha tardado más de cuatro siglos en fraguar. Como decía Benito Pérez Galdós, no se puede derribar una montaña a bayonetazos.
La derecha judicial y política va a salir triunfante de este asalto. Lo mejor sería que los socialistas se pusieran a trabajar con seriedad en una profunda reforma de la justicia. Una transformación que oxigene todos sus estamentos, desde los notarios y procuradores hasta los jueces y fiscales. Eso es már urgente que dotar de ordenadores los juzgados. Lo contrario sería continuar cantando la copla popular asturiana, ésa que dice:
A la mar fui por naranja,
cosa que la mar no tiene.
Metí la mano en el agua,
la esperanza me mantiene.

Éste es un relato sobre cómo puede uno empezar a leer un libro que trata de un judío nacido en una isla griega, encontrar después un acumulador de orgones en un patio de Nueva Orleáns y terminar corriendo detrás de un alemán que tenía más de Lázaro que de ciego. Síganme y verán que es cierto lo que les digo.

A veces, cuando leo un libro, siento la necesidad de releer, de manera simultánea, otro ya casi olvidado, bien sea porque me lo evoque algún pasaje o por otras razones, a veces misteriosas razones. Lo cierto es que volver a esa segunda obra me potencia el “sabor” de la primera, realizando la misma función que un poco de sal sobre un huevo frito o un mojo picón en unas papas arrugadas. O un calzo en la pata de una mesa que se tambalea. Así fue como tuve la necesidad de ir a una biblioteca cercana para buscar la novela En el camino, de Jack Kerouac.
Antes de mi visita a la biblioteca, llevaba un par de días entusiasmado con la novela Solal, de Albert Cohen. Una auténtica delikatesse, publicada en la década de 1930, salpicada de sabiduría, sandeces y ocurrencias. Nada mejor para penetrar en los secretos de la conducta humana que un poco de humor bien administrado por un autor perspicaz que sabe meter la pata en el momento preciso. Si la lectura se realiza durante los rigores del verano, estas cualidades literarias se agradecen aún más. Y yo estaba encantado.

Albert Cohen (1895-1981) y dos portadas de ediciones francesas de su Solal.

Cuando iba por la mitad de la obra, se presentó sin avisar la necesidad de buscar sal para la yema. Ya me entienden, un calzo. No es que me aburriera la lectura de Solal, al contrario; pero necesitaba tener a un viejo conocido al alcance de la mano, un copiloto. Las peripecias de Solal, el protagonista de la novela de Cohen, se mezclaban con mis recuerdos de Sal, el protagonista-narrador en primera persona de En el camino. Lo cierto es que son pocas las cosas de una historia que recuerdan a la otra, exceptuando que:
a. Ambos relatos son protagonizados por un joven que anda dando tumbos de acá para allá –uno en Europa y otro en América–;
b. Algunos personajes suelen leer con el libro en las rodillas; y
c. La comida falta de vez en cuando.

Los críticos hablan de que Solal busca profundas respuestas a preguntas existenciales profundas y achacan al protagonista de En el Camino idéntico delito. No lo creo. Basta que una obra se haga famosa para alguien comience a pregonar estas mismas majaderías sobre su protagonista: desde El Alonso Quijano de Cervantes hasta la Madame Bovary de Gustave Flaubert, desde el Aureliano Buendía de Gabriel García Márquez hasta el viejo Santiago de Ernest Hemingway. ¡Qué manía trascendentalista!

HENRY JAMES Y COHEN VS. HENRY MILLER Y KEROUAC

El empleo del humor sí podría ser coincidente, pero las técnicas narrativas empleadas envuelven lo cómico en papeles de regalo diferentes: la psicología de sus personajes es revelada por Kerouac a través de una prosa que batalla de manera vana y espléndida contra lo mejor de Ernest Hemingway o fisgonea por los ojos de las cerraduras en las pensiones del Montparnasse golfo de Henry Miller. En cambio, Cohen está más cercano a Henry James cuando se trata de apretar las tuercas narrativas en los malos pensamientos de cualquier personaje.
Lo cierto es que esta lectura conjunta, puede que hasta estereoscópica, me ha proporcionado buenos ratos, mientras huía del calentamiento insular. Me gocé en Cohen, por sus juegos malabares que despliegan la versátil mentalidad mediterránea entre las gélidas nieblas del protestantismo europeo; en Kerouac, por su implacable demolición del embrutecimiento sedentario, usando como arma un nomadismo motorizado y delirante, bendecido con unas gotas de channel existencialista que se convierte en detonador y combustible del sedán literario que arrastra al lector sin mojigaterías, sin concederle un minuto de tregua.

Hudson sedan 1949, el mismo modelo que conduce Dean Moriarty en la novela de Kerouac.


SOLAL, EN EL CAMINO

Estoy cayendo en la cuenta de que sería conveniente informar de su contenido a quienes no hayan leído alguna de estas dos obras o refrescar la memoria a los que ya las conozcan.
La novela Solal relata las andanzas y amoríos del chiflado joven Solal, un judío nacido en una isla griega a principios del siglo XX o finales del siglo XIX, como el propio Albert Cohen. Una de sus primeras acciones, cuando contaba con sólo dieciséis años, es fugarse de su isla con la esposa del Cónsul francés, convertirla en su amante y abandonarla a las veinticuatro horas. A partir de aquí, su vida se vuelve una caótica sucesión de aventuras que le conducen a París, a Barcelona, a Londres, a…, Todo ello imbuido y propiciado por la imprevisión y la despreocupación total de Solal, perfecto ejemplo de la cigarra frente a la hormiga. A su vera, encontramos a personajes tan amenos como el tunante Comeclavos, su mentiroso tío Saltiel o el aguador Salomón, gordo y simple como un cura. Tampoco faltan los esperpénticos Maussane o Lord Rawdon, altos cargos políticos de Francia y Gran Bretaña, retratados con fina ironía por Cohen.
La obra principal de Jack Kerouac está referenciada en Wikipedia, obra digital comunitaria que todo intelectual de valía debe despreciar, nunca citar y siempre consultar:

“El libro comienza presentando al impulsor de la mayoría de las aventuras que tienen lugar a lo largo de la novela, Dean Moriarty, pseudónimo de Neal Cassady, quien fuera el alocado hipster que se convirtió en héroe de todos los beats. El narrador es Sal Paradise, álter ego de Kerouac, fascinado por su ecléctico grupo de amigos, por el jazz, por los paisajes de Norteamérica y por las mujeres. En el primer párrafo de la novela se puede leer Con la aparición de Dean Moriarty comenzó la parte de mi vida que podría llamarse mi vida en la carretera, en el que Moriarty ya es presentado como el instigador e inspirador de muchos de los viajes de Sal.
La ciudad de Nueva York es el punto de partida de la aventura, donde poco antes de la llegada de Moriarty, Kerouac/Paradise conocería a Carlo Marx (sobrenombre de Allen Ginsberg), quien pronto se convertiría en su mejor amigo en la ciudad. Sal define a Dean como el estafador santo de mente brillante y a Carlo como el estafador poético y doloroso de mente oscura. Carlo y Dean hablan de sus experiencias con sus amigos por todo el país y Sal se queda fascinado con ellos y con otros que irá conociendo más tarde en sus viajes.”

EL SOL NACIENTE HA SIDO LA RUINA DE MUCHAS POBRES CHICAS

Durante el tiempo transcurrido entre las dos veces que he leído En el camino, tuve ocasión de visitar algunos de los escenarios donde se desarrolla la obra. En realidad, si se viaja a los Estados Unidos, lo difícil es no pasar por alguno de esos lugares, porque la novela no deja carretera sin recorrer, entre Nueva York y Luisiana, entre Nueva York y California, entre Nueva York y Texas,…

La primera vez que fui a Nueva Orleáns, llevaba en la cabeza los vapores de Mark Twain combinados con la idílica descripción de una casa que aparece en la obra de Kerouac. Supongo que también habría algún retazo de La casa del Sol Naciente, en la tardía versión de The Animals, canción muy adecuada para acompañar a Dean y Sal en alguna de sus correrías por los alrededores de la calle Canal.

Había una casa allá en Nueva Orleáns,
la llamaban El Sol Naciente.
Ha sido la ruina de muchas pobres chicas
y yo, oh Dios, soy una.
Mi madre era costurera
ella cosió estos pantalones vaqueros nuevos
mi amante era un vagabundo, Señor,
allá en Nueva Orleáns.
Ahora la única cosa que un vagabundo necesita
es una maleta y un baúl
y el único momento en que está satisfecho
es cuando está bebido.

De modo que esperaba encontrar, en las riberas del río Misisipi, una multitud de chicas en jeans, paseando junto a largas hileras de casas pintadas de colorines, a semejanza de las que hay en Curaçao o las que engañan a los turistas en el barrio bonaerense de La Boca. Sin embargo, la realidad era muy distinta: resultaba imposible aproximarse al río por otro lugar que no fuese el embarcadero donde amarran el Natchez y el resto de los vapores turísticos con ruedas de palas: mi primera noche en la ciudad del jazz tuve que pasarla durmiendo sobre una maleta para impedir que me la robaran en una habitación con la puerta forzada centenares de veces: en un hotel de mala muerte, ubicado más en el intestino que en el corazón del Barrio Francés: lejos del Hilton de la calle Canal, lejos de la calle Bourbon, lejos del parque Louis Armstrong y lejos de los pringosos macdonalds junto a las paradas del tranvía. Aquel hotel era uno de esos sitios donde tanto le encantaba a Norman Mailer situar a Lee Harvey Oswald, el asesino oficial de John Kennedy, el cual siempre he pensado que tenía, mira qué casualidad, un sorprendente parecido físico con el autor de On the Road.

Jack Kerouac y Lee Harvey Oswald. ¿Se parecen físicamente?

Uno de los personajes de En el camino vive en la orilla opuesta del Misisipi, en dirección a Barataria, en una vieja y bella casa, donde hay un acumulador de orgones. En el párrafo siguiente, finalicé mi lectura ese día. Justificadamente, porque era cerca de la tres de la tarde y me entraron ganas de comer. Fue en ese instante cuando me invadió una tremenda añoranza por la comida cayún de Nueva Orleáns y, a falta de la sabrosa carne de caimán, me preparé un gran gumbo con pollo, tan picante que todavía lloro de sólo recordarlo. Después, me senté a la mesa y con el libro sobre mis rodillas evoqué el memorable desencuentro que tuve con los acumuladores de orgones de la mano de un ciego que valía su peso en oro alemán.

EL CIEGO EN EL CUATRO LATAS

Sucedió en Alemania, en el año 1984. Iba con una amiga desde Bremen hasta Berlín. Teníamos coche, pero si encontrábamos gente que quisiera viajar con nosotros, la gasolina nos saldría gratis. El mismo Kerouac había utilizado este método unos treinta años antes. Por medio de una agencia de auto-stop, aparecieron dos personas: una estudiante que iba a pasar el fin de semana corriéndose una juerga en los subvencionados territorios que encerraba el Muro y un ciego joven, rubio y sonriente.
Llegado el día, recogimos a ambos. Siento no recordar demasiado de la chica. Del invidente sí: iba vestido con un elegante traje blanco, unas gafas negras y un bastón que movía incesantemente, aunque no estuviera caminando. En realidad, el bastón parecía vestirlo más que la chaqueta. Mi amiga y yo entendimos que se dirigía a Berlín para recoger un órgano que le habían fabricado. Le pregunté si pretendía traer el órgano en el coche, un pequeño Renault 4 latas. Respondió que sí. Las medidas era, aproximadamente éstas: 1,50 m x 1,00 m x 1,30 m. A mí me parecía mucho bulto para tan poco coche, pero como el vehículo no era mío, opté por cerrar el pico.
Por su parte, el ciego no daba pie con bola. Durante el viaje, cada vez que nos deteníamos, el hombre se iba golpeando en todos los postes, mesas, sillas, puertas, niños y ventanas que hubiera a su paso. A veces, no parecía sino que se desviaba de su camino para ir a tropezar con algo. Nos tenía el corazón encogido.

Yo me preguntaba cómo cargaríamos el órgano en el 4 Latas…

Además, como nunca encontraba su cartera, me vi en la obligación de pagar sus comidas y bebidas con mi dinero. No comía poco el caballero, pero yo no quería ser desconsiderado con una persona tan desvalida como parecía aquel presunto José Feliciano criado en la nieve. Quién sabe si algún día me dedicaría una canción, rememorando un húmedo viaje en que no dejó de llover ni un solo minuto. Incluso, tuve la delicadeza de ponerle una moneda cuando se detuvo a jugar a las máquinas tragaperras en una zona de descanso. Siempre fui muy atento…
Llegamos a Berlín sin que parase de llover. Dejamos a los pasajeros en sus respectivos destinos y nosotros fuimos a un apartamento en el elegante barrio de Kreutzberg. Afortunadamente, cuando llegamos todavía no habían derribado aquel edificio en ruinas y pudimos pasar allí dos noches sin mojarnos.

UN ACUMULADOR DE ORGONES Y UN MILAGRO

El domingo por la tarde, nos dirigimos a recoger al ciego en una dirección de Charlottenburg. Pese a que la lluvia era débil, no había cesado de caer agua. Aparcamos en Kastanienallee, aunque más propio sería decir que atracamos. Allí estaba el hombre de las gafas negras y el vestido blanco, sonriendo beatíficamente debajo de un inmenso paraguas. Su traje continuaba inmaculado, pese a la que estaba cayendo.

Kastanienallee, una avenida de Charlottenburg, un barrio señorial de Berlín.

Nos hizo señas de que entráramos en un portal. No había ascensor. Comenzamos a subir escaleras. Los pisos de esta zona berlinesa poseen una altura considerable. En la cuarta planta, teníamos que recoger el encargo. Lo que yo me pregunta era: ¿Cómo rayos vamos a bajar el órgano por estas escaleras, sabiendo de antemano que el muchacho no va a ser de gran ayuda?
–¿No pesará demasiado? –le pregunté.
–No hay problema, lo llevaremos desarmado.
–¿Desarmado? ¿Cómo vas a desarmar un órgano?
–¿Un órgano? –se asombró mi ciego– ¿Qué órgano?
–¿No es un órgano? ¿Entonces, qué es, una guitarra?
–Es un orgón.
–¿Un orgón?
–Una máquina acumuladora de orgones.
–¿Como las de Wilhem Reich?
–Una de esas, pero modernizada y mucho más potente.
Pensé que quizás el pobre muchacho tenía esperanzas de recuperar la vista metiéndose dentro del acumulador. No quería ser descortés, pero moví la cabeza y exageré la cara de asombro, sin poder evitarlo. Al fin y al cabo, no podría verme.
–Bueno –comenté en un tono que debió sonar muy falso, sin poder sospechar que estaba pronunciando la profecía de un milagro–, supongo que con ese aparato uno se cura de cualquier cosa.
Tocamos en la puerta durante diez minutos. No se abrió. Esperamos casi una hora más en el rellano, pero tampoco apareció nadie por allí.


Wilhem Reich sentado en su acumulador de orgones.

El ciego se lamentaba. Nosotros tratábamos de consolarlo. Finalmente, lo convencimos para regresar a Bremen. La chica había llamado por la mañana, diciendo que el resacón le aconsejaba no moverse durante unos días de Berlín.
El viaje de vuelta fue igual que el de ida, con el añadido de algunos ignorantes comentarios sobre Reich, el más pintoresco psicoanalista alemán: impresionante ejemplo de cómo una persona inteligente y cuerda puede convertirse en un chivo loco si se le ocurre llevar las teorías psicológicas a sus últimas consecuencias.
Nos acercábamos a nuestro destino. Seguía lloviendo. Yo pensaba que aquel viaje era para no olvidarlo. Pero todavía me esperaba la sorpresa más grande.
Decidió apearse mi ciego en la estación de ferrocarril de un pueblo cercano a Bremen. Como su tren partiría desde el otro lado del andén, yo también abandoné el coche para ayudarle a bajar las escaleras del paso subterráneo. Justo cuando empezábamos a descender, los altavoces anunciaron la salida de su tren.
El ciego empezó a correr como un loco. Bajaba los escalones de tres en tres. Pronto, me dejó atrás. Pensé que se mataría. Cuando subía las otras escaleras, se le cayó la bufanda y, antes de que yo llegara, el tipo dio media vuela, se quitó las gafas, se fue hacia la bufanda sin titubear, la recogió del suelo y salió disparado escaleras arriba.
Yo me quedé allí, helado, parado durante varios minutos en mitad del subterráneo, sintiéndome el mayor pendejo del mundo, sin saber qué pensar ni poder entender las razones que tiene una persona para hacerse el ciego durante días.

El ciego empezó a correr como un loco. Bajaba los escalones de tres en tres.

Regresé por fin al coche y allí entendí el enigma: además de comer y beber a mi costa, también se ahorró el precio del viaje porque mi amiga tampoco le había cobrado su parte para la gasolina: le había dado pena recoger el dinero de la escasa pensión de un pobre muchacho invidente. ¡Bastante tenía con vivir en la oscuridad, el pobrecito! Probablemente, el fabricante de orgones tuvo que olerse algo parecido y puso pies en polvorosa.
De sobra sé que Reich no es culpable de este engaño, sin embargo nunca más su obra, incluyendo su vistoso análisis de los caracteres, ha gozado de mis enteras simpatías.
Lo que me resucitó todos estos extravagantes recuerdos fueron los siguientes párrafos del séptimo capítulo de En el camino:

“De pronto se sintió cansado y entró en la casa desapareciendo en el cuarto de baño para su fije antes de la comida. Volvió con los ojos vidriosos y muy tranquilo, y se sentó bajo la lámpara encendida. La luz del sol se colaba débilmente por las rendijas de la persiana.
–Oídme, ¿por qué no probáis mi acumulador de orgones? Dará sustancia a vuestros huesos. Cuando salgo de él siempre corro al coche y me lanzo a ciento cincuenta por hora a la casa de putas más cercana. ¡Jo, jo, jo! –Era su risa de cuando no se reía de verdad.
El acumulador de orgones es una caja normal y corriente lo bastante grande como para que un hombre se siente en una silla dentro de ella: una capa de madera, una capa de metal, y otra capa de madera recogen los orgones de la atmósfera y los mantienen cautivos el tiempo suficiente para que el cuerpo humano absorba más de la dosis usual. Según Reich, los orgones son átomos vibratorios de la atmósfera que contienen el principio vital. La gente tiene cáncer porque se queda sin orgones. Bull pensaba que su acumulador de orgones mejoraría si la madera utilizada era lo más orgánica posible, así que ataba hojas y ramitas de los matorrales del delta a su mística caja. Estaba allí, en el caluroso y desnudo patio: era una absurda máquina disparatada cubierta de hojas y de mecanismos de maniático. Bull se desnudó y se metió en ella, sentándose a contemplar el ombligo.”*

Si no fuera tan mal pensado, yo debería haberme preguntado si mi ciego recobró la vista debido a alguna misteriosa conjunción entre el cuatro latas y la misteriosa máquina que le había construido y sustraído el ingeniero berlinés. Tal vez influyera a humedad, quién sabe.

POSTDATA

On the Road se tradujo al español dos años después de su publicación en los Estados Unidos, con el título de En el camino. La primera edición española se hizo en Argentina, en 1959. En Alemania se tituló Unterwegs y en Holanda, Op Weg. Otras traducciones de sus título son Sur la route, en francés; Sulla strada, en italiano; Pela estrada fora, en portugués; A la carretera, en catalán; etc.
En 1975, apareció en España una versión en cómic llamada En la carretera, editada por Star Books.
En este mismo año (2009), Anagrama ha publicado bajo el título En la carretera. El rollo mecanografiado original la traducción de On the road. The original scroll, editada por la editorial Viking a partir del manuscrito original de Kerouac, con los nombres reales de los personajes que intervienen en los viajes descritos, sin las censuras que se habían practicado en algunas escenas homosexuales o en la suprimida escena del mono sodomita. Igualmente, esta edición pseudofacsimilar parece que respeta la puntuación original del autor, que no tenía puntos-aparte ni demasiadas comas. Todavía no he recorrido este libro que merece, al menos, una lectura cuidadosa.
Como se aprecia en la foto, Kerouac escribió su novela en un largo rollo de papel, en alusión a la Ruta 66. Lo hizo en sólo tres semanas, con la única ayuda de una vieja máquina de escribir Underwood, una cafetera y la calidez de su segunda esposa.

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* Kerouac, Jack: En el camino. RBA. Barcelona. 1995 (original: 1955 y 1957). Página 175.

ino. RBA. Barcelona. 1995 (original: 1955 y 1957). Página 175.

On the Road se tradujo al español dos años después de su publicación en los Estados Unidos, con el título de En el camino. La primera edición española se hizo en Argentina, en 1959. En Alemania se tituló Unterwegs y en Holanda, Op Weg. Otras traducciones de sus título son Sur la route, en francés; Sulla strada, en italiano; Pela estrada fora, en portugués; A la carretera, en catalán; etc.
En 1975, apareció en España una versión en cómic llamada En la carretera, editada por Star Books.
En este mismo año (2009), Anagrama ha publicado bajo el título En la carretera. El rollo mecanografiado original la traducción de On the road. The original scroll, editada por la editorial Viking a partir del manuscrito original de Kerouac, con los nombres reales de los personajes que intervienen en los viajes descritos, sin las censuras que se habían practicado en algunas escenas homosexuales o en la suprimida escena del mono sodomita. Igualmente, esta edición pseudofacsimilar parece que respeta la puntuación original del autor, que no tenía puntos-aparte ni demasiadas comas. Todavía no he recorrido este libro que merece, al menos, una lectura cuidadosa.
Como se aprecia en la foto, Kerouac escribió su novela en un largo rollo de papel, en alusión a la Ruta 66. Lo hizo en sólo tres semanas, con la única ayuda de una vieja máquina de escribir Underwood, una cafetera y la calidez de su segunda esposa.

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* Kerouac, Jack: En el camino. RBA. Barcelona. 1995 (original: 1955 y 1957). Página 175.

Bosque de sebas (Cymodocea nodosa) o sebadal.

Cuando se quema un trozo de bosque en cualquier lugar de la superficie del planeta a todos se nos encoge el corazón. Incluso, como decía Jaume Perich, cuando el bosque quemado es propiedad del señor conde. Sucede con demasiada frecuencia que perdemos enormes extensiones boscosas por accidente, desidia, locura o intereses comerciales. Y, como es natural, clamamos, durante dos o tres días, para que los responsables vayan a parar a prisión.

Sin embargo, a casi nadie parece preocupar que cada año sean arrasadas por completo superficies inmensas de bosques submarinos. Bosques que son, al menos, tan importantes como los que pueblan nuestras montañas. Imprescindibles para la supervivencia medioambiental del planeta, aunque se hallen fuera del área de visión de la mayor parte de los seres humanos que, por razones obvias, somos poco dados pasear por los fondos del océano.

Por otra parte, la denominación de estas selvas acuáticas parece realizada a propósito para que su destrucción pase desapercibida. Por ejemplo, suele hablarse de sebadales, lo cual suena a la mayoría como cebadales o cultivos de cebada. Pero un sebadal es un bosque de sebas (Cymodocea nodosa), una planta acuática de enorme importancia para conservar el equilibrio biológico en el medio ambiente marino.

Les invito a comprobar cómo se arrasa legalmente uno de estos bosques, aun cuando lo prohíba la legislación, en este caso, de Canarias. Un informe sesgado sobre un bosque submarino de sebas, en Lanzarote, logró que se pudiera construir un puerto deportivo en uno de los parajes naturales más bellos del planeta: Berrugo. El mismo lugar, sí, que es el epicentro de mi documental Lanzarote, la isla estrellada.

Este bosque de sebas o sebadal fue arrasado. La playa que estaba a su lado, borrada del territorio. Se generó un intenso debate en la sociedad lanzaroteña. La prestigiosa Fundación César Marique puso el grito en el cielo y llegó a encargar un estudio sobre el impacto del puerto deportivo sobre el bosque submarino de Berrugo. En su Memoria 2001, esta Fundación dejó constancia de sus acciones, que en la actualidad adquieren gran relevancia, teniendo en cuenta que el mismo debate se realiza hoy en Tenerife, con un gran puerto en el sur de la isla.

Coral en un bosque de sebas.

El ejemplo puede servir también para las costas mediterráneas y caribeñas, entre otras zonas muy afectadas por la construcción de puertos casi siempre innecesarios que arruinan las costas y la vida que existe en torno a ellas. A continuación, cito textualmente la parte del mencionado informe que corresponde a Berrugo:

“La Fundación César Manrique encargó un informe técnico a Jesús M. Falcón Toledo, licenciado en biología marina, para evaluar los valores naturales de la costa de Berrugo y su grado de afección por las obras del Puerto Deportivo de Berrugo. En el mismo, se prestaba especial atención a las comunidades de flora y fauna susceptibles de desaparecer o verse alteradas por las obras, como es el caso de las praderas de Cymodocea nodosa (sebadales). De este modo, se aportaba nueva documentación alternativa al debate que la construcción del puerto estaba originando en la sociedad lanzaroteño.
Entre las conclusiones reseñadas en el informe hay que destacar: la desaparición de la zona intermareal rocosa, sepultada por las obras de la construcción del puerto deportivo Marina del Rubicón; la confirmación de la existencia de sebadales de Cymodocea en el sector donde se practican las obras del puerto deportivo; la posibilidad de que los nuevos diques se comporten como un arrecife artificial, donde el efecto de atracción predominaría sobre el de producción de nueva biomasa y la recomendación de no verter materiales finos. Por último, recogiendo las propuestas del estudio, se recomienda a las autoridades competentes la revisión de las propuestas de protección de hábitats, incluyendo los sebadales de esta zona de Lanzarote, si así lo aconsejan los estudios pertinentes, como Lugar de Interés Comunitario (LIC), formando parte de la Red Natura 2000.
El día 29 de enero se expusieron públicamente los resultados de los dictámenes técnicos que la FCM había encargado a un comité de expertos sobre los diversos informes de carácter medioambiental relacionados con el patrimonio natural de Berrugo y su posible afección por las obras de construcción del proyecto Puerto Deportivo Marina Rubicón, que habían sido encarga dos tanto por los promotores como por asociaciones ambientalistas.
La construcción del puerto deportivo Marina Rubicón en la costa de Berrugo, Playa Blanca, y la posible afección de los valores naturales de la zona –sobre el litoral y el ecosistema marino de su entorno–, generaron inquietud social y controversia pública. Los potenciales efectos negativos que la construcción podría tener sobre el patrimonio natural del lugar, dio origen a distintos documentos e informes de carácter ambiental, que se incorporaron al debate social y al contencioso jurídico.
La FCM consideró relevante la discusión centrada en torno a Berrugo por varias razones: por el modelo agresivo de actuación y ocupación del dominio público en un área sensible de inequívocos valores naturales y patrimoniales; por su significación simbólica y estratégica en el marco del actual debate entorno al control del crecimiento y a la cualificación de las intervenciones en el territorio; y, por último, por la necesidad de que las actuaciones en materia turística y urbanística cumplan y respeten la normativa legal y los condicionantes ambientales a que están sujetas.
Para fundamentar y cualificar su posición al respecto y con la intención de aportar más elementos de juicio y mayor claridad al debate, la FCM encargó a un comité de expertos la redacción de dictámenes individuales centrados en el análisis y la valoración científica de cada uno de los documentos e informes realizados.
En otros términos, la FCM auditó la documentación técnica de carácter ambiental producida en torno al “caso Berrugo”, incluido su propio informe.
Los informes enviados a los cinco expertos en biología marina, para que procediesen a su valoración científica, fueron: Informe Técnico del “Sebadal” afectado por el proyecto “Puerto Deportivo Marina Rubicón”, del que es autor Antonio Sotillo Burunat.
Informe del Catedrático de Ecología de la Universidad de Las Palmas Ángel Luque, encargado por los promotores del Puerto deportivo “Marina Rubicón”, en el que había colaborado Lidia Medina Falcón.
Informe de la afección al medio de las obras realizadas en la construcción del Puerto Deportivo “Marina Rubicón”, en la costa del término municipal de Yaiza, Lanzarote, de los mismos dos autores antes citados.
Efectos de la construcción de la “Marina del Rubicón” sobre las praderas de Cymodocea nodosa (“Sebadales”) del sur de Lanzarote , del que son autores: Ricardo Haroun Tabraue, Pablo Sánchez Jerez y Arturo Boyra López, encargado por WWF/Adena Canarias.
Valoración de las comunidades marinas con especial atención a las praderas de Cymodocea nodosa en las inmediaciones de la costa del Berrugo (sur de Lanzarote), del que es autor: Jesús Manuel Falcón Toledo, encargado por la FCM.
El Estudio de Impacto Ambiental del proyecto del Puerto Deportivo realizado por Joaquín Soriano Benítez de Lugo. La categoría de evaluación aplicada fue la de Evaluación de Impacto Ambiental y el resultado se analizó como poco significativo.
Por su parte, la Comisión de Ordenación del Territorio y Medio Ambiente de Canarias (COTMAC), en su reunión de los días 8 y 9 de junio de 1999, realizó una Declaración de Impacto Ecológico condicionada y vinculante (con 14 condicionantes que los promotores deberían cumplir al realizar las obras).
Los biólogos marinos, en sus conclusiones respecto a los diferentes estudios, disentían expresamente de la consideración de impacto ambiental poco significativo deducido por Joaquín Soriano Benítez de Lugo.
En primer lugar, disentían de la precariedad atribuida a los sebadales, asegurando que su periodicidad anual es fruto de la regeneración natural de la flora litoral y certificado de su renovación y pujanza.
En segundo término, discutían los argumentos e instrumentos de análisis ofrecidos en los informes solicitados por la empresa, particularmente los elaborados por Ángel Luque, que tendían a infravalorar la riqueza y especiales circunstancias de los sebadales en formación o crecimiento. Se subrayaba, además, la insuficiencia investigadora en estos estudios y se llamaba la atención sobre la falta de legislación precisa que haría muy difícil la conservación de los sebadales. Por otro lado, se valoraban muy positivamente los informes de Haroun, Sánchez y Boyra y de Falcón, en los cuales se coincidía en que, según los análisis y conclusiones, la destrucción de los sebadales ya se había iniciado.”*

El final ya lo sabemos: se construyó el puerto deportivo, desapareció la playa y los naturales del lugar, ultrajados, vieron cómo perdían el derecho a sus propiedades a cambio de nada. Debería darnos vergüenza cuando dejamos que sucedan estas cosas.

(*) Fundación César Manrique, Departamento de Medio Ambiente, en la revista: Informe 2001, Sevicio de Publicaciones de la FCM, Lanzarote, 2002. Páginas: 71-74.

1.0 La panacea
Desde hace unos años, se viene hablando de protocolos. En la izquierda, en la derecha, en los desvanes y en las bodegas del planeta se declama sobre los protocolos como la panacea para combatir todos los males que nos embisten. Lo bueno que tienen es que una vez aprendidos cualquier persona puede hacer virguerías con ellos.

2.0 Relato protocolizado sobre la excelencia de los protocolos

2.0.1.0 Sábado. Hora: 08:00. París. Una madre suiza se levanta de la cama.
2.0.1.1 Sábado. Hora: 08:00. París. Una madre salvadoreña se levanta de la cama.

2.0.2.0 Sábado. Hora: 11:00. La madre suiza llega al supermercado con un carrito y una lista en la que figuran los productos que necesita, los precios de su última compra y el presupuesto que va a gastarse.
2.0.2.1 Sábado. Hora: 09:30. La madre salvadoreña entra en el supermercado con un niño en brazos. Poco después de traspasar la puerta, su hijito ha derribado una pirámide de latas de comida para perro y ella se pone a recogerlas. Los empleados la miran con cara ofendida, pero ninguna la ayuda.

2.0.3.0 Sábado. Hora: 11:01. La suiza ya tiene ordenada su lista por secciones. Al principio las latas y al final los congelados, para evitar que se calienten los productos. En ese mismo orden, visita los departamentos de comestibles.
2.0.3.1 Sábado. Hora: 09:40. La salvadoreña se dirige primero al lugar de los congelados, porque el día es muy caluroso y en ese espacio suele haber algo más de fresco.

2.0.4.0 Sábado. Hora: 11:18. Diecisiete minutos más tarde, la suiza llega a la caja registradora con treinta productos en su carrito. Coloca sus cosas en la cinta, mira en la pantalla para saber si coincide el precio de cada producto que la cajera pasa. Paga con su tarjeta de crédito y coloca la compra en el carrito que había llevado desde su casa.
2.0.4.1 Sábado. Hora: 11:10. Una hora y media más tarde, la salvadoreña aborda la caja con diez productos y riñendo al niño porque ha abierto un paquete caramelos que se está comiendo con voracidad. La cajera se pone de mal humor porque la cliente le entrega un billete para el que no tiene cambio. Finalmente, la señora sale cargada con las bolsas, porque su hijo se ha llevado el carrito fuera. Tiene la suerte de que otra señora recoge un yogurt que se le había caído. El niño debe andar cerca…

2.0.5.0 Sábado. Hora: 11:23. La suiza coloca la compra en el maletero de su coche blanco. Su carrito encaja a la perfección. Se dirige a la cafetería del supermercado, compra un periódico y pide un café. Lo bebe con calma y un cuarto de hora después vuelve a su auto. Enciende el contacto y sale a la carretera.
2.0.5.1 Sábado. Hora: 11:25. La salvadoreña ha perdido las llaves del maletero de su coche azul. Mete las bolsas de la compra en el asiento trasero y no puede impedir que su hijo se siente delante, con las manos manchadas con el chocolate de los caramelos. Naturalmente, se las limpia en el tapizado. Las llaves no las encuentra ahora, aunque abrió la puerta con ellas. Diez minutos después, se da cuenta de que están dentro de una de las bolsas de la compra. Arranca y sale a la carretera.

2.0.6.0 Sábado. Hora: 11:44. La suiza ve un semáforo en rojo y detiene su automóvil. Se percata de que un coche azul frena a su lado. Dentro hay una mujer de pelo negro y un niño que le enseña la lengua.
2.0.6.1 Sábado. Hora: 11:44. La salvadoreña casi se pasa el semáforo en rojo, por culpa de los gritos de su hijo. Le regaña porque está haciéndole carantoñas a una señora rubia que está en un coche blanco.

2.0.7.0 Sábado. Hora: 11:44. La suiza advierte que algo enorme cae a la calle desde un vecino bloque de viviendas. Mira hacia arriba y observa que el edificio empieza a desmoronarse. Es evidente que caerá justo donde está el semáforo.
2.0.7.1 Sábado. Hora: 11:44. La salvadoreña advierte que algo enorme cae a la calle desde un vecino bloque de viviendas. Mira hacia arriba y observa que el edificio empieza a desmoronarse. Es evidente que caerá justo donde está el semáforo.

2.0.8.0 Sábado. Hora: 11:44. La suiza mira el semáforo, angustiada porque no cambia a verde.
2.0.8.1 Sábado. Hora: 11:44. La salvadoreña aprieta el acelerador y el coche sale disparado. Un camión está a punto de atropellarla y mandarla al otro mundo.

2.0.9.0 Domingo. Hora: 10:00. La suiza está acostada y exhibe una sonrisa serena. Su familia la acompaña. Su marido, sus padres y sus suegros están vestidos de etiqueta, sin una arruga en sus trajes. Sus dos hijos están en silencio, impecablemente peinados.
2.0.9.1 Domingo. Hora: 10:00. La salvadoreña está acostada y se ríe sin parar. Su marido se mete entre las sábanas sin quitarse los pantalones y su hijo salta sobre la cama mientras se come un burrito.

2.0.10.0 Miércoles. Hora: 12:14. La salvadoreña va a visitar a su madre al cementerio. Al lado de su tumba, hay otra lápida recién puesta con el nombre de una mujer suiza. El nombre de su madre está grabado con una falta de ortografía y el florero está roto.
2.0.10.1 Miércoles. Hora: 12:14. La suiza yace en su tumba. Tanto la lápida como los floreros están impecables. A su lado, hay una anciana enterrada que está siendo visitada por su hija.

3.0 Qué es un protocolo. Mi definición de urgencia
Dejando a un lado los diversos protocolos utilizados en las jergas profesionales y sectoriales, hoy entendemos como protocolo un plan detallado para poner en marcha una respuesta eficaz ante cualquier eventualidad. Por ejemplo, en teoría el Protocolo de Kioto es un plan para combatir el calentamiento global, llevando a cabo una serie de acciones que impidan la elevación de la temperatura del planeta. Naturalmente, los protocolos cumplen su función cuando son puestos en práctica.

4.0 El protocolo en el DRAE
El actual Diccionario de la Real Academia Española incluye 4 acepciones para “protocolo”. Todas han quedado casi obsoletas, sin que acierte a describir su uso más general, exceptuando las cenas ceremoniosas y ceremoniales a que tan aficionados son sus autores. Con el propósito de no enmendarse, en la próxima edición añadirán una enigmática quinta definición que quizás se refiera a las redes entre ordenadores, con lo cual uno deduce que los académicos actuales pisan poco la calle, no leen los periódicos, no encienden la tele ni escuchan la radio. ¿Es que jamás han oído hablar del Protocolo de Kioto, de los protocolos adoptados por los cuerpos de bomberos o sobre los que se utilizan en las salas de urgencia de los hospitales? Como dicen los puertorriqueños, ¡Válgame!

5.0 Otro ejemplo de protocolo
5.

0.0 Si una casa se quema, los bomberos suelen utilizar un procedimiento de actuación. Supongamos que es el siguiente:

5.0.1 Tocar la alarma.

5.0.2. Deslizarse por ese tubo que aparece en las películas para llegar al recinto donde están los camiones, procurando separar la entrepierna del duro metal.

5.0.3. Bu

scar la manguera y las escaleras.
5.0.4. Subirse al camión.

5.0.5. Encender luces

y sirenas.

5.0.6. Dirigirse a la calle del incendio intentado atropellar a las bicicletas que aparezcan por el camino.

5.0.7. Localizar el incendio, etc.

Disculpen un ejemplo para aclarar un vocablo tan obvio, pero si no lo saben los señores académicos de la Lengua es posible que haya alguna otra persona que tampoco lo haya escuchado. Quizás algún monje trapense.

6.0 El valor de los protocolos
Nadie puede discutir que muchísimos protocolos son de gran utilidad. Un profesional de la medicina, bien entrenado en diversos protocolos, puede salvar muchas vidas humanas. Lo mismo sucede con otros profesionales, como los pilotos de aviación, los vigilantes de la playa o los mecánicos. ¡Cuánto tiempo y accidentes se ahorran siguiendo un protocolo de actuación para reparar una avería de un automóvil o de un avión que podría costarnos la vida si se pasara algún detalle importante por alto!
Como ven, admito la existencia de protocolos que tienen una utilidad indudable. Sin embargo…

7.0 Sin embargo…
¿Alguien recuerda aquella canción de Sacha Distel, titulada Incendio en Río, en que los bomberos no encontraban las mangueras ni las escaleras? Eran otros tiempos. Si hubiesen tenido un protocolo, no habrían perdido el control ni generado tanta confusión en el cuartel. Y, naturalmente, esa canción tan divertida que hizo saltar a una generación de jóvenes jamás se hubiera cantado.
El ejemplo puede ser tan exagerado como frívolo, pero creo que sirve perfectamente para ponernos en guardia contra la invasión de los protocolos.

8.0 La rentabilidad como problema
8.0.0 El problema de los protocolos es que son rentables. Es decir, si en una empresa se organiza el trabajo con protocolos la cantidad de errores que se comete es menor, lo cual genera un ahorro de tiempo considerable y, por tanto, una rentabilidad económica mayor. Por supuesto, también se puede controlar más a los empleados que es el sueño de miríadas de empresarios, émulos, en buena parte, de Napoleón y Alejandro.
8.0.1 La dirección está clara: convertir a los ciudadanos en una legión de máquinas individuales o de individuos maquinales que respondan de manera idéntica a procedimiento globales o protocolos. Es decir, ordenadores –¡qué palabra tan irónica para designar al que recibe órdenes!– o computadoras humanas descerebradas que no comenten errores laborales.
8.0.2 En la actualidad, un ejército de economistas recién licenciados, empleados del gobierno o de alguna cámara de comercio, recorren las empresas orientando sobre los protocolos. Ponga una ficha electrónica para cada operación y que cada empleado pulse una tecla cuando haya finalizado cada tramo de su parte del trabajo programado para hoy. Procure especializar, dividir en operaciones estancas, protocolizar. Después este maravilloso programa informático se encargará de decirle cuanto tiempo ha perdido hoy ese empleado y a quién debe despedir primero para que su empresa obtenga mayores beneficios.
8.0.3 ¿A quién le importa que un trabajador controlado termine neurótico o paranoico, convencido de que lo están persiguiendo, cuando, en realidad, es verdad que lo persiguen?
8.0.4 ¿A quién le interesa que un empleado pierda su trabajo porque este mes su hijo recién nacido lloró mucho por la noche y no puede concentrarse tanto como el mes pasado?
8.0.5 ¿A quién puede conmoverle que a un operario le suba la presión sanguínea a 23 porque su cabeza no aguanta repetir una vez más el mismo ciclo que ha venido haciendo durante tres años?

9.0 Protocolos en la sopa
Cada día que pasa, los protocolos se imponen más y más. Son rentables. También en el hogar. Los psicólogos, los gurús y hasta los echadores de cartas tienen preparados cientos de protocolos para tratar a los hijos o a la pareja. Si te dice esto, tú reacciona con este protocolo: 1. Sonríe. 2. Cierra los ojos. 3. Imagina que… Si te dice esto otro, tú haces lo siguiente: 1. Dile que preferirías discutir el asunto bajo la ducha. 2. Saca el jabón de Marsella. 3. Abre el grifo del agua fría. 4. Cuando se enfade, tú…
En la actualidad, muchas sociedades son catalogadas de más o menos avanzadas en razón de los protocolos que sean capaces de desarrollar. Y de cumplir, claro. Ya vieron el relato de las dos amas de casa. Lo que se pierde en espontaneidad y en vida, se gana en orden y serenidad.

10.0 Protocolice su vida
Le aconsejo que siga los protocolos al pie de la letra: quizás, dentro de unos años, me dé mucho placer verle a usted desfilar junto al resto de la humanidad bien peinada, conjuntada y al paso de la oca, mientras yo me encuentre completamente solo y sentado en el suelo, comiendo un burrito mexicano, un bocadillo de sardinas o una arepa venezolana, con las manos pringadas de aceite de coco.
Por mi parte, prefiero cantar La manguera con Sachal Distel, aunque sea mi propia casa la que esté ardiendo, a que todos vistamos el mismo uniforme, sea del color que sea.

He recibido un correo privado, solicitándome una valoración personal de la película LANZAROTE, LA ISLA ESTRELLADA.

Con sinceridad, he de confesar que me gusta escribir en torno a temas que he trabajado alguna vez, pero me cuesta mucho esfuerzo escribir desde un punto de vista personal sobre los trabajos finalizados. Incluyo entre ellos este documental, porque lo considero enteramente terminado y, además, terminado a mi entero gusto, sin haber tenido cortapisas por parte de ninguno de los personajes que intervinieron en su rodaje. Todos fueron ejemplo de amabilidad en el trato y de honradez en sus planteamientos.

Si he de decir algo estrictamente personal es que puse todo mi empeño en que este documental no fuese una suma de elementos para demostrar una opinión formada de antemano. Más bien, mi encuentro con el caso Berrugo de Lanzarote –un prototipo en la defensa de la propia identidad frente a la devastación del territorio– me ha inducido a esta reflexión sobre la ética del actual desarrollo urbanístico. También me ha enriquecido humanamente el contacto con personajes como Santiago Medina Cáceres (siempre con un “sí”, en sus labios, como primera reacción); Pilar del Río (la honradez apasionada sobrepasando la falsa mesura)  su esposo, José Saramago (la claridad intelectual, la honestidad como bandera); Pedro Hernández (el compromiso con la isla);  Rafael Fuentes (la labor cultural y ecologista, codo a codo con su comunidad); Juan David García Pazos (la abogacía como ejercicio social y solidario); etc.

Lejos de proclamas triunfalistas o apocalípticas, me he esforzado en compartir mis dudas, mis esperanzas o desesperanzas, a través de la propia reflexión y la búsqueda de respuestas en las reflexiones ajenas.

Tanto en su elaboración argumental, como en las imágenes y comentarios, existen contradicciones y complejidades que no he ocultado porque son espejos de las que tenemos como seres humanos y como sociedad.

Evidentemente, si algo disgusta a los poderes establecidos, en casi cualquier época y territorio, es que alguien reflexione sobre la sociedad que intentan controlar, sobre la ética de sus comportamientos y sobre la razón o la sinrazón de ser y de estar de esos propios poderes. Mucho menos les agrada que se anime a reflexionar a otras personas.

En este documental, a mi pregunta ¿Entonces, qué actitud tomar? ante la grave situación moral sin aparente salida que atraviesa la sociedad, José Saramago responde: “Seguir andando, seguir adelante, denunciar lo que está mal. Decir a la gente que la vida no es sólo un coche, ni un campo de golf ni una piscina. La vida merecería mucho más que eso”.

Decir a la gente. Crear una conciencia colectiva ética, sin apresuramientos, sedimentando  en el bien común el edificio social que pretendemos construir. No es trabajo de un mes, un año o un lustro; ni siquiera de una vida. Ya lo tuvo en cuenta Benito Pérez Galdós,  cuando en el siglo XIX escribió en su obra La segunda casaca:

“Vemos el instantáneo triunfo de la idea verdadera sobre la falsa en la esfera del pensamiento, y creemos que con igual rapidez puede triunfar la idea sobre las costumbres. Las costumbres las ha hecho el tiempo con tanta paciencia y lentitud como ha hecho las montañas, y sólo el tiempo, trabajando un día y otro, las puede destruir. No se derriban montes a bayonetazos.”

Tengo el gusto de invitarles al estreno de una película en esta misma página, en versión completa, actual, dura y polémica: LANZAROTE, LA ISLA ESTRELLADA*.

* estrellar.

1. tr. Sembrar o llenar de estrellas. U. m. c. prnl.

2. tr. coloq. Arrojar con violencia algo contra otra cosa, haciéndolo pedazos. U. t. c. prnl.

Diccionario de la Real Academia Española


Creo que, por primera vez, en el estado español, se realiza un estreno mundial de estas características. Amazonas Films, como uno de los primeros partners oficiales de YouTube,  inicia una serie de filmes de larga duración, acordes con los más avanzados medios tecnológicos actuales. Me honro en ser director y guionista del primero de ellos.

Con tecnología HD (Alta Definición), ya está disponible en el portal de Amazonas Films (youtube.com/amazonasfilms) una película de 50 minutos que relata la increíble gesta de los hermanos Medina Cáceres. Una historia relacionada con la destrucción de las costas de Lanzarote, una isla del archipiélago canario que actualmente se estrella contra su propio desarrollo urbanístico.

Junto al Premio Nobel José Saramago, intervienen otros intelectuales y ciudadanos conscientes de la necesidad de frenar a toda costa la especulación urbanística. La película es una reflexión sobre el modelo actual de turismo y desarrollo. No sólo se ha puesto de relieve su aspecto más conocido, el de la corrupción empresarial y política, sino el que incide de manera perturbadora sobre la ecología humana y natural, lesionando la dignidad de las personas y la armonía del medio donde éstas viven.
El núcleo del film es una antigua casa de salineros. Situada hasta hace pocos años en una playa, a la orilla del mar, se encuentra ahora a muchos metros de la orilla, cercada por un gran complejo turístico que ha devastado esa parte de la costa, antes llamada Berrugo, entre Playa Blanca y Papagayo, en el municipio de Yaiza.

Como si fuera la aldea de Asterix, la Casa de Berrugo ha resistido durante años los embates desarrollistas que han pretendido hacerla desaparecer. Su dueños son los hermanos Medina Cáceres, nacidos en esta vivienda que era propiedad de sus padres desde 1905. A pesar de la avanzada edad de los hermanos, su resistencia a abandonar su casa se ha hecho legendaria dentro y fuera de Lanzarote.
Esta lucha de largos años, es descrita por sus protagonistas y comentada por quienes viven de cerca el salvajismo arquitectónico en la isla que hasta hace pocos años fue la gran reserva del turismo ecológico en Canarias. La Isla de César se ha tornado en la Isla Estrellada.

SINOPSIS

GUIÓN Y DIRECCIÓN: Manuel Mora Morales
ENTREVISTADOS: José Saramago, Pilar del Río, Rafael Fuentes, Pedro Hernández, Santiago Medina Cáceres, Gabino Medina Cáceres, Juana Ángela, Juan Medina Cáceres, Rafael Almenara y Juan David García Pazos.
RODAJE: Lanzarote, Fuerteventura, Gran Canaria y Tenerife.
AÑO DE ESTRENO: 2009
LUGAR DE ESTRENO: YouTube.com
SOPORTE: Vídeo HD
SONIDO: Estéreo
BLOG OFICIAL: http://islaestrellada.blogspot.com/

El futuro suele realizar un movimiento imprevisto que no niega del todo lo que se había profetizado ni confirma plenamente lo que se esperaba. Con frecuencia, aparece un quiebro sorprendente, un regate fortuito. Lo sucedido durante dos días y dos noches en la vida de una santera corrobora la inasibilidad del destino, particularmente cuando entran en juego fuerzas tan potentes como el amor y el dinero.

LA SANTERA está cansada. Las pupilas inmensas giran confinadas en la penumbra de sus párpados entornados. Mediana edad, medianas carnes, mediana estatura. Percepción sagaz. Dos años hace que es madrina y muchos más, ya no recuerda cuántos, que pertenece a la diosa Yemayá: la del agua buena, la del agua estancada, la del agua que fluye por las venas del mundo. Las cartas gotean entre sus manos: las palabras le brotan como pájaros cuando alguien pregunta por el futuro: as de bastos la columna tendrá problemas en las cervicales o entre la quinta y la sexta vértebras lumbares; sota de oro la virgen te iluminará una parte del sendero, camina sin pena que vas protegido; tres de bastos junto a dos de copas tienes dos hermanos y tendrás dos hijos; cuidado con las envidias de los amigos, te lo dice el cinco de espadas.
Cada tarde, acude a su puerta una pequeña multitud en busca de sus presagios. Augurios que ella no termina de creer del todo ni de rendirse a la evidencia de sus propias facultades.
Esta noche concluye a hora avanzada su consulta. Ha sido una jornada agotadora que le reporta un puñado de dinero pobre, pero dinero al fin. Mientras se marcha el último cliente, sus manos distribuyen sobre la mesa un abanico de cartas: la última tirada, la de las cuatro cartas, siempre es para ella misma: as de oros, tres de oros, cinco de oros, rey de oros. Se queda mirándolas un segundo, incrédula.
–¡Tanto oro! –exclama.
Toma un lápiz, anota en un papel el número de cada carta: 1, 3, 5, 12.
–Trece mil quinientos doce –lee en alto–. Bonito número para ganarse un premio. Premio que no se ha hecho para una pobre desgraciada.

CINCO HORAS antes, la santera había leído la baraja a Esther. En este momento, en el otro extremo de la ciudad, Esther se pasa una toallita húmeda por debajo de las cejas para quitarse la pintura del maquillaje. Esther desnuda, sentada frente al espejo oval de su dormitorio. Siempre le ha encantado desmaquillarse desnuda. Como si se desprendiese de la última prenda íntima en un estriptís esotérico. Una representación para sí misma, porque para nadie más lo haría… excepto para Alberto. Su novio, su caballero andante, su príncipe. Esta misma noche la invitó a un restaurante: una cena espléndida: un comportamiento de auténtico gentilhombre: flores, un beso ligero en el cuello, sonrisas y palabras exquisitas: medio poema de Darío envuelto en burbujas de Moët Chandon. Todo sin prisas, avanzando mesuradamente, con estilo. Un auténtico señor. Qué razón tenía la santera que le echó las cartas por la tarde, poco dinero tendrás, pero gozarás mucho del amor, querida, te lo dice el caballo de copas. Cómo lamentaba ahora su salida de tono ante la pobre mujer:
–¡Qué sabrá usted de adivinaciones sobre dineros, señora! ¿No sería usted rica si pudiera descubrir cómo se mueven las suertes?

LA SANTERA se acuesta. Noche de gravedad y sueños agitados: el reloj despertador crece hasta rozar las nubes con el minutero; el minutero es el as de espadas; una paloma se degüella cuando intenta cruzar por las doce menos cuarto; el mecanismo se atasca, las ruedas dentadas saltan y se deslizan colina abajo hasta hundirse en el agua; todas las ruedas menos una que rebota hasta alcanzar el cielo blanco y allí se queda pegada como un plato de oro, como un sol de oro, como un as de oros, girando, girando.

ESTHER SALE de la ducha, entra en la cama, se acomoda entre las sábanas. Cierra los ojos y trata de representarse la imagen de Alberto, pero en su lugar aparece el rostro de la santera y aquellas dos largas hendiduras por las que apenas asoman sus ojos gigantescos. Un sobresalto, una breve caída hacia ninguna parte interrumpe su camino hacia el sueño. Débilmente, intenta recuperar a su novio de las galerías de su memoria. Envolverlo en telarañas de sueño. Arrastrarlo hacia estancias oníricas, donde todo puede ser más de lo que es y de lo que no es. Sin embargo, los ojos de la santera vuelven, se agrandan y la arrastran hacia el formidable iris verde y amarillo que gira bajo los párpados. Sumergida en la pupila, descubre que a su lado, entre olas verdes y espumas doradas, flota Orula, el dios de la adivinación y de la sabiduría. El rostro de Orula se transforma: sus labios toman el aspecto de un corazón: el corazón se convierte en un rictus: el rictus engendra una profecía: serás muy feliz en el amor pero muy desdichada con el dinero.

LOS PENSAMIENTOS huyen tras los sueños que se enredan y se pierden en la luz de la mañana. Los trajines de la casa primero y los problemas diarios más tarde tejen un velo de cotidianeidad que la defienden de la luz. Vuelve a caer la noche.

LA SANTERA sujeta el mazo de cartas sobre la mesa redonda que sólo contiene un mantel blanco y un vaso de agua de jazmín. La última en consultarle es su ahijada Macrina que se demora porque no encuentra a un hombre que la quiera como ella quiere ser querida y hoy la baraja se empeña en salirle espadas por mucho que la corte. Cuando su protegida se va, la santera esparce cuatro cartas sobre el mantel: seis de oros, sota de oros, dos de oros, tres de oros.
–¡Jesús! ¡Otra vez todas oro!
Corre a buscar el papelito donde anoche apuntó el otro número para escribir éste: sesenta y un mil veintitrés. Descuelga el teléfono y marca.
–Joaquina, ¿sabes el número que salió hoy en la lotería, mujer?
Su comadre busca el periódico en la gaveta de la alacena. Ella se revuelve inquieta. Jesús, tantos oros, que querrá decirme la condenada baraja.
–El trece, cincuenta y uno, dos.
–A ver, repite.
–El trece, cincuenta y uno, dos, mujer.
–Está bien. Gracias, comadre. Ya está escrito.
Cuelga y mira el papel: 13.512.
–¡Jesús, María y José! ¡Bendita Caridad del Cobre! ¡Virgen de la Candelaria!
El número recién apuntado es igual al que escribió ayer.
–¡Carajo, me saqué la lotería! Pero no la compré, así que no me saqué nada. Y si no me saqué nada de poco vale adivinar el número.
Se agarra el pelo con las manos y se coloca delante del espejo de la salita.
–Pero tú estás loca, mami –le dice a la imagen que le devuelve el reflejo–, tú te das cuenta de que has entrado en un juego peliagudo y sabes que la santería no se puede usar para enriquecerse una misma. ¿Ya no te acuerdas de lo que te dijo tu madrina Lala? Ay, Dios, todas las cartas me salen oro, ¡caballero! Yemayá, Señora de los peces, raíz de todas las posibilidades y de todas las riquezas, reina de las brujas, dime algo.

AL OTRO lado de la ciudad, Esther escucha el monólogo de Alberto al teléfono. Que no mi amor, que sí mi amor, que esta noche no puede ser porque tengo una cita con un colega para preparar un asunto que no puede esperar, quién sabe si con eso se resuelve el problema de buscar una casa para nosotros, sí mi amor, claro mi amor, que duermas bien mi vida. El espejo oval le devuelve su cuerpo desnudo. No hay maquillaje, no hay estriptís, no hay ducha. Se tiende sobre la cama, cruza las manos en la nuca y se queda mirando el cielo raso de la habitación. Se siente más desnuda que nunca. Intuye que su caballero miente como un bellaco. Tal vez no hay colega, ni hay asunto ni hay casa. Sólo ese cielo blanco que no la deja dormir.

LA SANTERA se levanta a las cinco de la madrugada porque la oscuridad y las pulgas de su cama la han convencido de que debe comprar el número de lotería que le mostraron las cartas. En la oscuridad, los picotazos de las bichos importan más que los consejos de su madrina. Va a la cocina, enciende una vela, bebe los restos del café frío de la tarde anterior y se viste apresuradamente. Sale a la calle, espanta los gatos de la vecina, avanza pegada a la pared del edificio, dobla la esquina del consulado, desemboca en la desierta avenida. Camina rauda hacia el cuchitril donde el viejo Ignacio vende los billetes de lotería. Todavía no ha llegado y debe esperarlo en la esquina, tiritando. Son casi las siete cuando Ignacio aparece: sin embargo, no tiene el número sesenta y uno, cero, veintitrés.

ESTHER ESCUCHA las siete campanadas del reloj de la catedral. Se levanta de la cama y decide comprobar con sus propios ojos si sus sospechas son ciertas. Sabe que no debería hacerlo, pero se dirige a la casa de Alberto. Se esfuerza en pensar que lo encontrará allí. Solo. Con ojos de haber dormido plácidamente. Reprochándole su desconfianza, pero íntimamente reconfortado por sus celos.

CALLE A calle, metódicamente, la santera va visitando a los vendedores de lotería, buscando su número. Sesenta y uno, cero, veintitrés. Finalmente, lo encuentra en una dulcería de la Plaza del Duque. Compra todos los boletos y escapa desbocada hacia el centro de la calzada. Sea lo que Dios quiera, madrina, yo no puedo virarle el trasero a mi suerte, madrina, usted no puede pretender eso. Acelera el paso para cruzar a la otra acera y un golpe de viento le arrebata los billetes de lotería.

TAMBIÉN ESTHER está llegando a la Plaza del Duque y siente el mismo golpe de viento cuando dobla la esquina. Unos papeles se le pegan al pecho y se los quita con la mano. Advierte que son boletos de lotería y mira a su alrededor para comprobar si alguien los ha perdido. Hay una mujer en medio de la calle, agitando los brazos y un coche está a punto de atropellarla. Esther grita. El conductor intenta frenar, sin embargo no logra evitar el accidente. Esther cierra los ojos y continúa gritando.

EL CUERPO de la santera es arrollado por las ruedas delanteras del automóvil. Dos policías la recogen medio destrozada y la trasladan al hospital más cercano. Esther está conmocionada. Sólo acierta a huir en dirección a la casa de su novio. La santera aferra la manga de la camisa de uno de los policías y susurra tantos oros, tantos oros, tantos oros. Después de recorrer unos cientos de metros, Esther advierte que continúa con los billetes de lotería en la mano. Los guarda en su bolso y continúa, tambaleante, en busca de Alberto. Todavía no son las ocho y media de la mañana y él no sale hacia el trabajo hasta las nueve menos diez. Pulsa el timbre varias veces hasta que en la ventana de la izquierda aparece una joven despeinada y con poca ropa.

ESTHER NO necesita más explicaciones, da media vuelta y emprende el regreso a su casa. Sin verter lágrimas: una extraña serenidad se apodera de ella, como si acabara de cumplirse un vaticinio largo tiempo esperado. Decide atribuir su estado al natural cansancio de una noche en vela. Regresa a su habitación, a su cama. El sopor la invade, sueña que la chica de la ventana tiene la cara morena de Ochú y que en sus manos sujeta unos alicates con forma de dos medias lunas cruzadas. Ochú la obliga a abrir la boca y le arranca cinco muelas. Después llega el dios Obbatalá subido en una nube y derrama sobre su cama una lluvia cálida y dorada.
Cuando Esther despierta, advierte que su cuerpo está húmedo. Corre a la ducha. Enciende la radio. ¿Qué le habrá ocurrido a la mujer atropellada en la Plaza del Duque? Pero el locutor está finalizando las noticias: anuncia con voz monótona el primer premio del sorteo diario de la lotería: seis, uno, cero, dos tres: sesenta y un mil veintitrés. Ella recuerda que ha guardado unos boletos en su cartera. Corre a comprobarlos.
–¡Jesús!

LA SANTERA no es consciente de que está en un hospital, pero comprende que la vida se le escapa a chorros. Su aliento se mezcla con el aliento que fluye por la venas de la tierra y sirve para engrandecer más las fuerzas de Yemayá. Los pensamientos ya no surgen como palabras sino como imágenes diluidas: el rostro severo de la madrina y el tres de oros destiñéndose. Después, sólo un frío adormecedor que borra las imágenes. En la habitación contigua, Alberto yace inconsciente. Una enfermera comprueba, una vez más, el hematoma causado por el golpe del tórax contra el volante.

LOS PENDEJOS

El que sabe una barbaridad sobre los pendejos es Facundo Cabral. En un recital en que cantó junto a Alberto Cortés, ofreció la siguiente parrafada, referida a un pariente suyo que era coronel:

Solamente le tenía miedo a los pendejos. Un día le pregunté:

-¿Por qué?

Y me dijo:

-Porque son muchos. No hay forma de cubrir semejante frente.

-Y por temprano que te levantes -prosiguió Cabral impertubable-, a donde vayas ya está lleno de pendejos.

-Son peligrosos, porque al ser mayoría eligen hasta el presidente.

-Los hay de todas categorías. Por ejemplo, está el pendejo informático que es un pendejo computado.

-El pendejo burócrata que es oficialmente pendejo.

-El pendejo optimista que cree que no es pendejo.

-El pendejo pesimista que cree que él es el único pendejo.

-El pendejo esférico que es pendejo por todos lados.

-El pendejo fosforescente, porque hasta de noche se ve que por allá viene un pendejo.

-El pendejo de referencia: ¿dónde está Alberto? Al lado de el pendejo de la chaqueta azul.

-El pendejo consciente, que sabe que es pendejo.

-El pendejo de sangre azul, que es hijo y nieto de pendejos.

-El más peligroso de todos: el pendejo demagogo, que cree que el pueblo es pendejo.

Pedro García Cabrera está considerado como el mejor poeta oriundo de las Islas Canarias. Nació en la isla de La Gomera, en el año 1905, murió en Tenerife, en 1981. Estudió la carrera de maestro y estuvo vinculado al movimiento surrealista y a la revista “La Gaceta del Arte”.

A raíz del golpe de estado de 1936, fue arrestado y enviado a un campo de concentración en Villa Cisneros. Allí, organizó una evasión y con otros compañeros secuestró el vapor  “Viera y Clavijo” y se dirigió a Senegal. Después marchó a Marsella y pasó a Andalucía, donde se integró en el frente republicano, pero de nuevo cayó en manos del ejército golpista y sufrió prisión durante siete años.

El resto de su vida permaneció en Canarias, padeciendo las penurias de aquéllos que se opusieron a Franco, sin poder ejercer siquiera su carrera de magisterio.

Su obra es abundante, lúcida y de una belleza primordial. Nada mejor para catar su poesía que leer uno de sus poemas.

Un día habrá una isla
que no sea silencio amordazado
Que me entierren en ella,
donde mi libertad dé sus rumores
a todos los que pisen sus orillas.
Solo no estoy. Están conmigo siempre
horizontes y manos de esperanza,
aquellos que no cesan
de mirarse la cara en sus heridas,
aquellos que no pierden
el corazón y el rumbo en las tormentas,
los que lloran de rabia
y se tragan el tiempo en carne viva.
Y cuando mis palabras se liberen
del combate en que muero y en que vivo,
la alegría del mar le pido a todos
cuantos partan su pan en esa isla
que no sea silencio amordazado.

(Las Islas en que vivo, 1971)

MI RELACIÓN CON EL POETA

El hogar familiar de mis abuelos maternos estaba pegado a la casa de Pedro García Cabrera. Los primeros años del poeta estuvieron cercanos a los de mi familia y tuve el privilegio de conocer muchas anécdotas de primera mano. Personalmente, lo conocí en 1970 y mantuve una relación más cercana a partir de 1977. Puedo dar testimonio de que fue un hombre sencillo que podía mantener una conversación a cualquier nivel, lejos del engolamiento que tantas veces se instala en los literatos reconocidos.

Años después de su muerte, participé en un par de trabajos relacionados con su poesía.

Uno de mis mayores tesoros es una página que me regaló el poeta con un romance dedicado a la isla donde ambos nacimos. En mi mesa de noche suele haber alguna de sus obras. Pocas veces salgo de viaje sin llevarme un libro suyo en la maleta.

MÁS SOBRE GARCÍA CABRERA

Vínculo a un mediometraje sobre Pedro García Cabrera y la identidad de su isla. Con poemas recitados en “Silbo gomero”.
Vínculo a la Fundación Pedro García Cabrera
Vínculo a Wikipedia
Vínculo a una interesante página sobre el poeta

Escuché la frase mil veces, pero nunca le puse atención: “Uno compra un décimo, aunque no con el fin de ganar millones, que eso es imposible, sino para llevarse a casa un poquito de ilusión.”

El otro día compré un billete de la Once en el mercado municipal y el señor que lo vendió me dijo lo mismo: “Se compra por tener algo con qué soñar”. Me costó 3 euros y publicitaba una ganancia nada menos que de 9 millones ¡de euros!

De camino a casa, cargado con bolsas de verdura, me puse a hacer la prueba del “poquito de ilusión”. Si me ganaba esa noche los 9 millones, ¿qué haría?

Lo primero: naturalmente, llevarlos al banco para darle una alegría al director de mi sucursal (al fin y al cabo, es la persona que más conoce mis tropiezos, mis debilidades, mis esfuerzos por no morirme de un infarto para dejarle bien ante sus invisibles superiores que son, según él, quienes le dan siempre la orden de estrangularme).

Lo segundo: ir a Hacienda y sacarle la lengua a ese funcionario de mirada homicida que todos conocemos y que nos persigue a los contribuyentes de medio pelo como si no tuviera otra misión en su puñetera vida kafkosa.

Lo tercero: repartir. ¡Vaya alegría! La familia, ciertos amigos, algunas instituciones bienintencionadas,…

Aquí se me planteó un gran problema. Iba por la mitad del camino cuando me formulé la pregunta del millón, es decir, de los nueve millones:

¿A quién no le reparto euros?

Poco a poco, fui encontrando razonables razones para no darle ni un céntimo a algunos. ¡Qué placer negarle el pan y la sal a nuestros enemigos, aunque sean enemigos de juguete! A éste le doy y a éste no le doy. ¿Y a éste? ¡Ah, a éste lo pondré a prueba y, si la pasa, le regalo un chalet, pero si no la pasa no lo invito ni a un café con leche desnatada! ¡Qué poderío! ¡Los que me adoren al cielo de los jacuzzis y el resto a las tinieblas de las duchas con plato y cortina de plástico!

Nueve millones de euros en pesetas son…, vamos a ver… uf, más de mil quinientos kilos. ¿Cuántos dejo para mis gastos? Supongamos que yo viva por lo menos hasta los setenta y cinco, entonces necesito…

El camino a casa se me pasó más rápido que si hubiera ido en el ave (no digo en un airbus, por si acaso se desploma en el jardín de la vecina y la muy lagarta se me queda con el décimo y la caja negra). Dejé las bolsas en la cocina y me sentí relajado. Desmadejado como si me hubieran dado un masaje en una terma de Estambul o me hubiese tragado un frasco de Prozac remojado en una infusión de tila. Las ondas alfa tomaron el mando en mi cabeza, como por arte de magia y ya no me abandonaron hasta la hora de dormir.

Tanto me relajé que, por la noche, me olvidé de mirar si había ganado. En realidad, hoy –seis días después– es cuando comprobé que no he acertado ni una sola cifra del número adquirido (eso también merecería un premio).

Pero no me importó demasiado, porque ya había recibido mi recompensa en forma de una auténtica lluvia multicolor de serotonina y endorfina que pienso repetir éste y todos los fines de semana hasta que el Tribunal Supremo, el Constitucional o el de Bruselas considere que estancos e invidentes están haciendo una competencia desleal a los laboratorios farmacéuticos y nos obliguen a comprar la lotería en las boticas, con receta médica.

El orden es uno de los elementos de lo bello combinado con lo grande.
Aristóteles
 

 

Escribir no es ordenar. A quien le guste ordenar se sentirá más cómodo siendo teniente que escritor. No obstante, el orden utilizado como herramienta secundaria facilita el trabajo literario. Si usted se dedica o piensa dedicarse a escribir, quizás le sean de alguna utilidad las siguientes sugerencias.

Esfuércese en organizar su trabajo, sea cual sea el tipo de libro que escriba. Si tiene demasiadas informaciones y no las puede manejar con facilidad en una libreta o en un archivo de su procesador de texto, intente construir una “base de datos”, bien sea por medio de fichas de cartulina o de un programa informático tipo Excel. Eso le ayudará a efectuar la redacción final con mayor rapidez y a no olvidar o extraviar alguna información importante, lo cual sucede con harta frecuencia.

Si tiene la costumbre de ir escribiendo en papelitos, cajas de cerillas, servilletas de bar y demás soportes propensos a tolerar descargas literarias, no los vaya acumulando en su escritorio “para mañana o pasado”; páselos a limpio cuanto antes. Si nota que le cuesta hacerlo, pídale a algún pariente que cada lunes recoja sus “papelitos” y los queme… Le aseguro que después de sucederle esto la segunda vez, usted los pasará a limpio, diligentemente.

Sin embargo, no crea usted que por tener la mesa de trabajo como una leonera va a ser incapaz de escribir una gran obra. Mis recomendaciones van en el sentido de hacerle ganar tiempo cuando vaya a buscar las cosas, pero si usted se siente más cómodo en una habitación desordenada, desordénela y no deje que nadie se la toque.

Tampoco tiene por qué hacer caso a quienes le digan que su obra será como su mesa de trabajo o como su aliño personal. Eso es completamente falso. Hay quien tiene su mesa como un espejo y sólo es capaz de producir una prosa enmarañada y confusa, mientras que otros más desordenados publican libros de una pulcritud pasmosa.

Tal vez deberíamos reflexionar sobre la división de caracteres que estableció Reich*: el que participa de lo neurótico y el que participa de lo anal. El primero tiende al desorden, a la excitación y a la colitis; el segundo, al orden, a la frialdad y al estreñimiento. Los aficionados al ajedrez saben muy bien a lo que me refiero, si les recuerdo a dos grandes campeones ya desaparecidos: el juego simple del cubano Capablanca –el sempiterno C3AR tras su P4R– y los turbulentos movimientos de Alekhine –P4D y P4AD para propiciar el gambito…

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* Reich, Wilhem: Análisis del carácter. Ediciones Paidós, Barcelona, 1980.

FOTO DE MARCO TRAJANO.

EL EMPERADOR EN SU DESPACHO

El plagio

Hay hombres cuya conducta es una mentira continua.
Barón de Holbach)

En la Edad Media, algunos monasterios fueron centros culturales dedicados al rescate de textos de antiguos manuscritos, mediante las copias que realizaban los monjes especializados. Sin embargo, estas copias no eran literales. Los copistas intentaban mejorar los textos, creando un nuevo manuscrito que no era reproducción exacta del original. De esta manera, los roles de autor y de copista tendían a confundirse y la idea de plagio aún no había adquirido cuerpo. Como caso extremo, se puede mencionar a Petrarca, cuya profesión de copista, le llevó finalmente a producir textos completamente originales, a fuerza de copiar libros ajenos.

La llegada de la imprenta confirió un papel destacado a los autores, a quienes se les reconoció la paternidad de sus obras y su propiedad intelectual. Se entiende, pues, por plagio la copia de partes substanciales de obras ajenas, dándolas como propias. Si usted reproduce literalmente lo que otro autor ha escrito, sin entrecomillar o indexar el texto y sin citar su procedencia, está cometiendo un plagio. Sin embargo, cuando alguien repite con otras palabras el pensamiento de un autor no hace un plagio, sino una paráfrasis, lo cual es perfectamente legal.
Todo eso está llevando a numerosos autores a poner marcas en algunas partes de sus obras que les permitan demostrar que el robo intelectual ha sido llevado a cabo. No permita usted que personas o empresas sin escrúpulos se aprovechen de su labor literaria y denuncie al autor del robo de inmediato: así ayudará no sólo a mantener alta la dignidad de los escritores, diferenciándolos de los simples plagiarios, sino también a proteger a los lectores del fraude.
En lo que se refiere a la información electrónica, como puede ser la extraída de Internet, y a los pequeños o grandes plagios, dice Nuria Amat:

Todo dependerá de la honestidad, creatividad o estrategia con que el escritor sepa aprovecharlas de un modo innovador. Queda librada a cada cual la facultad de decidir si elabora un texto forjado en base a fragmentos no identificados de otros textos (Foucault no contempla otra forma de escribir) o bien trata de exponer o recrear alguna idea nueva. [...] La creación original como idea romántica de la elaboración de un texto es un concepto superado. Ser original significa poco más que disponer de un talento particular para saber copiar de la manera correcta. […] Todo escritor tiene algo de plagiario, de copista y de traidor […]. Todo escritor es un ladrón de textos. Un saqueador de citas. Se trata en verdad de pequeños robos, y no hay escritor que no sea, en cierto modo, lector y, por tanto, un repetidor de voces.*

Permítame finalizar este post, medio en broma y medio en serio, afirmando que el plagio –no como figura jurídica, sino ética– no concluye en la copia de obras ajenas, sino que también incluye las propias, aunque eso, a veces sea inevitable. Decía Chesterton, con sorna, que todo autor termina siendo su mejor e involuntario parodista y Borges, que conocía perfectamente la cita de Chesterton, la parafraseó –¿quién se atrevería a afirmar que el divino argentino pudo plagiarla?– de este modo: “Todo escritor acaba por ser su menos inteligente discípulo.”**
Cualquier autor que no enriquezca continuamente su vocabulario y su sintaxis no sólo se estanca, sino que los va perdiendo, al tiempo que se anquilosa su estilo con las mismas estructuras y palabras, repetidas una y mil veces.

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* Amat, Nuria: El libro mudo. Las aventuras del escritor entre la pluma y el ordenador. Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1994.
** Borges, Jorge Luis: Veinticinco de agosto, 1983. En: Borges: La memoria de Shakespeare. Alianza Editorial, Madrid, 1999.


La escritura es la pintura de la voz.

Voltaire

Los libros se parecen más a los dioses menores que a los seres humanos. Como aquéllos, nacen, crecen, se reproducen, mueren o alcanzan la inmortalidad. Por el camino se desgastan o fortalecen, hasta lograr una situación más o menos estable en la memoria, lo cual también quiere decir en el olvido. No son estados definitivos. Las modas, las casualidades, los cambios de mentalidad y los intereses humanos relegan y recuperan libros y dioses de manera continua. Sin embargo, el tiempo transcurrido desde su creación es un buen crisol para poner a prueba la calidad o la divinidad de cada cual.

Hace quince años fue publicada la novela ¡Menudo reparto!, de Jonathan Coe. Poco tiempo ha transcurrido desde entonces para saber si su destino será la tumba o el olimpo, pero llama la atención comprobar que su lectura tiene mayor interés en el año 2009 que en 1994, no sólo en el plano literario sino en los aspectos éticos y socioeconómicos. Con un estilo que recuerda los tests de Rochard, Coe elaboró una obra muy interesante que puede abordarse desde diversos ángulos. Por mi parte, la cercana relación que siempre he mantenido con la creación gráfica, tal vez me haya llevado a interesarme, de manera particular, por el juego de espejos y degradados entre el carácter de los personajes, las acciones y el estilo literario de ¡Menudo reparto!



DEGRADADOS

Según el Diccionario de la Academia, el verbo degradar se utiliza para describir la acción de reducir las cualidades inherentes a alguien o algo. Sin embargo, su participio, degradado, el cual se ha convertido en sustantivo desde hace mucho tiempo, no figura en el DRAE. Este término se utiliza, fundamentalmente, en los siguientes casos:


  1. Pintura: referido a la disminución del tamaño y viveza del color de las figuras de un cuadro, según la distancia a que se suponen colocadas. Aunque para el pintor, degradado y difuminado se logran con técnicas diferentes, desde el punto de vista del espectador vienen a ser sinónimos, puesto que el resultado visual es parecido.


  2. Química: transformar una sustancia compleja en otra de constitución más sencilla.

  3. Ética: persona humillada, rebajada o envilecida.
  4. Instituciones: alguien privado de las dignidades, honores, empleos y privilegios que tenía.
  5. Cine: transición entre dos planos en que las imágenes de ambos se mezclan gradualmente.

Todas estas aplicaciones del término, usado como verbo, adjetivo o sustantivo, son sobradamente conocidas. Quizás, sea menos habitual que se examine su utilización como técnica literaria.

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UNA NOVELA. UNA PELÍCULA

Cuando Jonathan Coe, el célebre escritor británico, no se había desprendido de la mayor parte de sus ropajes literarios para llegar a su reciente La lluvia antes de caer, escribió una novela titulada ¡Menudo reparto! (What a Carve Up!). Fue publicada en el Reino Unido, en 1994, y, en España, apareció dos años más tarde de la mano de Anagrama. El título de la obra se debe a un mediocre film británico (What a Carve Up!), estrenado en 1961, dirigido por Pat Jackson y protagonizado por Sid James, Kenneth Connor, Shirley Eaton y otros intérpretes ingleses del momento. La película narra una reunión familiar nocturna en una mansión, en la que los miembros de una familia van siendo asesinados de manera misteriosa.

Shirley Eaton tiene un rol significativo en la novela de Coe. Esta intérprete actuó también en una película de James Bond, en el papel de la secretaria de Goldfinger. La imagen de la derecha muestra cómo murió en este film, cubierta por un baño de oro que le impedía respirar.

Jonathan Coe no sólo toma el título de esta película, sino que toda su novela gira en torno a ella: el parecido físico de algunos personajes, la reunión familiar, los asesinatos, el impacto que le produjo su visión al narrador en su infancia, la sensualidad de una escena entre Kenneth Connor y Shirley Eaton, incluso la mezcla de comedia y thriller, que contiene este film de segunda categoría, llega a impregnar gran parte del relato.

Bueno será advertir que las técnicas de este escritor británico nada tienen nada que ver con muchas de esas novelas basadas en películas que durante la última década han salido de la pluma de una generación de novelistas cubanos. Este especialísimo método consiste en ver un film cualquiera en un cine del extranjero, volver a Cuba y contarlo en un libro, lo mismo que se contaría el capítulo de un culebrón a un compañero de trabajo en la hora del desayuno. Y confiar en que tanto los editores como los lectores no tengan la mala fortuna de tropezarse con la película.
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DEGRADADOS FAMILIARES

El argumento de la novela: en la década de 1980, Robert Owen, un escritor de 38 años, con dos libros publicados y falto de dinero, es contratado por Tabitha Winshaw, una anciana aristócrata presuntamente chiflada, para que escriba la historia de su familia. Poco a poco, el escritor va descubriendo que los miembros de esta saga son codiciosos, corruptos –degradados, al fin– y controlan gran parte de la vida económica, artística y política de Gran Bretaña.

La llegada al poder de Margareth Thacher con sus pelotazos, sus medidas privatizadoras y sus recortes de los derechos de las clases medias y trabajadoras, le viene de perilla a los Winshaw. Cada uno de sus miembros multiplica su fortuna, usando los resortes que el gobierno de Thacher pone a su alcance: Mark y la venta de armas a Saddam Husein; Thomas y las escandalosas ganancias de los bancos en la adquisición de empresas públicas; Henry y el traspaso a la sanidad privada de los capitales destinados a la sanidad pública; Roddy y el encanallamiento de las galerías de arte; Hillary y la manipulación de la opinión por medio de la prensa amarilla; Dorothy y el mortífero negocio de la comida basura;…

Durante el mandato de Margareth Thacher, las compañías británicas surtieron de armamento de todo tipo al régimen de Saddam Husein, con el apoyo de la primera ministra. La novela “¡Menudo reparto!” informa cómo se llevaron a cabo estos negocios multimillonarios, en manos de pocas personas.

Un cuadro familiar que veinte años más tarde no nos parece lejano, sino a la moda más en boga, ataviado con la más rabiosa actualidad en que lo sitúa la brutal crisis derivada de la política thacheriana –nada para los trabajadores, pero sin los trabajadores– que se fue extendiendo como una mala fiebre por los países del primer mundo. La canonización de la codicia y de los codiciosos: San Mario Conde, San Emilio Botín, San BBVA, San Bernard Madoff,… Admirados de todos, llevados a los altares por los presidentes de de las corporaciones, por los presidentes de las naciones y por los medios de comunicación, señalados como patrones de conducta a seguir por las nuevas generaciones. Degradados en su comportamiento ético y declarados arquetipos de la hipermodernidad.

DEGRADADOS CINEMATOGRÁFICOS

Los editores y montadores de películas saben perfectamente que la transición en degradado entre los planos del film presenta grandes dificultades, porque a las imágenes les cuesta mezclarse de manera correcta. Incluso, los más nuevos programas de tratamiento de imagen digital tienen problemas con los degradados. A pesar de ello, si no se abusa de este efecto, como suelen hacer los principantes, los degradados proporcionan una transición armoniosa entre dos planos que se suponen separados por el tiempo narrativo o por el espacio geográfico.

La “invasión” de la literatura por parte del cine es de sobra conocida. Sin embargo, los recursos cinematográficos son cada vez más aplicados por los escritores a la narrativa e, incluso, a las obras de ensayo.

Existe una transición algo más sofisticada para que los planos no “salten” ante el espectador, sino que se desarrollen de manera uniforme. Consiste en colocar, en cada uno de los dos planos, elementos semejantes o que contengan resonancias comunes. Podría ser que el primero contuviese la trompa de un elefante y el segundo incluyera el primer plano de un dedo (formas parecidas), o la trompa de una orquesta sinfónica (homónimo), o una nube gris (colores semejantes) o una persona con la nariz chata (oposición). También se puede vincular más sutilmente, recurriendo a conceptos en lugar de imágenes: el plano primero plantea un interrogante sobre la crueldad de la guerra y el segundo plano ofrece el discurso económico de un banquero como respuesta. Lo esencial es que la mente del espectador encuentre el vínculo entre los dos planos. Esto bastará para que el tránsito entre ambos se realice de manera tan suave como en un degradado físico (todo lo física que puede ser una imagen digital). Lo cual nos situaría frente a un efectivo degradado subliminal.

Hay otra transición importante en cinematografía: la que une dos secuencias. Mientras las transiciones entre planos suelen ser decididas en el momento de la edición, las correspondientes a las escenas es conveniente que estén explicitadas de antemano en el guión. Cuando las acciones de cada secuencia desembocan de manera natural en la siguiente, no es preciso construir puentes que las unan. Si en la pantalla vemos a un hombre estrellarse con su coche contra un árbol y, en la siguiente escena, aparece una familia llorando junto a un féretro, los enlaces entre ambas acciones son evidentes.

Sin embargo, no siempre sucede así. Después del accidente podría venir una secuencia en la que un grupo de amigos está celebrando una comida, y el director desea unir ambas escenas. En este caso, hay que intercalar una pequeña transición que nos informe por qué el resultado del accidente motiva la comida. Esa explicación no tiene por qué ir exactamente entre ambas escenas, sino que puede ubicarse en medio de la acción de la comida, desvelando, por ejemplo, que se está recordando el aniversario de la muerte del automovilista. Así, los espectadores tendremos ante nuestros ojos una situación tan coherente como consecuente.

Evidentemente, el guionista o el director de la película puede decidir romper vínculos entre planos o secuencias para buscar efectos gráficos, filosóficos o psicológicos, lo cual tampoco deja de ser otra forma de transición. Pero aquí estamos hablando de degradados, no de rupturas.

DEGRADADOS NARRATIVOS

Una obra literaria funciona, en muchos aspectos, como un cuadro o como una película. En lo que se refiere a degradados y transiciones, también. En mi opinión, la novela ¡Menudo reparto!, de Jonathan Coe, es una de las obras donde más se han aplicado los degradados de todo tipo, desde la conducta de la desalmada familia Winshaw a las técnicas literarias desplegadas por el autor.

Las reflexiones sobre las transiciones en cinematografía no las he traído por puro capricho, sino como ejemplo de las técnicas que Coe –conocedor del medio cinematográfico– aplica en su novela. Sólo que el autor británico las expande hasta convertirlas, en ocasiones, en el elemento más importante de varios pasajes de su obra que se nos presentan de una manera tan permeable que no nos cuesta trabajo deslizarnos hacia los otros planos narrativos que el autor ha urdido encima y debajo del texto principal.


Las pistas, que estaban sembradas a lo largo del libro…


Uno de los recursos de Jonathan Coe, utilizado sobre los degradados literarios de la misma manera que las migas de pan de Pulgarcito sobre los caminos del bosque, es la introducción de un elevado número de aparentes casualidades. Leídas hoy, algunas páginas recuerdan El cuaderno rojo, de Paul Auster, un buen ejemplo sobre el empleo del azar en la narrativa. Y hasta se podría pensar que Coe se inspiró en esa obra, si no fuera por el hecho de que fue publicada un año después que la suya. Sin embargo, en ¡Menudo reparto!, las casualidades terminan convirtiéndose en causalidades y, a lo largo de casi 500 páginas, actúan como vínculos que sujetan con firmeza cada punto de los degradados, invitando al lector a seguir su rastro hasta la casa del ogro o a devorarlas con avidez, como los pajaritos a las migas.

La novela comprende la vida completa de Robert Owen, el protagonista-escritor-narrador, desde su infancia hasta el día de su muerte, pasando por su adolescencia y juventud. Los capítulos no siguen un orden cronológico, sino neurológico, como si fueran páginas web que hicieran su aparición cuando se activa el vínculo de cualquier palabra, asunto o recuerdo. Sin embargo, su ordenamiento está lejos de constituir un caprichoso albedrío por parte de Coe. Al contrario, siguen un plan que les lleva a solaparse, actuando un tul que nos permite entrever otros hilos narrativos que transcurren de manera más subterránea, provenientes del pasado, del subconsciente o de filmes que no se citan, como La rosa del Cairo. Los diversos grados de transparencia en estos degradados nos sumergen más y más en la visión cómico-depresiva del protagonista.

El final es brillante, como corresponde a una buena novela policiaca, y vuelve a evocarnos a Auster, esta vez travestido en Agatha Christie. Las pistas, que estaban sembradas a lo largo y ancho del libro, van siendo abonadas y retoñando, página tras página, hasta alcanzar la madurez sin estridencias, asombrándonos de haber presentido unos frutos y de no haber advertido otros.


¡Menudo reparto! Es una excelente novela que, siendo un clara denuncia del comportamiento infame de una clase social codiciosa y abusadora, resulta también un buen ejemplo de narración sutil que en ocasiones llega a evocarnos pasajes del mejor Lezama Lima. La recomiendo especialmente a los lectores interesado en técnicas narrativas. Como curiosidad, debo añadir, que sobre este libro realizó la BBC una dramatización en ocho programas de radio, emitidos en el año 2005, que tuvieron una excelente acogida.

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Por imbécil que sea un autor, siempre hay un lector que se le parece.
San Jerónimo

Entre escritores, lectores, críticos y otras gentes de costumbres literarias, permanece un debate abierto que se aviva de vez en cuando, como sucede con los rescoldos de una hoguera cuando les llega alguna racha de aire nuevo: el fuego y el debate siguen siendo los mismos, aunque esporádicamente se acrecienten y varíen sus formas.

Los posicionamientos a favor y en contra de la tesis popular o la de élite son numerosos, de todos los colores, con fundamentos más o menos objetivos, más o menos interesados. Podemos encontrarlos  en la antigüedad clásica o en las viejas discusiones europeas sobre la conveniencia de utilizar el latín o las lenguas romances en los escritos.

Sin embargo, únicamente voy a citar los cuatro puntos que el escritor Ernesto Sábato compuso respecto a esta cuestión. Los considero la  opinión más sensata y esclarecedora:

1. Hay literatura grande y sin embargo minoritaria: Kafka.
2. Hay literatura minoritaria y sin embargo mala; la mayor parte de los poemas que hoy se escriben, meros logogrifos o logomáquicos.
3. Hay literatura grande y mayoritaria: El viejo y el mar.
4. Hay literatura mayoritaria y mala: historietas, fotonovelas, literatura rosa, casi toda la literatura policial.

Nada más tengo que añadir.

La libertad de expresión incita y excita a un nuevo uso de la misma libertad, con lo que contribuye considerablemente al conocimiento del hombre.
Francis Bacon

Aunque uno escriba a partir de experiencias propias y vierta en el texto sus opiniones, es innegable que éstas y aquéllas son sus versiones personales sobre lo que sucede a su alrededor; dicho de otra manera, la literatura es social por necesidad.
La lista de grandes autores comprometidos con su momento histórico es muy larga y en ella pueden ser incluidos escritores como Zola, García Márquez, John Dos Passos, García Lorca, Umberto Eco, Steinbeck, Pablo Neruda, Rafael Alberti, Víctor Hugo, Bertolt Brecht,… Cada uno de ellos ha implicado su obra en los problemas económicos y sociales de su tiempo, lo cual les ha conducido a pasar por momentos dolorosos en su existencia. Sin embargo, es probable que gran parte de cuanto han escrito carecería de interés si no hubiera contado con esas aportaciones.
Por otra parte, el arte no es un fiel reflejo de la sociedad donde aparece, ni la literatura tampoco, aunque el autor participe de forma importante en la comunidad en que vive. Esta participación social que puede reflejarse más fielmente en otro tipo de productos, cuando se trata de literatura se vuelve imprecisa, porque los escritores son, en ocasiones, seres rebeldes e, incluso, antisociales que invierten y subvierten en sus obras literarias los valores más arraigados en la sociedad que los rodea. A fin de cuentas, ésta viene a ser la misma afirmación que puse en este blog, cuando trataba sobre la nacionalidad del escritor.
Debido a ese espíritu de rebeldía, durante el transcurso de la historia, los escritores y otros artistas se han involucrado activamente en las revoluciones sociales, ocurriendo que cuando dichas revoluciones han triunfado, esos mismo autores se han vuelto a situar frente a los nuevos gobernantes, persistiendo en su actitud de descontento, lo cual les ha acarreado calamidades sin límite, como sucedió, por ejemplo, en la Unión Soviética con la llegada de Joseph Stalin al poder. Pero es que tampoco el poder del estado ha favorecido el florecimiento de la literatura: desde los preceptos confucianos que prohibían lo que no fuese de utilidad inmediata hasta las leyes platónicas que rechazaban cualquier acto artístico que no sirviera a la república, pasando por los nihilistas rusos que proclamaban a los cuatro vientos que es preferible un buen par de botas que toda la obra de William Shakespeare.
¿Y qué ha sucedido cuando los hombres de letras han conseguido ostentar el máximo poder de su país? La verdad es que nada extraordinario. Desde el venezolano Rómulo Gallegos ––autor de Doña Bárbara–– hasta el poeta sudanés Leopoldo Senghor, los escritores que han llegado a la presidencia de una nación poco han hecho por las letras de su país, cuando no se han dedicado a perseguir a sangre y fuego a los escritores que les presentaban oposición política.
Finalizo estos párrafos sobre la responsabilidad social de los escritores con una cita de Umberto Eco, que hace una clara diferenciación entre la postura escéptica y la del qualunquista, a la que el profesor denomina anarco-conservadora:

Paolo Pott escucha al viejo magistrado del tribunal de ape-lación pronunciar la siguiente profesión de escepticismo: la verdad no existe porque bastan dos copitas de coñac para mo-dificarla; la justicia se halla determinada por dos décimas de fiebre que alteran la lucidez del juez; la molestia producida por un zapato que hace daño puede cambiar la manera de pensar de un hombre. El escéptico intenta moverse con prudencia en un universo en el que los seres humanos llevan za-patos que les hacen daño, se hallan afectados de fiebre y be-ben coñac. El anarco-conservador, en cambio, elabora una invectiva contra la imperfecta humanidad de los jueces. El escéptico sabe que la política vive del compromiso. El anarco-conservador afirma que toda la gente que se dedica a la polí-tica lo único que hace es engañar al pueblo. El escéptico ve la política como el arte capaz de guiar al hombre en un mun-do en el que el hombre es un lobo para el hombre. El anarco-conservador protesta contra los lobos, como si hubiera hom-bres que no lo son; se llena de indignación, pero piensa que la indignación de los demás no es sino astucia y demagogia; protesta contra los males de la sociedad, pero sobre todo pro-testa contra los que protestan contra los males de la socie-dad: por eso nunca tiene soluciones, a no ser que se trate de soluciones paradójicas o infantilmente subversivas -”¡No pa-guemos los impuestos! ¡Total, se los acaban comiendo los mi-nistros! “-. En cualquier caso, carece de ideología.*

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Nota
* Eco, Umberto: El superhombre de masas. Tusquets Editores, Barcelona, 1995.

Es mejor tener la boca cerrada y parecer estúpido que abrirla y disipar toda duda.
Mark Twain

Vaya por delante que soy partidario de que cada escritor, como cualquier otra persona, debe ser libre para expresar su opinión, sea ésta la que fuere. Sin embargo, las precipitaciones en ofrecer al público juicios poco meditados, surgidos del apresuramiento, nos pueden sacar los colores un tiempo después. Un poco de mesura nunca viene mal, sobre todo cuando se trata de juzgar la obra ajena.

Existe un ejemplo muy gráfico para ilustrar esta opinión. Se trata de un escrito firmado nada menos que por Pier Paolo Passolini, en el año 1973. No es preciso que haga más aclaraciones, puesto que se  comprende, de inmediato, que cuando alguien escribe estas cosas, después debería lamentarlo hasta la hora de su muerte, incluso si el blanco de las críticas no llega a Premio Nóbel:

Parece ser un lugar común considerar “Cien Años de Soledad” de Gabriel García Márquez (libro recientemente editado), como una obra maestra. Este hecho me parece absolutamente ridículo. Se trata de la novela de un guionista o de un costumbrista, escrita con gran vitalidad y derroche de tradicional manierismo barroco latinoamericano, casi para el uso de una gran empresa cinematográfica norteamericana (si es que todavía existen). Los personajes son todos mecanismos inventados –a veces con espléndida maestría– por un guionista: tienen todos los “tics” demagógicos destinados al éxito espectacular.
El autor– mucho más inteligente que sus críticos– parece saberlo muy bien: “No se le había ocurrido hasta entonces– dice él en la única consideración metalingüística de su novela– pensar en la literatura como en el único juego que se había inventado para burlarse de la gente…” Márquez es sin duda un fascinante burlón, y tan cierto es ello que los tontos han caído todos. Pero le faltan las cualidades de la gran mistificación, las cualidades que posee, como para dar un ejemplo, Borges (o en menor escala Tomasi di Lampedusa, si “Cien Años de Soledad” recuerda un poco al “Gattopardo” aún en los equívocos que ha despertado en el pantano del mundo que decreta los éxitos literarios).
Los críticos literarios deben tomar nota de un nuevo “género” o técnica, que ya pertenece históricamente a la literatura: el guión cinematográfico, y también el denominado “tratamiento”. En el guión y el tratamiento, el autor tiene conciencia de que su obra no es literaria ya que se trata de estructuras provisionalmente lingüísticas, que en realidad “quieren” ser otras estructuras: estructuras, puntualmente, cinematográficas. El autor de un guión o de un tratamiento es tanto más hábil literato cuanto más consigue obtener la colaboración del lector en la visualización de lo que está escrito provisionalmente. El asumir tal provisionalidad (esa voluntad de la estructura de ser “otra estructura”) forma parte de la técnica literaria del guionista y, potencialmente, de su estilo.
Sin embargo, la mayor parte de los guiones y de los tratamientos son pésima literatura– como es el caso de este libro–.
Literatura indigna. ¿Por qué?
El primer acto del escritor de guiones consiste en identificar al lector con el productor. El que debe colaborar con el autor en la “transformación” de la estructura lingüística en estructura cinematográfica, es justamente el que paga. El destinatario de la obra es, una vez más, el patrón. Ahora bien: la mayoría de los escritores cinematográficos provienen de una élite cultural: son entonces personas que tienen la obligación, diría social, de considerar al patrón un idiota, un semianalfabeto, un hombre despreciable. Pero al mismo tiempo, deben hacer que su obra le guste. Y en el momento en que el guionista identifica al productor con un destinatario “idiota, semianalfabeto y despreciable”, tiene un solo modo de convencerlo: la degradación de su propia obra. Entonces, la inocente “captatio benevolantiae” que todo autor, en distintas medidas, utiliza para obtener la colaboración del lector, termina convirtiéndose en una operación inmoral, que envuelve al autor en la degradación por él planificada con bajeza.
La colaboración del autor con el lector- productor, tiene por lo tanto los caracteres de una abyecta complicidad: tiende a hacer de él un compañero y cómplice, degradándose a su supuesto nivel de estúpido, vulgar, conformista, cínico conocimiento de las cosas humanas.
Tal esfuerzo por simplificar, por reducir, por desdramatizar, por hacerlo todo comunicable y sin problemas reales, termina volviéndose una atroz forma de adulación del patrón: así, y para decirlo con sus propias palabras, el guionista, aún despreciando al patrón, y hasta por el hecho de verse obligado por él a un comportamiento miserable, se hace “rufián” a la par suya.
Pero ningún hombre es apriorísticamente tal como el guionista supone que es el productor: ningún hombre es apriorísticamente inferior a nosotros mismos. Y la primera regla moral de un autor consiste en considerar como su igual al lector: y si luego él identifica a ese lector como un productor, también dicho productor no puede sino ser considerado como su igual. Actuar de modo contrario a esta primera y elemental regla moral vuelve a un autor indigno de su profesión.”*

Sobre las opiniones del escritor, creo que también importa su mayor o menor objetividad al presentar un hecho,  sea real o ficticio. Es muy interesante el siguiente párrafo, extraído de una carta de Anton Chéjov a A. S. Souvorin:

Me atacas por mi objetividad, llamándola indiferencia al bien y al mal, carencia de ideales y de ideas, y así por el estilo. Quisieras que al describir unos ladrones de caballos yo dijera: “robar caballos está mal”. Pero eso se ha sabido desde hace siglos sin que yo lo dijera. Dejemos que sea el jyurado quien los juzgue; yo simplemente me ocupo de mostrar qué tipo de gente son. Y digo al lector: está usted tratando con ladrones de caballos, así que permítame decirle que no se trata de limosneros, sino de personas fuertes y bien alimentadas que rinden culto al robo; para quienes el robo de caballos no es un simple hurto, sino una pasión, etc. Por supuesto que sería agradable combinar a veces el arte con la prédica, pero para mí personalmente es extremadamente difícil, casi imposible, a causa de las imposiciones técnicas. Mira: para describir una banda de cuatreros en setecientas líneas yo tengo que pensar y hablar todo el tiempo como ellos, sentir con sus sentimientos; de otro modo, si permito que se introduzca mi jubjetividad, la imagen se desdibujará y el cuento no será ya tan compacto como todo cuento debe ser. Cuando escribo, me apoyo enteramente sobre la capacidad del lector para añadir por sí mismo los elementos subjetivos de que carece el cuento**.

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Notas

* Passolini, Pier Paolo:  Gabriel García Márquez: un escritor indigno. Traducción de Roberto Raschella. Revista Tempo, Italia, 22 de julio del año 1973.

** Chéjov, Anton: Cartas sobre el cuento. En: Del cuento y sus alrededores. Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas (Venezuela), 1993.

¡Vivan los hombres honrados! Son menos canallas que los demás.
Henry Becque

Hace unos años, me visitó un conocido, de profesión liberal, que dedica una parte de su tiempo libre a las tareas literarias. Venía acompañado por un amigo suyo, un funcionario público que también ha desempeñado labores sindicalistas en una pequeña organización que fue muy reivindicativa en otra época. Mientras nos tomábamos un café, me expusieron el motivo de su visita: querían mi consejo y un presupuesto para la edición de un número de ejemplares facsímiles de un periódico que su sindicato había publicado dos décadas antes.
Les dije que lo mejor sería escanear los originales, reduciéndolos hasta un formato de 21×30 cm. Estaba advirtiéndoles sobre la necesidad de escanear separadamente las fotos, pues se corría el riesgo de que pareciesen fotocopias, cuando me interrumpieron.
–El texto se está componiendo en un programa de ordenador –me dijo el funcionario público.
–¿Para qué? ¿No van a publicar una edición facsímil? –pregunté, intrigado.
–Claro que sí, pero sólo de esta manera podemos dejar fuera los artículos que no nos interesa que aparezcan.
Me quedé de piedra. Lo primero que vino a mi cabeza fue una imagen del Ministerio de la Verdad de la novela 1984 de Orwell, donde unos funcionarios cambiaban la historia, a golpe de tijera, según les convenía a los gobernantes. Esto, que yo entiendo por falta de honradez intelectual, lo expresará mejor otra anécdota tan verídica e ¿intrascendente? como la anterior:
Por la misma época, recibí una llamada telefónica de otro conocido, solicitándome datos sobre el almogrote, una pasta, parecida al foie gras, elaborada con queso duro, en la isla de La Gomera, en Canarias. Le dije cuanto sabía en torno a su procedencia; principalmente que no era originaria del archipiélago, pues ya era nombrada en El Lazarillo como una comida habitual en Burgos, en una escena en que el amo de Lázaro mantiene una conversación gastronómica con su criado. Incluso le recomendé un libro de cocina donde se explicaba con detalle tal referencia y se incluía el pasaje de la novela.
Unas semanas después, apareció, en una revista de la isla, la página dedicada al almogrote; sin embargo, se silenciaba toda referencia a El Lazarillo y sí se destacaba la procedencia árabe del término al-mogrote. ¿Por qué? La revista gomera, que se define como cultural, es (o era, porque no sé si seguirá editándose) de tendencia nacionalista y el autor del artículo quiso ocultar una prueba documental de que aquella pasta podría tener una procedencia castellana (!). Una revisión más pormenorizada de esa revista me reveló que idéntico procedimiento se había puesto en práctica con gran parte de otras informaciones que se ofrecía a sus lectores, haciendo pasar, por ejemplo, muchos términos portugueses por palabras guanches.
Este escamoteo de fuentes y de datos al lector es, en mi opinión, una de las mayores faltas de honradez que puede detentar un autor. Hay que presentar todas las pruebas que defienden nuestra tesis inicial, pero también han de presentarse las que la rebaten. Al menos todas las que nosotros conozcamos y, si esos datos demuestran que no tenemos razón en nuestro planteamiento original, lo correcto es cambiar de opinión.
Después, si se publica o no nuestro trabajo es algo que, tal vez, pertenece a otras esferas y consideraciones y que, por lo extenso, prefiero no entrar a valorar aquí. Lo más ético sería dejar al lector la libertad de formarse una opinión propia. Realizar conscientemente este secuestro de información es manipular la verdad en perjuicio de los lectores, engañándolos con la peor arma que puede utilizar un escritor: la demagogia.
Ya insistía el propio Mahoma, conocedor de la hipocresía humana, en un consejo tan difícil de seguir por quienes escriben libros: “Di la verdad aunque sea amarga. Di la verdad aún contra ti mismo.”

La sabiduría humana consiste en ser tolerantes.

C. Bini

Decía mi adorado Borges que a cada país le gusta ser representado por un libro y que casi nunca, paradójicamente, ni ese libro ni su autor se parecen a su país de origen. Que el espíritu liberal de Cervantes en nada se asemeja al espíritu inquisitorial de los españoles, ni el de Goethe al exacerbado nacionalismo alemán ni el fluir sonoro de los textos de Shakespeare a la excesiva reserva de los ingleses.

¿Quiere eso decir que para escribir buenas obras hay que alejarse de la propia tierra, que lo mejor que puede hacer un escritor español es producir obras con espíritu ruso y los chinos escribir cuentos gallegos? Rotundamente, no. Si nos fijamos en El Quijote, lo primero que salta a la vista es que el personaje principal, Alonso Quijano, es representativo de cierta clase social abundante en el siglo dieciséis en España, los hidalgos pobres, y que los escenarios donde se mueven los personajes de la novela no pueden ser más españoles. Lo que sucede en Cervantes, y a esto se refería Borges, es que su pensamiento es crítico con las pautas sociales de una colectividad desarrollada en la intransigencia.

Precisamente por eso, su obra alcanzó tan rápida difusión y aprecio entre los propios españoles, conscientes de las cargas que arrastraba su país. Algo semejante podríamos decir sobre Shakespeare e Inglaterra o sobre Alemania y Goethe.

El escritor no puede alejarse totalmente de la tierra ni de la gente que le vio nacer, pues en ellas está contenido el meollo de su formación íntima, la cual es, a fin de cuenta, la que puede cautivar al lector y engendrar una gran obra literaria. Unas frases de Neruda, expresadas en el discurso que pronunció con ocasión de haber recibido el Premio Nóbel en 1971, pueden ser clarificadoras de lo dicho anterior-mente:

Yo vengo de una oscura provincia, de un país separado de todos los otros por la tajante geografía. Fui el más abandonado de los poetas y mi poesía fue regional, dolorosa y lluviosa. Pero tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la esperanza. Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía, y también con mi bandera.

A pesar de todo ello, hay que tener un exquisito cuidado cuando se maniobra con los conceptos patrióticos. No es rara la tendencia a dejar constancia de que haber nacido en un lugar es mejor que haberlo hecho en otro; pero sí muy peligrosa, pues sólo produce conflictos. Todo escritor ha de ser consciente de que cuando utiliza el concepto “Patria” está apelando a sentimientos muy íntimos en los lectores, a un mito tan viejo como la poesía, por el que han entregado su vida millones de seres humanos, casi siempre inútilmente.

Supongo que, por esto, para Ernesto Sábato, la literatura nacional es aquella que expresa nuestro desconcierto, más que la que recurre a los atributos externos de vestimenta o de lenguaje.

Fue presentada en Santo Domingo la novela póstuma de Abelardo Vicioso (1930-2004), “Memorias del Teniente Veneno”. Se trata de un relato autobiográfico de casi mil páginas, editado por el Gobierno dominicano, escrito por quien ha sido considerado por muchos como el mejor poeta de la República Dominicana y uno de los grandes vates de América Latina. Dos meses antes de su muerte, cuando se hallaba finalizando esta obra, tuve el honor de entrevistarle, en su casa de Santo Domingo.

La mañana embiste. Un cinturón de fuego ciñe la capital de la República Dominicana. Afortunadamente, no es el mismo fuego de plomo y metralla que menciona el poeta Abelardo Vicioso en su “Canto a Santo Domingo Vertical”, sino el que genera este sol inclemente más allá del Malecón, el que convierte el cielo en la tapadera azul de una ciudad hirviendo. Me acompaña Pedro Valido, un canario errante que ha dado tumbos por medio mundo para buscar a Canarias en cualquier punto geográfico del planeta, excepto en su propio archipiélago; extrañamente, la ha encontrado en medio del Caribe y ahora se enriquece fabricando jamón, chorizos y morcillas con carne de pez espada, bajo la marca El Guanche.

Sobre el asfalto, humeante como café de olla, un paso nos fatiga igual que un kilómetro. Todas las sombras de la isla parecen haberse muerto antes del amanecer. Cada minuto recorrido empina más la calle y uno tiene la impresión de que pronto el pavimento se convertirá en un incendio. Por fin, nos detenemos ante un bloque de apartamentos teñidos con una gama de colores que desciende del ambarino al bermejo, genuinos estucados venecianos arados durante años por yuntas de lluvias mansas como bueyes. Detrás de una ventana enrejada, en el piso bajo, se mueve una mano, una sombra de jaleas de guayaba que nos hace señas amistosas de bienvenida. Antes de que nosotros alcancemos la entrada, una joven señora abre la puerta y nos invita a pasar al interior.

EL POETA EN SU CASA

Accedemos al amplio salón de paredes blancas, vivificadas por docenas de plantas en macetas que reposan sobre el suelo, penden del techo o se posan en minúsculas mesitas, igual que guacamayos. Junto a la ventana, sentado en una silla de ruedas, hay un hombre mayor: me es imposible calcular su edad al primer golpe de vista: ¿cincuenta y seis, sesenta y cinco, setenta y cuatro? Pedro lo abraza con evidente cariño y el otro corresponde.

–El señor Abelardo Vicioso.

Extiendo mi mano al más insigne poeta vivo del país y, quizás, de Latinoamérica. La mano de Vicioso es pequeña y tan cuidada como su perilla gris; aprecio un franco apretón de bienvenida. En una de las mesas, están preparadas varias jarras con zumo de fruta y cubitos de hielo que nos devuelven al mundo de las temperaturas tolerables y nos hacen conscientes de la sombra fresca de la pieza, en cuyo techo gira el ventilador de largos brazos con que todo quijote meridional necesita amueblar un rincón de su vida.

Intento establecer con el poeta cierta complicidad sobre el lenguaje que utilizaremos delante de la cámara. Sus ojos marrones se mueven constantemente bajo las gafas doradas, como batiendo el torrente de consideraciones y de musas que se precipita detrás de su frente despejada, tersa, infantil casi.

Abelardo me habla de su hereditaria espondiartritis anquilosante (una enfermedad reumática con dolores y endurecimiento de las articulaciones), que lo ha postrado en una silla de ruedas y le ocasiona una dependencia casi completa, a él que, precisamente, escribió “los hombres que construyen la vida / y nunca se arrodillan en sus grandes batallas / y tú estarás de pie, diciendo al enemigo…”

EL POETA EN HOLLIWOOD

Vicioso es uno de los personajes más dignos y admirados de República Dominicana y de las Antillas, por múltiples razones. En su juventud estudió Derecho en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, donde terminó sus estudios en 1953. El año siguiente lo pasó realizando estudios cinematográficos en Holliwood, donde también trabajaba una casi vecina suya e hija de canario, la actriz María Montez, protagonista de tantas superproducciones de la época.

Algo antes de que Montez fuera a morirse a París, Vicioso regresó a su isla natal e ingresó en el ejército del dictador Rafael Leónidas Trujillo Molina, con el grado de Teniente y el cargo de Fiscal Militar, justamente el mismo año en que el temido Jefe recibía la Orden Piana, concedida por aquel Papa tan amigo de los tiranos.

Sin embargo, por razón de una infame historia relacionada con Franco y el vapor España, fue destituido de su puesto por el propio Trujillo (“¡Saquen al fiscalito ese!”, fue su frase), en un episodio tragicómico que hasta ahora ha permanecido oculto para sus propios compatriotas. Más tarde, se doctoró y, poco después, ejerció como Decano de la Facultad de Humanidades en la misma universidad donde había estudiado.

Su carrera literaria comenzó a una edad muy temprana. A los veintiocho años mereció el Premio Nacional de Poesía y recibió críticas elogiosas del propio Joaquín Balaguer, presidente con Trujillo y presidente después de Trujillo, cuya ideología siempre fue antagónica a la luz que animaba a Vicioso, pero que participaba de esa peculiar alma de jabón que anima a ciertos personajes incombustibles. Pero alguien ha traído la sed a nuestras casas, alguien ha retorcido la luz de nuestros días, alguien tiene las manos sucias de nuestra sangre. Y yo te estoy queriendo tan necesariamente que buscando tu origen me propongo olvidarte. (“Soledad: Día Cero”, de A. Vicioso. Fragmento)

GRITARÁN LOS ESCOMBROS

–Mi abuelo y mi abuela, los dos, eran hijos de inmigrantes canarios que se asentaron en Puerto Rico –dice Vicioso, cuya cabeza, a contraluz, aparece rodeada por el aura de la claridad implacable en la vía pública, ya casi a punto de fusión–. Vinieron para acá, en 1898, cuando los norteamericanos invadieron Puerto Rico, después de bombardear la escuadra de Santiago de Cuba. A uno de los hermanos de mi abuela lo arrastraron, amarrándolo a la cola de un caballo hasta que murió, porque protestó contra la invasión, defendiendo su nacionalidad española. Esta fue la causa por la que tantas familias vinieron aquí.

Esas antipatías hacia los ejércitos del Norte las heredó Vicioso y se pusieron de manifiesto cuando, muerto Rafael Leónidas Trujillo, se intentó restablecer la democracia en el país. Se celebraron elecciones. y el conocido escritor Juan Bosch alcanzó la presidencia de la República. Su ideología progresista no agradó en algunos sectores reaccionarios que calificaban de caótica la situación social bajo su mandato y de turbulenta la necesaria reforma agraria puesta en marcha. “Más que babel de las lenguas hubo babel de las ideas. Y todo armonizaba como el desorden bello de las estrellas.” (“Génesis”, de A. Vicioso. Fragmento)

Como no podía ser de otra manera, el asunto desembocó en una invasión del ejército estadounidense, lo cual no era una novedad en la isla, porque ya lo había hecho algunos años antes, entre 1916 y 1924, conduciendo la economía azucarera del país a manos norteamericanas, produciendo una situación muy bien descrita en la novela “Over”, de Marrero Aristy. Pues bien, en el amargo trance de ver invadido su país, mientras corría el año 1965, se destacó Abelardo Vicioso que se enfrentó a los estadounidenses y animó a los dominicanos a no doblegarse ante los “tiburones” o destructores fondeados en la bahía.

Quizás, porque esta vez los del Norte no trajeron caballos o porque no lograron ponerle la mano encima, Vicioso se libró de correr la misma suerte que su tío abuelo en Puerto Rico. Durante ese período, su poema “Canto a Santo Domingo Vertical” corría de boca en boca hasta que se convirtió en un himno para la juventud dominicana de la época. “Tú estarás para siempre dibujada en mi pecho De marinero en ruta tras la estrella del alba. Tu voz será la música de mis noches de fiesta. Y cuando en algún sitio la luna esté apagada, Desplegando mis velas repetiré contigo: ¡Yanqui, vuelve a tu casa! ¡Vuelve a tu casa yanqui! Santo Domingo tiene más ganas de morirse que de verse a tus plantas. Y si violas sus calles combatientes y puras La tendrás en cenizas, pero nunca entregada. En medio del silencio de la ciudad hundida Gritarán los escombros. ¡Yanqui, vuelve a tu casa!” (Fragmento)

LA MUERTE HACE SEÑAS CON LA LLUVIA

Exactamente, dos meses después de esta entrevista, murió

Abelardo Vicioso, mientras corregía los últimos capítulos de su voluminosa novela (más de setecientas páginas), cuyo título era “Memorias del teniente Veneno”, en la que relata su historia y la de su familia, de forma paralela a la del pueblo dominicano. Cuando salí a visitar mi casa (calles solas, sin voces, calles, calles), llevaba en los bolsillos una lámpara. La muerte me hizo señas con la lluvia y me tronchó los labios con su espada; la paloma lloró con mi silencio y se apagó cuando encendí mi lámpara. (“Poemas de la sangre”, de A. Vicioso. Fragmento)

EL TENIENTE VENENO VE LA LUZ

Su hijo, Carlos anduvo, durante cuatro años, con el abultado manuscrito de la novela debajo del brazo, recorriendo los ministerios y las editoriales dominicanas, tratando de que fuera editada, sin lograr algo más que buenas palabras y vanas promesas. Por fin, su terquedad ha dado sus frutos y el libro acaba de ver la luz, publicado por las Ediciones de la Secretaría de Estado de Cultura de la República Dominicana. ____________

Bibliografía resumida de Abelardo Vicioso: “La lumbre sacudida”, “Cien poemas de intenso vivir”, “Santo Domingo en las letras coloniales”, “El freno hatero en la literatura dominicana”, “Memorias del teniente Veneno”.

emoticon11Los puertorriqueños son los habitantes menos felices de las islas caribeñas. Por lo menos, ésta es la sensación que me han producido sus habitantes desde que los conozco. Al principio, pensé que esa infelicidad era parte de la herencia cultural legada por los abundantes emigrantes canarios que arribaron a Puerto Rico. Indudablemente, los canarios somos muy dados a la autocompasión: sólo hay que oír hablar a uno de nuestros políticos o leer cualquier periódico para confirmarlo. Sin embargo, los numerosos descendientes de isleños en Cuba y la República Dominicana no se distinguen de sus vecinos por una acusada falta de dicha, aunque sean algo más melancólicos que los ciudadanos de otras etnias. Se me ocurrió que tal vez eran infelices por su dependencia de los Estados Unidos; pero estoy plenamente convencido de que ni las cadenas ni las alas políticas logran arrebatar la sonrisa a un pueblo. Se puede ser íntimamente feliz en el más infecto calabozo y desdichado en el palacio más suntuoso. Parece como si los caminos de felicidad y los del bienestar fueran misteriosamente independientes. Que los fluidos que alimentan el placer sean diferentes de los que nutren la sonrisa.
A mi modo de ver, la tristeza boricua responde a (…).

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