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Cierro mis ojos de espaldas a Baal
se desvanece el naranja
los gatos no comen melocotones al amanecer.


Cuando una mañana Robert Graves me enseñó
a bucear en la leche de la prístina Diosa
me dijo sonriente: agua que no es déjala.


Fuera el Sol no es blanco
ni los muebles son azules
los amantes sesteamos en la sombra.


sintió cascadas en las alas
y en las uñas un brusco escalofrío.


sólo ha muerto un pájaro
los árboles continúan creciendo.


azul entre burbujas
el aire busca el aire.


pasan la noche bajo la montaña roja
sin sueños sin lágrimas sin ojos.
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Mi estimadísimo Domenico Caracciolo
No puedo negar que uno de los personajes de la Ilustración que más atracción ejercen sobre mí es Domingo o Domenico Caracciolo, sobre quien ya he escrito algo más en este mismo lugar. A pesar de ser una figura novelesca sobre la que se puede escribir un bestseller o producir una espectacular película histórica, Caracciolo ha pasado desapercibido desde hace casi dos siglos, tanto en Italia (excepto, en la década de 1930) y España como en el resto del mundo. Quizás sea esta particularidad del olvido a que más ha logrado encandilarme de este gran tipo que no dudó en enfrentarse a los poderosos de su tiempo -aristocracia y clero- para lograr un poco más de justicia en este mundo. En la actualidad, su recuerdo público se reduce, casi por completo, a un recordatorio en la página web del ayuntamiento de un minúsculo pueblo italiano y a una anécdota parisina en la que ya ni aparece su nombre (ver mi artículo “Una anécdota con mucha cola…”).
Ese pueblo italiano ni siquiera es el lugar de su nacimiento, porque Domenico Caracciolo nació en Malpartida de la Serena, a una hora en coche de Almendralejo, en la provincia de Badajoz, España. Sin embargo, allí no lo conoce nadie, incluyendo a su ilustre ayuntamiento, a pesar de que en el año 1715, doña María Alcántara Silva Porras lo trajo al mundo en este rincón extremeño.(1)

Malpartida de la Serena, villa natal de Caracciolo
Su padre era don Thomas Caracciolo, un napolitano que había llegado hasta allí con el séquito real del Borbón francés que gobernaba España y buena parte de Italia. Don Thomas y doña María regresaron a Italia, con su hijito Domenico, y vivieron en Villamaina como marqueses, porque realmente lo eran, aunque, a decir verdad, no tenían muchos recursos económicos.

Villamaina: alrededores de la iglesia de San Roque.
Sobre su niñez y adolescencia no hay noticias, pero es muy posible que los haya pasado en Villamaina y fuese instruido por Stefano Pizzuti, párroco del lugar con excelentes conocimientos académicos.
A pesar de las limitaciones económicas de su familia, más adelante pudo desplazarse a Nápoles y estudiar leyes. Ya con el título de abogado, durante los primeros años ejerció su profesión como humilde pasante en el Tribunal de Nápoles.
A la muerte de su padre, Domenico heredó el título de Marqués. Por otro lado, aun siendo español por parte materna y por nacimiento, se le consideró enteramente napolitano durante el resto de su vida. Realmente, ser un Marqués poco agraciado y sin dinero no era gran cosa en el Nápoles del siglo XVIII. Sin embargo, lo que le faltaba en recursos económicos y en belleza física le sobraba a Dominico en inteligencia, donaire y audacia. Su primer objetivo fue convertirse en juez y no tardó mucho en lograrlo. A partir de ahí…
(Continuará)
____________
1. El apellido Alcántara unido al de Silva hace sospechar que los orígenes de doña María fueran portugueses, pues había casas solariegas con el primer apellido en Portugal, y en lo que se refiere al segundo, Silva, su procedencia es claramente lusitana. En cuanto a Porras, también se había extendido en ese país, tanto como en España. Dada la vecindad de Extremadura con Portugal, es evidente el intercambio de genes, apellidos yresidencias durante toda su historia, y la mamá de Domenico bien pudo nacer en Cáceres o Badajoz y contar con ascendencia portuguesa.
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Circula por las páginas de algunos libros y por las de internet una ingeniosa anécdota que se atribuye a diferentes personajes sin que uno solo de ellos haya sido su verdadero protagonista. Como hoy el plagio está al alcance de cualquiera con el mágico recurso de cortar y pegar textos ajenos agregándole la firma que mejor cuadre al plagiario, el error de una página web se va repitiendo hasta el infinito.
Existen seres que se dedican a recoger frases que han fagocitado de otros que también las cosecharon en propiedades ajenas. En sus bases de datos ahora y en sus libros antes, colocan esos textos, con más faltas que sabiduría, y les van atribuyendo orígenes y autores a su antojo, cuando las encuentran anónimas. En varios de estos lugares es posible leer la anécdota a que me refiero que, en resumen, es la siguiente:
Un personaje le pregunta a otro: «¿Usted hace el amor en París?» «No. Aquí ya lo compro hecho.»
La historieta es corta, pero ingeniosa. Una carnada perfecta para pescar plagiarios por docenas y rodar durante años por las tres dobleuves o uvedobles que tanto gusto y rechazo nos provocan.
He tropezado un par de veces con la anécdota y he sentido el impulso de escribir unas líneas que aclaren su origen. Como siempre aparecen cosas más urgentes o atractivas en las que enredarse, he ido olvidando ese propósito. Sin embargo, hoy he tenido que desempolvar algunas obras que se deben a la pluma del auténtico protagonista y me he propuesto dedicar algo de tiempo a este asunto.
Existen dos libros publicados que atribuyen la hábil respuesta a un general napoleónico y a un napolitano llamado “Carlcoli”. Éste último es mencionado por Carlos Fisas(1) confundiéndolo probablemente con el escritor Louis-Antoine Caraccioli –como sucede a menudo con este escritor francés de apellido italiano– y relata la misma anécdota sobre hacer el amor. Es frecuente que existan numerosas versiones de una conversación y de sus autores cuando ha habido una respuesta muy ingeniosa, como la que nos ocupa. El otro ejemplo, sobre el general napoleónico, puede leerse en esta cita:
“Refiérese que en Francia, en los tiempos de lucha y de “milicia cerrada” de la Revolución, abundaban en París las reuniones sociales en las que la concurrencia de los guerreros ya famosos era casi un espectáculo. Un joven general napoleónico concurría a ellas como a un acto de servicio. Intrigada una joven ante el sello puramente militar del general, se le ocurrió un día; preguntarle: –¿Cómo hace usted el amor, mi general?
Contestó el general sin perder su gravedad, yo no hago el amor, lo compro hecho …”.(2)
He revisado algunas páginas web: la primera es un blog peruano en que un periodista lo atribuye a un dictador boliviano de quien no proporciona otro dato significativo; la segunda pertenece a un señor llamado Nazareno que nos explica lo siguiente:
“El General Perón ante la requisitoria de una periodista francesa acerca de su manera de hacer el amor contestó “Señorita (porque el general ante todo era un caballero) yo no hago el amor lo compro hecho” y si el General lo compraba hecho quiere decir que el amor existe antes que el sexo o que el General se quería empomar a la periodista francesa que estaba más buena que comer mortadela.”
La tercera página es un blog titulado Acueducto azul que se autodefine como “blog de poesía en todas sus vertientes de sentimiento, palabra, belleza y arte” que incluye el mismo error de Carlos Fisa, sin citar su origen:
“Luis XV de Francia preguntó un día a Caraccioli, embajador de Nápoles en París:
-Y aquí, en París, ¿hacéis el amor?
-No, señor; lo compro hecho.”
En la siguiente web, llamada Liberalismo.org, me encuentro otra vez al General Perón, aunque esta vez únicamente actúa como escriba:
“es mas, peron en sus memorias recuerda a un viejo general que era jefe suyo que una vez le dijo : “yo no tengo tiempo para hacer el amor. Lo compro hecho”
P”
En otra web, el protagonista es el Marqués de Caracciolo. Nunca existió tal marqués, pero estuvo muy cerca de acertar, puesto que el auténtico autor de frase tan ingeniosa fue Domenico Caracciolo, Marqués de Villamaina. La anécdota puede rastrearse en algunos viejos libros. Bastará con citar un trabajo de 1868, titulado Domenico Caracciolo, o un riformatore del secolo XVIII, escrito por el historiador Isidoro La Lumia, autor de numerosas obras y Superintendente de Archivo del Estado en Palermo, en el que afirmaba lo siguiente:
“Avendogli un giorno Luigi XV chiesto se facesse l’amore, rispose: «No, Sire, lo compro bell’e fatto.”(3)
(“Cuando un día Luis XV preguntó si hacía el amor, respondió: «No, Majestad, lo compro ya hecho.»)
Hasta aquí, lo anecdótico de la anécdota de un estrella de primera fila dentro de la Ilustración europea. Domenico Caracciolo (1715-1789), Marqués de Villamaina, fue un personaje muy famoso durante su estancia como embajador en París (1770-1781), como lo había sido anteriormente en Londres (1763-1770). Este hombre de facciones toscas y gruesas asistía a las tertulias de madame d’Epinay e intimó con el enciclopedista d’Alembert.
Escribió el ilustrado Jean-François Marmontel:
“Así que en la medida en que esta inteligencia activa, nítida, brillante se excitaba, lo vi disparar chispas y sagacidad, ingenio, originalidad de pensamiento; la espontaneidad de la oración y la gracia de una sonrisa se reunieron para ofrecer un gesto amable, inteligente e interesante a su aspecto poco refinado. Usó mal francés, pero fue elocuente en su propio idioma, y cuando se perdió la palabra francesa, tomó la palabra en inglés, […].”
El ingenioso Marqués de Villamaina fue considerado uno de los animadores más brillantes de los salones ilustrados y no es extraño que haya protagonizado la referida anécdota. Por otra parte, a partir de octubre de 1781, Domenico Caracciolo participó en unos hechos que lo unieron de manera definitiva a la historia eclesiástica y política universal. En ese año, fue nombrado Virrey de Sicilia y, en marzo de 1782, es decir, sólo cinco meses más tarde, se las había arreglado para que se llevase a cabo la supresión de la Inquisición en la isla.
El día de la publicación del edicto, Domenico reunió a los personajes más sobresalientes en su palacio y les leyó la orden real, firmada por Fernando IV de Nápoles (hijo de Carlos III), mientras sus guardias sacaban a las mujeres detenidas en las cárceles secretas del Santo Oficio y llevaban a cabo el secuestro de los archivos inquisitoriales, tal como comunicó en una carta que fue publicada en el Mercure de France, en junio de ese mismo año, y conmocionó a los europeos. Fue la primera ficha que cayó de un dominó que fue empujando, primero, la Revolución Francesa y, después, la eliminación del Santo Oficio en España. Pero esta es otra historia.
Sí conviene recordar que el abultado archivo de la Inquisición de Sicilia ardió un año más tarde, con el aplauso unánime de todas las partes,(4) porque dejaba enterradas al menos cinco mil ignominias que salpicaban tanto a los torturadores como a los torturados. A partir de ese momento, Domenico dedicó todas sus fuerzas a terminar con los abusos del régimen feudal que imperaba en la isla y a modernizar la economía siciliana.
Como curiosidad, finalizo con una referencia a otro Domenico Caracciolo, un oficial italiano que en 1919 le birló la novia nada menos que al escritor norteamericano Ernest Hemingway. Ella se llamaba Agnes von Kurowsky, era también norteamericana, ejercía de enfermera de la Cruz Roja en Italia durante las I Guerra Mundial y estaba comprometida con el literato para casarse algunos meses más tarde.(5)
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1. Fisa, Carlos: Historias de la Historia. Tomo I. Planeta, Barcelona, 1989.
2. Descartes (pseud.): Política y estrategia. P. 158. Recopilación de artículos publicados con el seudónimo “Descartes” en el diario bonaerense Democracia. Buenos Aires. Argentina. 1953.
3. La Lumia, Isidoro: Domenico Caracciolo, o un riformatore del secolo XVIII. Capítulo incluido en Nuova Antologia di Scienze, Lettere ed Arti (pp. 213-241). Séptimo volumen. P.216. Tip. dei Successori Le Mounier. Florencia, Italia. 1868.
4. Sciuti Russi, Vittorio: La supresión del Santo Oficio de Sicilia. pp 309-319. Revista de la Inquisición. Madrid. 1998.
4. Scott Donaldson: Hemingway contra Fitzgerald. Auge y decadencia de una amistad literaria. Pp. 47-50. Siglo XXI de España Editores, S.A.. Madrid. 2002.
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La actividad de la cohorte servil -que lisonjea y defiende a los dueños del planeta- ha comenzado ya: buscar víctimas para dirigir sus dardos y culparles de la miseria de Haití. La consigna es confundir, confundir y confundir. Decir que ese país es pobre porque quiere serlo, que los haitianos sólo tienen lo que se merecen por sus propios méritos, que por mucho que se les ayude no van a salir de los pozos de indigencia,… Se trata de usar la pluma para construir cortinas y ocultar la realidad que debía permanecer oculta, pero que un terremoto imprevisto ha puesto de manifiesto sin permiso de la autoridad competente.
Un artículo de opinión, y no de “análisis” como pretende su enunciado, acusa a los haitianos de ser los únicos responsables de su actual situación económica, social y política. Apareció el sábado pasado en El País y lo firma Bertrand de la Grange: en un pie de página aclara que es periodista y escritor.
Nunca antes había leído algo de este señor periodista ni sé cuáles son sus ideas políticas, pero es evidente que esa acusación le sirve para absolver a Francia y a Estados Unidos de cualquier responsabilidad sobre la pobreza en Haití. Se basa el opinionista -que no analista- en que la única responsabilidad del país galo ha sido la de cobrar, en la década de 1860, 150 millones de francos (al parecer, unos 15.000 millones de euros actuales) a Haití a cambio de reconocer su independencia, llevada a cabo en 1804. Haití los pagó.
Según el artículo, ahí quedó todo, pues tanto Francia como Estados Unidos dejaron de hacer la vida imposible al país caribeño por constituir “un mal ejemplo” para otros esclavos negros que quisieran liberarse. (Respecto a esto conviene no olvidar la creación de Liberia, en África, por esclavos liberados en Estados Unidos, y su terrorífica deriva hacia el caos gracias a la “ayuda” de los países europeos en la región* . Recomiendo encarecidamente el libro Viaje sin mapa, de Graham Green, en el que el escritor británico relata de manera pormenorizada el viaje que realizó por Liberia en 1933).
Lo que expone este periodista no es nada nuevo ni original. Es la simple transcripción de una de las tesis más retrógradas del pensamiento europeo: sin los colonialistas, los países que fueron colonizados van camino de la bancarrota. Lo dijo España en Cuba, en Filipinas, en Chile, en Uruguay… Hoy, esta cantinela es repetida por los gobernantes franceses e ingleses en África cada día, también la graznan sus bancos y hasta sus filósofos amaestrados y premiados que parecen decir una cosa cuando están diciendo la contraria, como Sami Naïr y otros teorizantes de la nada. Es la canción del ave carroñera sobre la presa que se le ha escapado: Sin mí jamás podrás contemplar este paisaje desde el cielo: deja que mis garras te eleven desde tu miserable suelo para que puedas ver lo que yo veo: déjame civilizarte, hermano, pero ten paciencia hasta que llegue tu hora feliz: la happy hour en la que encontrarás todo a mitad de precio.
Esta es la razón de que el coro de histriones entone la acusación de villanía hacia las élites intelectuales de los países más pobres. Saben que solamente una parte de esas élites es la que planta cara a los bancos del primer mundo, a las petroleras del primer mundo, a las compañías del primer mundo que van a llevarse cuanto pueden para sus casas opulentas.
Si un dirigente africano se corrompe, dice el coro, es porque todos los africanos son corruptos, con ansias de robar a su pueblo y de masacrarlo. Esta es la canción colonizadora, con la letra de siempre, la de toda la vida, la que conoció la abuelita y la que nos quieren hacer aprender a nosotros para que la repitamos en Haití, en Yemen, en cualquier lugar donde los buitres encuentren sustento para seguir creciendo.
¿Y la música? De eso, mejor no hablemos…
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(*) “Dos problemas a los que se tuvo que enfrentar la administración fueron la presión de los poderes coloniales vecinos, Reino Unido y Francia, y la amenaza de la insolvencia financiera. Ambos amenazaron la soberanía del país. Liberia conservó su independencia durante la repartición de África, pero perdió extensos territorios, que pasaron al control británico o francés. El desarrollo económico se vio retrasado por el declive de los mercados de los bienes liberianos a finales del siglo XIX y el pago de deudas, que afectaron gravemente a la economía.” Ver más sobre la historia de Liberia.
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No sé si estará acuñado el término “catolicismo basura”, pero es el más apropiado que encuentro para definir el comportamiento de algunos representantes oficiales de esta parte del cristianismo. Naturalmente, su utilización entraña el reconocimiento implícito de otro catolicismo más decente.
Catolicismo basura es el que practican los miles de obispos y sacerdotes que abusan sexualmente de los menores de edad a su cargo mientras amenazan con la condenación eterna a quienes no se someten a su ceremonia del matrimonio. Catolicismo basura es el que derrocha lujos imperiales en las residencias de sus jefes mientras millones de fieles mueren de hambre escuchando sus discursos sobre la caridad y el amor. Un ejemplo paradigmático del catolicismo basura es el ofrecido en estos días por el obispo vasco José Ignacio Munilla en referencia al terremoto de Haití, cuando declaró públicamente:
“Existen males mayores que los que esos pobres de Haití están sufriendo estos días. También deberíamos llorar por nosotros, por nuestra pobre situación espiritual, por nuestra concepción materialista de la vida. Quizás es un mal más grande el que nosotros estamos padeciendo que el que esos inocentes también están sufriendo.”
Esta declaración fue realizada después de advertir que diría algo fuerte, lo cual evidencia que no se trataba de un párrafo improvisado. La llamada al abandono de la solidaridad con los haitianos no puede ser más clara, al minimizar una tragedia que probablemente se saldará con más de cincuenta mil muertos, la mayor parte de ellos por culpa del subdesarrollo económico y social del país caribeño. Mientras el obispo decía estos dislates, en la capital haitiana los cadáveres empezaban a descomponerse en las calles, se terminaba la comida, faltaba el agua y no había ninguna organización para remediar la catástrofe.
Por fortuna, todavía quedan voces que se levantan contra estos desatinos. Por desgracia, las opiniones de este caballero éuscaro no constituyen una excepción dentro de la comunidad católica, sino que son compartidas por miles de personas que acuden con frecuencia a los templos adheridos al pontífice de Roma. Se trata del viejo primero yo, después yo y al final yo. Uno los escucha a diario reprochando las ayudas internacionales a los países en desarrollo, aduciendo que aquí todavía hay pobreza. Uno los escucha a diario soliviantándose cuando los pobres de aquí exigen una mejor distribución de la riqueza. Uno los escucha a diario en sus mezquinos discursos que se inician con frases como “yo no soy racista, pero…”. Es el mismo discurso de este José Ignacio y de tantos otros que ya su involuntario líder, Cristo, definió perfectamente como sepulcros blanqueados. Y no nos llevemos a engaño: los individuos no quedan libres de culpa por el sólo hecho de pertenecer a una multitud: son ellos quienes sustentan y amplifican las voces de sus dirigentes, para bien y para mal.
Por otra parte, como sucede en cualquier corporación social, política, económica o religiosa, quienes menos escrúpulos morales tienen son los que se apoderan de los aparatos de poder. Para comprobarlo basta con mirar el perfil de los individuos que presiden la mayor parte de los ayuntamientos, bancos, corporaciones empresariales, diócesis y archidiócesis. Este José Ignacio Munilla no es una excepción, sino uno más de ellos: sin escrúpulos, sin solidaridad, sin valores humanos, sin importarle desmentir mil veces sus propias palabras si ello significa continuar en el carro del poder religioso.
Es cierto que no nos toma por sorpresa este comportamiento mezquino, después de haber vivido muchos años rodeados de católicos seglares y clericales, preconciliares y posconciliares, de la misma forma que hemos estado inmersos en medios de comunicación con periodistas alejados de comportamientos éticos o de políticos y sindicalistas pendientes únicamente de sus sardinas y de las brasas del poder que pueden arrimarse. Evidentemente, existen personas cuyo comportamiento es íntegro de manera habitual, pero todos sabemos que es frecuente encontrar a quienes se admiran cuando conocen a un cura, a un obispo, a un alcalde, a un juez o a un periodista intachables. Y no siendo cosa nueva –ya sabemos que griegos y romanos se admiraban de lo mismo– nos sigue pareciendo extraordinario que durante miles de años la especie humana no haya dado un solo paso que la separe de estas penosas circunstancias, sino que gire y gire, como un burro en una noria, alrededor del mismo pozo que contiene las mismas infamias.
Es verdad que aún encontramos presidentes, diputados, obispos, alcaldes, banqueros y magistrados honrados a carta cabal en las páginas de excelentes novelas. Cierto que son personajes literarios, pero, al menos, ya que hasta los panes y los peces están encerrados en la caja fuerte de los sucesosres del Banco Ambrosiano, aún podemos consolarnos, diciendo junto al viejo Humphrey Bogart aquello de We’ll always have Paris. Menos esperanzas da una piedra.
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Estimados amigos, espero que el próximo año 2010 disfruten de toda la felicidad posible
Un abrazo desde Canarias
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Deseo hacer llegar mi público agradecimiento a las numerosas personas que llenaron el salón de actos del Ateneo de La Laguna en la presentación de la película LANZAROTE, LA ISLA ESTRELLADA.
En el coloquio que siguió a la proyección, se pudo comprobar que buena parte de la sociedad está concienciada sobre la necesidad de conservar el medio natural y poner coto a la barbarie urbanística que asola nuestras costas. En estos dos aspectos coincidimos todos los participantes en un debate en el que surgieron asuntos tales como el grado de implicación de José Saramago en la defensa de Lanzarote, la ausencia de declaraciones de la Fundación César Manrique, la defensa de otros espacios naturales costeros, etc.
También agradezco al Ateneo de La Laguna su gentileza en la cesión de un hermoso espacio cultural que posibilita el acercamiento de los creadores a los ciudadanos.
Por otra parte, la difusión de la película en internet (según Google hay en estos momentos 653.000 entradas para “lanzarote, la isla estrellada”) ha sido posible gracias a gente de todo el mundo que ha puesto su granito de arena para que un problema tan local se asuma globalmente y sea conocido en cualquier rincón del planeta. Gracias a todos.
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Estimados amigos,
Tengo el placer de invitarles a una proyección en pantalla grande de mi película “Lanzarote, la isla estrellada“ y al coloquio que tendrá lugar a continuación.
LUGAR: Salón de Actos del Ateneo de La Laguna (Tenerife)
HORA: 20:00 horas
FECHA: lunes, día 9 de noviembre de 2009.
ACCESO: La entrada será libre.
Para más información ver el blog oficial de la película.
Nota: El Ateneo de La Laguna se encuentra en la Calle San Juan, junto a la Catedral.
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Yo asistí al último concierto de Miles David, pero me hubiera gustado estar presente en la grabación de su disco Kind of blue, con los temas So What, Freddie Freeloader, Blue in Green, All Blues y Flamenco Sketches. En este 2009, se cumple medio siglo de la grabación del más vendido disco de jazz, considerado la mejor obra del mítico trompetista. En un estudio de la Columbia Records, situado en una vieja iglesia rusa de la calle 30 de Nueva York, Miles se encerró durante diez horas en un par de sesiones con los músicos de su banda: Bill Evans, Wynton Kelly, Paul Chambers, Jimmy Cobb, Cannonball Adderley y John Coltrane. Siete titanes del jazz moderno para crear lo que a partir de entonces sería el cool jazz: auténtico licor destilado del hard bop. Un jazz que hundía sus pies, sus manos y su cabeza en el que inventaron Charlie Parker y Dizzy Gillespie a principios de la década de 1940: el bebop (ruido que produce la porra de un policía blanco sobre la cabeza de un negro) que adoró Jack Kerouac, cuyo libro On the road (1957) ayudó a establecerlo como música de culto en todo el mundo.
Esta semana -en la que también se cumplen 40 años de la muerte de Kerouac- se celebra en Nueva York el cincuenta aniversario de aquel portento creado en 1959 por Davis y compañía. Siento envidia insana por quien pueda estar ahora en la ciudad vertical disfrutando del acontecimiento, pero esta vez no me toca ir sino desconsolarme.
Mala suerte. Tendré que conformarme con recordar aquel concierto de despedida, cuando ya la terrible enfermedad había hecho presa en el músico y éste lo sabía. Miles Davis era poco más que una brizna de hombre pegado a una fantástica trompeta roja que se iba escondiendo por el escenario, detrás de los otros músicos, de las grandes columnas de altavoces y de cualquier cosa que pudiera ocultarle. Esa noche no pude dormir sin escribir un artículo titulado “Una sombra con trompeta roja” que se insertó en una revista de poca circulación.
Jamás un concierto de cualquier clase me ha impactado con tal fuerza ni, como éste, me ha dejado grabada en el cerebro hasta la última nota formada con el aliento terminal de aquel tipo eminente. Lo tuve algunos ratos a menos de un metro de distancia: pelo largo, gafas negras, chaqueta a lo Bob Marley: el aliento divino atravesando una boquilla y sofocándose de manera genial en la inseparable sordina Harmon de Davis. Podría jurar que ese concierto, esa música me proporcionó el mayor placer que haya sentido con los pantalones puestos. Lástima que Miles durase poco más. Murió a los 65 años, cuando se encontraba en la cresta de sus inquietudes como experimentador, mientras continuaba, incansable, buscando nuevas formas
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No importa que usted sea gordo, flaco, parlamentario, chorizo, consejero, presidente, obispo, constructor o banquero: ya existe una Moral disponible para su talla. Por un precio módico, tras unos ligeros arreglos, tenga la seguridad de que le sentará como un guante… blanco, por supuesto. Usted podrá meter la mano hasta el codo en los billetes de 500 sin miedo a manchar su reputación de tinta violeta. Ya está en el mercado prêt-à-porter la fórmula adecuada para que su dignidad quede a salvo.
Es una idea aceptada que la Moral trata del bien en general y de las acciones humanas en orden a su bondad o malicia, mientras que la Ética es el conjunto de normas morales que rigen la conducta humana. Las leyes y los jueces de un estado de derecho están íntimamente ligados a la Ética o, al menos, eso creíamos los ciudadanos honrados.
Por otra parte, los mismos ciudadanos todavía consideramos una inmoralidad que un político acepte un traje, unas vacaciones, un bolso o un reloj regalado por una persona a quien dicho político ha facilitado una subvención o la adjudicación de un sustancioso contrato público. Para llegar a esa conclusión no hace falta ser filósofo, legislador ni siquiera un simple juez de instrucción o estar afiliado en el partido opuesto. Basta con abrir los ojos y los oídos.
Sabemos que no se atiene a la ética –es decir, a las normas morales– el político que acepta esos obsequios. Pensamos que si las leyes o los jueces permitiesen esas inmoralidades sería porque no tendrían en cuenta la Justicia, la Ética ni la Moral, y estarían colaborando en el encanallamiento de la sociedad. Lo cual sería espantoso.
No me cabe duda de que usted y yo, como tantos ciudadanos, creemos en la Moral, en la Ética y en la Justicia. Pero, si reflexionamos honestamente, ¿encontramos razones para creer en nuestro Código Penal? ¿Y en la imparcialidad de los jueces?
En lo que a mí se refiere, por no citar a otra persona, tendría motivos para creer en la validez de las leyes y de los jueces si los políticos del reloj, el traje o las vacaciones pagadas fueran juzgados de manera acorde con las auténticas normas morales (incluso, si quienes los han denunciado fueran más corruptos que ellos). En caso contrario, y que me perdonen los poderes legislativo y judicial, no creería.
No nos engañemos: nadie creería. Sin embargo, existen vendedores de crecepelo que se empeñan en justificar cada inmoralidad de los políticos poniendo en marcha una especie de escalera mecánica de silogismos en sentido inverso: utilizan los defectos de la Ley como ladrillos para levantar ante nuestros ojos un edificio putrefacto que nos presentan como la perfecta imagen de la Moral, cuando en realidad no es más que un espantajo de cartón piedra, abellacado y ruin. Es como si alguien obtuviera 5 unidades sumando 2 más 2, y a continuación tratara de convencernos de que no ha sumado mal, sino que el valor de 2 no es el de dos unidades, sino de 2,5. Y, aunque nadie lo cree, todos aceptamos el nuevo valor de 2,5 porque nos lo explican con mucha gracia o con mucha seriedad, porque quizás convenga a nuestro negocio que el 2 sume un poquito más que el año pasado o porque tenemos miedo de decir lo que pensamos. Como en el cuento del vestido del emperador: va desnudo, pero todos alaban su traje.

Así, poco a poco, el encanallamiento de los dirigentes y de quienes los votamos va en aumento, en consonancia con el desarrollo de la nueva Moral del relojillo caro, del viajecillo largo y del trajecillo casposo. Una Moral de mercachifle. Una Moral que ya se expende en diferentes tallas, una Moral prêt-à-porter que se adapta lo mismo al alisio de las Islas Canarias que a los fuegos fatuos de la Comunidad Valenciana, las minas teñidas de Andalucía, los chulos ladrillos de Madrid o los carruajes tirados por meigas de Galicia. No importa que usted sea gordo, flaco, chorizo, presidente, obispo o banquero: ya existe una Moral disponible para usted que por un precio módico y con unos ligeros retoques le sentará como un guante… blanco, por supuesto.
Una Moral restaurada y garantizada por muchos años, porque siempre aparecerá alguien con un pico de oro capaz de dar otra vuelta de tuerca, ajustar los silogismos de la escalera mécanica y convencer a los ciudadanos sobre lo conveniente de aceptar como paradigma del bien general lo que ya no es ni el eco del eco del eco del eco de la Moral
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Llegué a Miret cuando me encontraba en un campo de batalla teológico: terreno pantanoso en que cada día dirimía mis diferencias con los fantasmas que me había legado mi educación católica en la primera infancia, rematada por varios años de seminario, que irónicamente me condujo al lugar contrario al que debía encaminarme. Los artículos de Miret fueron serenando mi espíritu y aquel Dios colérico al que me enfrentaba a diario se fue difuminando hasta convertirse en un concepto filosófico. Así, con las aportaciones de Miret y Platón, recibí la suficiente serenidad para lograr que mi Todopoderoso creciese hasta perder de vista los rasgos de su terrible rostro y terminara por convertirse en un Prototipo más. Cesaron mis temores, mi lucha, mis noches en vela, mi desamor a todo lo sagrado. Desde entonces, miré cara a cara a aquel Dios que ya estaba entronizado como ente filosófico en el territorio de la inexistencia, junto a los prototipos del Amor, de la Vida, de la Naturaleza, de la Verdad, de la Belleza y de la Justicia. Curiosamente, el Demonio no se desfiguró ni se transformó, simplemente despareció sin dejar ni olor a azufre. Quizás esa iniciación a la niebla logró que más adelante no me resultaran del todo extraños los paisajes de Samuel Becquet o Giorgio Manganelli.
Había leído mi primer artículo de Enrique Miret Magdalena cuando yo tenía diecisiete años de edad. Debió ocurrir hacia el mes de febrero de 1970. Sus ideas y su prosa me atraparon y ya no supe ni pude dejar de leerlo. Quizás ese artículo, que trataba sobre una comunidad agnóstica en Estados Unidos, fue el que me impulsó a suscribirme a una revista con un título tan atractivo: Triunfo. El ejemplar lo había comprado por casualidad en una pequeña librería (años más tarde, supe que su dueño, Sixto, no la tenía tan “casualmente” a la venta). Luego, durante varios años, la publicación me llegó por correo de forma irregular al remoto pueblo donde yo vivía, en una isla donde el diablo dio las tres voces y nadie pudo oírlas, como dicen los cubanos; sin embargo, llegaron todas los números publicados, incluso aquéllos que la censura de don Fraga y adláteres requisaba antes de ver la luz en los quioscos. Me avergüenza reconocer que tardé mucho tiempo en darme cuenta de que aquella revista era un órgano de expresión de los comunistas españoles. Yo pagaba la suscripción únicamente porque la encontraba atractiva y sus columnistas escribían de forma diferente a los de Semana o del Readers Digest a que estaba suscrito mi tío.
Tan pronto Triunfo llegaba a mis manos, me abalanzaba sobre los artículos de dos autores: 1. Eduardo Haro Tecglen: un auténtico laberinto ideológico y sintáctico que desafiaba mi comprensión línea a línea (al principio, llegaba a leerlo media docena de veces sin enterarme de nada) y 2. Enrique Miret Magdalena: un torrente de flamante filosofía (¿no era la teología en Miret una disculpa para filosofar hacia y desde el corazón del imperio?) para un muchacho que había abandonado el seminario y renunciado voluntariamente a la salvación eterna, en franca rebeldía contra todo lo que oliera a dogmatismo irracional, es decir, el autoritarismo filosófico, religioso, político y conductual tan en boga por aquellos años.
Si alguien duda de que esto no puede producirse en la cabeza de un adolescente es que no ha pasado algunos años estudiando en un seminario católico. Créanme:casi todos los que salimos de allí lo hemos hecho con el sentimiento de haber traicionado a Dios, porque ésa es la idea que nos habían inculcado nuestros educadores, poniéndonos como ejemplo de condenados al fuego infernal a quienes habían abandonado la carrera sacerdotal antes que nosotros. Una vez fuera del seminario, sobreviene un drama psicológico de dimensiones considerables: unos tratan de redimirse sometiéndose en cuerpo y alma a las normas y a los oficiales de la Iglesia, mientras otros optan por enfrentarse a ella en todos los terrenos. Ambas posturas causan innumerables sufrimientos a los jóvenes “traidores”. Por este motivo, es importante encontrar lo más rápido posible una salida teológica y filosófica que permita vivir en paz, sin renunciar a las auténticas convicciones de cada cual. A mí, como antes he indicado, esta salida me la señaló don Enrique Miret Magdalena, este señor que acaba de morir.
Como yo no era comunista ni lo fui después (quizás porque nunca he logrado encajar en un Prototipo seductor a Lenin, Stalin, Mao, Fidel, Hugo Chávez o a cuantos comunistas y socialistas reales he ido conociendo a lo largo de mi vida: ansiosos del poder perpetuo o esclavos del poder perpetuo), la revista en que escribía Miret Magdalena me influyó de manera muy diferente a como pudo hacerlo con los lectores afiliados en los partidos políticos marxistas leninistas. Mientras Tecglen, Miret o el propio Luis Carandell con su Celtiberia me fascinaban, nunca sentí simpatías hacia plumas como la de Manuel Vázquez Montalbán, cuyas opiniones pocas veces compartía, a pesar de que su prosa era tan legible como contundente: siempre me pareció (también en sus novelas)- un escritor poco tolerante, chauvinista e incapaz de aceptar una corriente pensamiento, o una generación, que no fuese copia exacta de la suya. Sus héroes, calcos de su propia personalidad, tampoco me han gustado nunca: tan alejados del humanismo que transpiraban las palabras de Miret o de Tecglen.
Ciertamente, nunca perdí de vista a Miret Magdalena. Leí varios libros suyos y tuve la ocasión de saludarlo en una librería de Tenerife durante una visita que hizo con Haro Tecglen para impartir unas conferencias. Consciente de las batallitas que se ven obligados a escuchar los escritores, sólo crucé con él unas breves palabras. La prudencia me impidió contarle lo que hoy (muerto ya mi admirado filósofo) estoy contando a manera de modesto e íntimo exergo.
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el día 21 de octubre de 2009 es una fecha tan buena como cualquier otra para morirse y cabe la posibilidad de que dentro de cuarenta años alguien se acuerde de ti y escriba unas cuantas líneas para hacerte un homenaje como esta carretera sin curvas que yo le dedico hoy al buenazo de jack por haber tirado la botella y estirado la pata el veintiuno del diez del sesenta y nueve. si por fin no te mueres antes de alcanzar mis ochenta y ocho tacos puede ocurrirte que para entonces no te acuerdes de nada o por el contrario que lleves en la cabeza grabados a sangre y fuego todos los acontecimientos de tu vida. en la mía se cruzaron dos tipos raros un sábado por la mañana hace sesenta años y pronto me di cuenta de que era un testigo privilegiado del nacimiento de una palabra que cambió el mundo. no seré yo quien te solucione el dilema de si el pensamiento se encuentra determinado por el habla o es el habla la que se encuentra determinada por el pensamiento pero voy a decirte una cosa: en estos momentos el pensamiento moderno y la historia de los últimos sesenta años habrían transcurrido de una manera muy diferente si en américa no se hubieran acuñado los términos bebop y beat. lo que yo digo es que en el fondo somos animales simbólicos que vivimos en un cosmos simbólico equivalente a un universo edificado con palabras que se comportan como los bloques de lego y crean un mundo con un orden y un desorden simbólicos. ladrillos virtuales. auténticos píxeles que contribuyen a un grado concreto de resolución. irrealidades poderosas. vamos a aclarar este embrollo en honor de los huesos del viejo zorro intentando no citar a ginsberg ni a la destrucción ni a la locura. al carajo las poderosas mentes. viste cómo richard rolling convirtió a su padre en chocolate sin temblarle el pulso al liarlo en papel de fumar y sin que el fbi ni los bobbies le molestaran en lo más mínimo como en los viejos tiempos. bebop. a principio de la década de mil novecientos cuarenta la palabra bebop designaba el ruido que produce la porra de un policía blanco cuando alcanza la cabeza de un negro. el término bebop fue utilizado en esa misma década por el saxofonista charlie parquer y por el trompetista dizzy gillespie para nombrar un nuevo estilo de jazz que se construyó con improvisaciones sobre ritmos complejos y armonías disonantes. ahora es fácil imaginarlo porque casi todo es disonante pero entonces sólo asonaban y disonaban los cantadores de tajaraste o los dodecafonistas seguidores de un tal arnold schoenberg que trabajó en un banco en praga hasta que empezó a dar conciertos en berlín y vino a los ángeles y compuso hacia 1947 un superviviente en varsovia. naturalmente no fui testigo directo del momento en que el término bebop adoptó el nuevo significado porque yo nací al lado de nueva orleans y la adopción tuvo lugar en nueva york a muchos kilómetros de distancia por personas ajenas a mis relaciones sociales y se desarrolló mientras yo me encontraba tumbando nazis en el viejo continente. tampoco sé si arnold llegó a tomarse unas copas en compañía de parker cuando éste visitaba california. lo que puedo decir es que la fortuna quiso que yo sí estuviera presente cuando nació la palabra beat que también tiene una relación muy estrecha con el jazz y los golpes en la cabeza. ¿cuándo sucedió eso? verás. yo regresé a américa en 1946. volví a mi casa en delacroix island: una aldea de san bernardo parish: junto a nueva orleans, la recordarás porque allí fue donde se rodaron las escenas de las gambas de la película forrest-gump. había estado luchando en europa desde los veintiún años de edad. mi infancia y mi adolescencia transcurrieron entre pescadores cazadores y tramperos y por qué no decirlo entre fabricantes clandestinos de bebidas alcohólicas. mis juegos tuvieron lugar en las orillas pantanosas de los canales del río misisipi y asistí poco a clase porque el huracán de 1917 desarmó la escuela y la maestra desapareció con la gripe española de 1919 y no enviaron otra hasta muchos años más tarde.
aquella mañana de 1949. verás. aquella mañana yo tenía el trasero apoyado contra el muro de un jardín en la esquina de la avenida st claude con la calle france esperando que pasara un coche para hacer auto-stop hacia san bernardo. vi cruzar el chevrolet del juez pérez pero no me atreví a poner el dedo. no gracias. no quería líos con esa clase de gente que casi siempre están buscando chivos expiatorios para colgarles cualquier delito que han cometido ellos mismos. así que continué allí pensando en la vida que había llevado mientras formaba parte de una comunidad muy peculiar. en esta parte del delta del misisipi vivían cayunes e isleños pero ambas comunidades no se mezclaban. ellos hablaban su francés del demonio y nosotros seguíamos con el dulce español que nuestros antepasados habían traído de las islas canarias en el siglo dieciocho. con las comidas sucedía los mismo: nuestro caldo isleño cocinado a base de verduras mezcladas con diversos tipos de carne y papas les resultaba extraño a ellos mientras que nosotros torcíamos el gesto cuando nos hablaban de su gumbo tan picante como si lo hubiera preparado el mismo demonio. ellos no venían a nuestras fiestas ni les gustaba cantar décimas y tampoco nosotros merodeábamos por sus bailes desabridos con violines que hacían ñiquiñiqui y donde no se podía dar ni un mal puñetazo los sábados por la noche. ellos pensaban que nos llamábamos isleños porque vivíamos en delacroix island y nosotros no sabíamos que el término cayún provenía del gentilicio acadiano. tales para cuales.
el sol empezaba a calentarme la cabeza más de la cuenta. pasó un camión pero llevaba una familia entera en la cabina y era lógico que no se detuviese. me dio sed. mi tía le enviaba una botella de licor a mi viejo y decidí echarme un trago antes de que el líquido se calentara. como te decía: hasta que me alistaron para la segunda guerra mundial casi no me aventuré más allá de san bernardo parish. quizás había hecho alguna salida esporádica a nueva orleáns pero nunca más lejos que la casa de mi tía en el french quarter a doscientos metros de la calle borbon. en europa logré sobrevivir a las balas nazis y a las chulerías de mi sargento texano e incluso a la gonorrea de unas gemelas de la gestapo a las que encontré cantando entre las ruinas de una iglesia en bremen. créeme que el regreso a casa no fue fácil. la actividad como trampero se había convertido en poco rentable y para quienes no teníamos embarcaciones adecuadas la pesca tampoco era buena salida económica. a mi regreso ya había cumplido los veinticuatro años de edad y estaba soltero. mis padres tenían asegurada su manutención de manera que nada me ataba a aquellos pantanos y aproveché la oportunidad que ofrecía el gobierno a los soldados licenciados para adquirir algo de formación. esta es la razón por la que me trasladé a vivir a nueva orleans. una hermana de mi madre se había casado con un hombre del barrio francés y me ofreció una habitación en su casa durante el tiempo que permaneciera en la ciudad. sin dudarlo acepté su invitación. ya llevaba casi tres años asistiendo a clase a punto de lograr un título de peritaje en refinado de petróleo cuando conocí a neal y a jack. fue aquel sábado por la mañana. ya les comenté que me había colocado en la avenida st claude acechando cualquier vehículo que se dirigiera a san bernardo parish con la intención de hacer auto-stop e ir a visitar a mi familia durante el fin de semana. por esa época había poco tráfico hacia mi pueblo pero por fin hacia las once y media se detuvo un impresionante hudson sedan con dos jóvenes dentro.
«¿vais a san bernardo? «sí sube te llevamos» el que iba al volante era un tipo rubianco larguirucho con el pelo largo y la barba sin afeitar. ocultaba los ojos con gafas de sol y la mitad de la barriga con una camiseta sucia. su acompañante también era blanco: vestía con descuido y el pelo le cubría las orejas. la edad de ambos estaría entre los veinticinco y los veintiocho años. probablemente se me reflejó la desconfianza en la cara cuando pensé que aquellos presuntos vagabundos podrían haber robado el coche. el conductor inició una mueca al tiempo que movía su mano hacia el freno en un gesto que parecía indicar que mis oportunidades de viajar en aquel lujoso auto se estaban terminando. abrí la puerta trasera y subí justo cuando las ruedas empezaban a girar. «oye jack» dijo el del volante con tono despreocupado sin dignarse a mirarme «pon un poco de música» el otro encendió la radio y comenzó a buscar una emisora. después de un predicador que sólo tuvo tiempo de pronunciar «a las llamas del infierno…» y de la voz monótona del presidente del senado de baton rouge pidiendo calma a la gente de napoleonville por la plaga de mosquitos sonó el saxo alto de charlie parker. de inmediato surgió la trompeta de miles davis con un tataratá-taratá-tarará que actuó como viento del desierto entrando por la ventanilla del conductor abrasándonos los tímpanos. aunque nosotros no lo sabíamos era la primera vez que sonaba a night in tunisia en una emisora de nueva orleans interpretada en directo por davis y parker los cuales a aquellas horas de la mañana ya estaban colocados hasta las orejas resoplando y dando traspiés por el estudio de la emisora frente a la segunda parada del travía en la calle canal. los dos locos que venían en el coche parecían haberse olvidado de mí y movían las manos y la cabeza como si todo el alcohol revuelto con la marihuana y la heroína que llevaban encima aquellos chiflados músicos les hubiera sido inyectada por vía radiovenosa. el hudson atravesó el pequeño puente de hierro a una velocidad endiablada armando un escándalo de mil pares. ahora sonaba el saxo de parker saltando sobre los compases de la batería y sobre los rebencazos del coche desbocado como una locomotora descarrilada que se lanzara a un paseo por el campo atropellando las piedras y los conejos. ya sé que ahora nadie recuerda aquella actuación pero les aseguro que todo esto ocurría cinco años antes de que dizzy gillespie interpretara con charlie el pájaro la misma pieza en el massey hall de toronto.
así fue como conocí a aquellos tipos que parecían sacados de una trinchera griega media hora después de un bombardeo alemán. el locutor quiso decir algo pero parker y davis le arrebataron el micrófono y continuaron tocando sin solución de continuidad. ahora el saxo de charlie parker gemía my old flame sobre un pentagrama de terciopelo rojo. la trompeta de miles davis parecía limitarse a colocar puntos y comas. a medida que se aminoraba el ímpetu de la música disminuía la velocidad del sedán. estábamos cerca de chalmette. jack se giró hacia atrás y me extendió la mano para presentarse. «soy jack kerouac y cuando no estoy en la carretera vivo en nueva york. éste es neal cassady dueño de esta máquina maravillosa y de profesión… beat. «¿beat?» exclamamos neal y yo al mismo tiempo. «beat sí beato igual que yo. el beato neal cassady» neal aminoró aún más la marcha del coche mientras esperaba mi reacción espiándome por el espejo retrovisor. en un instante decidí colocarme a la altura de la circunstancias y demostrar a aquel par de paletos que no se podía vacilar tan fácilmente a la gente que ha crecido con los pies hundidos en las aguas del misisipi. «encantado de conocerlos amigos. mi nombre es alan gonzález. de profesión… saint. «¿saint?» los beatos palurdos cayeron en la trampa. «saint sí. soy san alan gonzález» afirmé con cara seria mientras en mi mano aparecía la botella de licor de ciruelas y les invitaba a echar un trago. los isleños siempre damos una de cal y otra de arena: no podemos evitarlo. cassady pegó los labios al gollete de la botella y se ahogó porque la risa le llegó con retraso. casi nos vamos fuera de la carretera. no volcamos gracias a que jack sujetó el volante. neal sin soltar el pedal del acelerador daba fuertes golpes con las manos en el salpicadero debatiéndose entre la tos y la risa con los ojos cerrados sin pensar por un segundo que podríamos matarnos allí mismo. cuando se repuso kerouac me señaló con el dedo pulgar e hizo un comentario que volvió a dejar las cosas en su sitio. «el santo está pálido. creyó que se iba al infierno con los dos beatos». esta vez neal pisó el pedal del freno a fondo y nos fuimos hacia delante y sus carcajadas lo llenaron todo. «¡santos y beatos jajajajaja!» aullaba «¡saints y beats!». cuando se calmó un poco yo también estaba riéndome a carcajadas y me atreví a preguntarles «¿saints o beats? ¿cuál de las dos profesiones elegimos muchachos? «¡beats!» respondieron a coro. estábamos a doscientos metros del lugar en que se desarrolló la batalla de nueva orleans en 1812. desde la radio se deslizaba el sonido de una trompeta fabricando un laberinto sonoro para cercar las notas beatíferas de un saxo que parecía morir de amor entre las manos de un genio negro. beat. la palabra mágica fue inventada en ese lugar y con esa música. soy testigo. alguien debería colocar allí una placa con una sola palabra: beat.
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Pulse para ver dos vídeos sobre la fiesta:
VÍDEO 1 Marcha hasta el muelle de La Aldea
VÍDEO 2 Baño y captura de peces en el Charco
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Gran Canaria. La Aldea de San Nicolás de Tolentino. A las doce de la mañana del día 11 de septiembre, justo cuando empieza a chisporrotear el primer compás de la Banda de Agaete, un grupo alegre y pintoresco de personas comienza el recorrido de un par de kilómetros, en dirección al mar.
He llegado hasta aquí después de intentarlo durante muchos años y de haber suspendido el viaje por una razón o por otra. Intuía que esta celebración podría ser interesante, pero nunca pude imaginar que fuese tan espléndida como voy a comprobar en las horas siguientes. Me acompaña Olivia Quintero. Llevamos dos cámaras profesionales: una de vídeo y otra de fotos. Como en otras ocasiones, las intercambiamos para captar las imágenes desde nuestros particulares puntos de vista.
No es difícil apreciar que la Banda de Agaete está en su salsa. La compone una decena de músicos, vestidos como capitanes de la marina mercante, con saxos, trombones, trompetas, una caja, unos platillos y un bombo que lleva pintado el Dedo de Dios antes de partirse. Junto a las canciones de Los Beatles, como el “Submarino amarillo” o el “O-bla-di-o-bla-da”, suena el himno nacionalista canario “Me gusta la Bandera” del brazo de “La Raspa” y de las poco edificantes canciones “Monsieur Caníbal” y “La Madelein”, joya preciada de la Legión Extranjera francesa en Argelia.
Los asistentes llevan en alto botellas del excelente ron de La Aldea, ramas verdes como en los ritos guanches y canastos para guardar el pescado que más tarde se recogerá en El Charco.
Este acto (y el de la entrada al Charco, por la tarde) se efectúa para recordar una vieja forma de pesca, llamada “embarbascado”, que usaban los guanches y fue practicada en la isla hasta la década de 1950. Consistía en verter en el agua el látex blanco o la savia de dos plantas autóctonas, las tabaibas y los cardones (parecidos a grandes cactus). Con esta “leche” adormilaban los peces y los capturaban con redes de junco o con las manos.
Nuestra alegre comitiva, con su marcha sensual y trepidante, va carretera adelante. Muchos visten camisetas amarillas con la frase “De aquí pa’l Charco”, mientras otros aprovechan para exhibir alguna frase para reivindicar algo para su pueblo. Aquí no hay edad: desde bebés hasta bisabuelos saltan y brincan con una sonrisa que no pude explicarme hasta que vi lo que sucedió en El Charco (en La Aldea dicen “la charca”) por la tarde.
Así, entre chorros de ron en la boca y de sudor en la espalda, la chispeante comitiva llega al muelle. Allí la Banda de Agaete sube a una tarima y vuelve a interpretar su jubiloso popurrí. La gente se sitúa donde puede y levanta las manos y salta enloquecida y grita sin perder la sonrisa por los pisotones o por el inclemente sol. Algunos dan media vuelta y se tiran al mar sin quitarse la ropa.
Cientos de participantes continúan bailando durante mucho tiempo, arrebatados por la música.
Frente al muelle está un bosquecillo de tarajales, con barbacoas y mesas. Allí no hay bullicio. La gente duerme sobre una manta en el suelo, canta canciones mexicanas, juega a las cartas, abanica las brasas que asan la carne de cochino y se echa su “fisco ron” cuando piensa que nadie mira.
Junto este bosquecillo, existe una charca, grande y rectangular como un campo de fútbol. Está pegada al mar y su agua sube y baja con la marea. Es el famoso Charco de La Aldea, que puede localizarse en el mapa de google. Hacia las cuatro de la tarde, los alrededores del Charco comienzan a llenarse de gente.
Los habitantes de la aldea, acompañados de muchos forasteros, van a celebrar un rito anual que consiste en introducirse en el Charco todos juntos y vestidos (algunos eligen trajes de chaqueta y las mujeres prefieren trajes antiguos de campesinas) para capturar el mayor número posible de peces, igual que lo hacían sus antepasados.
Los participantes en esta fiesta los aprisionan con las manos, los sombreros, los cestos, y las pandorgas. En el borde de la charca, marcado por una raya blanca, hay diez mil personas dispuestas a apresar al menos una lisa (es el pescado que abunda allí) y, si fuera posible, ganar el trofeo a la mejor pesca.
A las cinco menos cinco, aparece el alcalde delante de la Banda de Agaete. A su alrededor, viene un gentío saltando con los cestos en alto. La policía protege a la banda de los empujones para que los músicos puedan, al menos, estirar el brazo del trombón. Faltan escasos segundos para las cinco en punto, cuando la Banda se detiene a tres metros de la raya blanca. Todo el que la traspase es candidato a bañarse con ropa.
El alcalde le da fuego al cohete que revienta tímidamente. A esta señal, diez mil personas parecen enloquecer. Todos aúllan y corren hacia el Charco. El agua parece hervir, porque todos le dan manotazos y la hacen subir lo más alto posible. El espectáculo es insólito y la charca parece una olla de presión.
La Banda de Agaete sigue impolutamente blanca en sus uniformes e interpreta una pieza que desconozco, pero muy acorde con lo que sucede dentro del Charco. El agua, antes de un azul celeste, se va tornando negra.
Sobre el charco se sitúa un helicóptero naranja y su ruido infernal de cafetera asmática logra apagar el griterío de peces y personas. Un caballero con la ropa seca nos pregunta si deseamos filmar al señor alcalde. Cómo no. El corregidor de La Aldea viene, sonríe amablemente a la cámara y, en medio de aquella algarabía inmensa, espera que yo le pregunte algo. Yo también lo miro y no se me ocurre qué preguntarle a aquel buen hombre de pelo entrecano y medio enchumbado.
Detrás de él llegan otros, para que los fotografíe con sus pescaditos. Miren por dónde, el más grande lo pescó Mélanie Rodríguez y pesó un kilo; pero entre Marilola y sus amigas atraparon 35 lisas, lo cual es casi media. Juan Manuel García apresó una anguila que medía más de medio metro. Así que también obtuvo premio. Yo tuve que conformarme con un rico trozo de tarta de mango y coco, inventada por un alemán de La Aldea, y un kilo de café del país que le compré por 30 euros a Carmela, cerca de Los Berrazales, en el Barranco.
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De la Corte partió un carruaje que en su interior contenía a este caballero canario contento, quimérico y confiado. Los corceles correteaban por las calzadas que conducían a los puertos fluviales de la antigua Hispalis. El viajero sentía el pecho inflamado de legítimo orgullo; sus exultantes pulmones reclamaban el aire fresco que bajaba de la cordillera hasta las campiñas de la cercana Sevilla.
Don Pedro Joseph sacó su insigne cabeza por la ventanilla y contempló el planeta deslizándose a velocidad de vértigo bajo las ruedas. ¡Ah, el mundo a sus plantas! Sacó los hombros fuera. Un hombre de su valía no podía permanecer encerrado tanto tiempo. Necesitaba más espacio. Seguramente, el propio Santo Domingo estaba bendiciéndolo en ese preciso instante desde su lugar exclusivo en el reino celestial. Don Pedro Joseph se alongó algo más por la ventanilla y cerró los ojos, sintiendo el céfiro bendito lavando su rostro sabio, penetrando en su… Algo crujió. Se desprendió la puerta del carruaje. Don Pedro miró hacia abajo y observó horrorizado cómo el camino se precipitaba hacia su cabeza.

El día 14 de octubre de 1773, en La Gaceta de Madrid apareció una noticia que anunciaba la reimpresión de una obra del accidentado y difunto don Pedro Joseph de Mesa que había dado mucho que hablar y más que reír. La edición anterior se había agotado desde hacía tiempo y sus ejemplares eran buscados con auténtica avidez por la aristocracia, la intelectualidad, el ejército, el clero y el pueblo llano de la Corte, hermanados todos en el común cachondeo.
Para sus propias obras hubieran deseado don Francisco de Quevedo y Villegas o don Pedro Calderón de la Barca un interés tan desmedido, una atención tan prolongada, una avidez en tan sumo grado. Sin embargo, ese privilegio, reservado a unos pocos elegidos de los dioses, correspondió a otro libro, cuyo escueto título es el siguiente:
Ascendencia esclarecida y progenie ilustre de Nuestro Gran Padre Santo Domingo, Fundador del Orden de Predicadores: Ocurrencias vulgares sobre los fundamentos en que se ha procurado introducir duda en la sentada verdad de ser Santo Domingo N. P. descendiente de la nobilísima Casa de los Guzmán: Debaxo del patrocinio del gloriosísimo Abad de los Silos Santo Domingo, segundo Moysés, y gran Taumaturgo español; y por mano de la Excelentísima Señora la Señora Doña Francisca Xaviera Bibiana Pérez de Guzmán el Bueno, Duquesa de Osuna.
La primera edición de este libro había visto la luz en Madrid, en el año 1737. Su autor era don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo (1). Procedía de una ilustre familia de La Orotava, en la isla de Tenerife, descendiente de conquistadores y destripaterrones aristocráticos.
La intención de don Pedro era colocar a Santo Domingo en una situación de privilegio, pues le parecía que el título de Santo le resultaba demasiado corto a sus grandes méritos. Al fin y al cabo, ¿qué valor tenía un santo al lado de un duque o de un príncipe? Evidentemente, poco.

En la Gaceta de Madrid, correspondiente al 28 de enero de 1738, apareció este anuncio del libro de Pedro Mesa: “Ascendencia esclarecida de Santo Domingo de Guzmán, su Autor don Pedro Joseph de Mesa Benitez de Lugo; en la Porteria del Convento de Nuestra Señora del Rosario de esta Corte.”
Así que don Pedro procedió según sus costumbres familiares, es decir, de la única manera que sabía hacerlo la aristocracia urbana y agraria canaria: inventándose antepasados de alcurnia y títulos tan innumerables como ficticios. De manera que la familia de Domingo de Guzmán, gente de mediana nobleza castellana –por parte de su abuela, doña Godo González– y de mediana santidad cristiana –su madre fue la beata Juana de Aza y sus tres hermanos, los beatos Manés, Conrado y Antonio–, se transformó en una familia de reyes y duques, gracias a las habilidades literarias y genealógicas de mi paisano, el canario Mesa, que llegó a emparentarlos con el mismísimo Guzmán el Bueno, el cual debió engendrar algún descendiente más que no fuese su apuñalado hijo.
Poco después de su aparición, el libro se hizo famoso, gracias a un escrito de siete páginas publicado en Salamanca por el conocido jesuita Padre Luis de Losada. Lo tituló:
Carta familiar a don Pedro Joseph de Mesa Benitez de Lugo, autor del libro intitulado Ascendencia de Santo Domingo de Guzman por Luis Lopez, beneficiado y cura proprio de la Villa de Morille en el Obispado de Salamanca.
Analizaba en clave de humor el libro de Mesa y se armó tal cachondeo en la Corte que todo el mundo corría a comprar la obra del canario como si fuera el mejor libro de chistes.
Luis Losada, vista la buena acogida de su Carta, volvió a las andadas y pronto dio a conocer su
Vida y salud de la famosa carta familiar del cura de Morille, sobre lo Guzman del Glorioso Santo Domingo, certificada contra su vano entierro, en otra carta del mismo cura à un amigo suyo de Valladolid.
Y ya fue el acabose. Como si se tratara de pan caliente, se agotó la edición del libro de marras en un pispás. Don Pedro de Mesa Benítez de Lugo estaba en la gloria. ¡Sus méritos literarios y religiosos reconocidos por el orbe entero! ¡Ya nada ni nadie detendría su brillante carrera hacia los más rutilantes títulos nobiliarios ni hacia los cargos más ambicionados del borbónico Imperio!
Naturalmente, no faltaron terceras partes y, según noticia de Diego de Torres y de Joseph de Viera y Clavijo, que aún no he podido verificar, un gracioso publicó:
Entierro de la Carta familiar del Cura de Morille a favor del glorioso Santo Domingo, por un Sacristán de Canarias.
En la Universidad de Salamanca se encuentran depositados varios escritos de Luis de Losada al Santo Oficio, aludiendo a sus famosas Cartas del Cura de Morilles.
Don Pedro saltó como un basilisco. Ante sus airadas protestas, los del Santo Oficio tuvieron que imprimir en la cubierta del tomo segundo la siguiente frase:
Declárase que lo puesto en el tomo segundo, donde dice; ‘Don Pedro Joseph Benítez de Lugo, su libro intitulado, Ascendencia de Santo Domingo de Guzmán, se prohibe’, ha sido equivocación, porque el dicho libro no está prohibido, y solo lo está la ‘Carta familiar escrita á Don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo’, según y en la forma que se halla en el tomo I de dicho nuevo Expurgatorio al fol. 276 col. I, y de esta declaración se ponga allí una nota.


Página del Índice de la Inquisición corrigiendo un error que fue la rechifla de media España.
El gallo español: respuestas dadas al Conde Meslay; por qué el gallo canta á las doze de la noche en Portugal, y llevado á Francia canta a las mismas doze siendo assi, que ay una hora de diferencia.
Pues bien, este dechado de sabiduría dedicó muchas páginas a defender al canario Mesa y sus disparates. Puede encontrarse su hilarante alegato en el Tomo Undécimo del Segundo Libro de una recopilación de su obra, citada más abajo. El capítulo que nos interesa es:
Soplo a la Justicia, alentado por el general escándalo y particular miedo.
El doctor don Diego de Torres y Villarroel, nos aclara de qué va el asunto:
De las excusadas disputas é impertinentes disputadores de la innegable é indeleble nobleza del Excelentísimo y Santísimo Padre Sto. Domingo de Guzmán El Bueno.
Y ya la liamos, porque la referencia a El Bueno nos proporciona las claves y los puñales de su discurso antes de que comencemos a leerlo.

He aquí la portada del citado libro del astrólogo Diego de Torres
Detrás de estos papeles impresos se ha destacado otras sátiras manuscritas, y diferentes coplones; y finalmente han salido aquellos bergantes y públicos madicientes de Perico y Marica, irritando las paciencias, afrentando las honras, y rompiendo por las leyes de Dios, y la gloria de sus Santos.
si se mostró quejoso, ó colérico, que se le debe perdonar, porque al fin ningún hijo sufre bien que le revuelvan los huesos al padre que le engendró. Para quien no encuentran disculpa es para el Cura, quiera Dios que él la tenga con su Magestad y con Santo Domingo, que el vulgo poco importa que quede rabioso contra él, contra su Carta, su vida y su salud.
Como pueden apreciar, el tal Torres se las traía en lata. ¡Vaya mala uva se gastaba el astrólogo con el cura de Morilles, es decir, con el jesuita Losada, su compañero! Y así continúa, siempre en el mismo tono, durante las catorce páginas que contienen su alegato, que se vuelve gracioso por lo disparatado. Peor defensor no pudo tener nuestro celestial genealogista isleño.
Pero, en cualquier caso, don Pedro Joseph se las arregló para ser provisto de un Gobierno para América. Como es de sobra sabido, España siempre ha hecho gala de una particular inclinación a compensar los esfuerzos de sus grandes hombres. Y don Pedro había demostrado ser un fénix de las letras genealógicas, moviendo las risas, las plumas y las pasiones de los más delicados clérigos y cortesanos.
Lástima que antes de llegar a Sevilla le sucediera el accidente que le produjo la muerte, al caer del carruaje al duro pavimento del camino. ¡Quién sabe cuál habría sido su siguiente estudio genealógico y cuántas diatribas habría despertado!
Podemos concluir que la muerte del genio isleño fue fruto del destino, del azar o de la providencia, pero en cualquier caso ha de considerar la persona de buen juicio lo pasajeras que son las glorias de este valle de lágrimas, donde los éxitos del amanecer se trocan en llantos a mediodía y en reposo eterno a la hora de merendar. Sea como fuere, y aun a su pesar, don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo logró descansar sin más incidentes en la bóveda de la Orden Tercera del Real Convento de San Pablo, sin repetir la osadía de sacar la cabeza fuera de su estrecha morada en estos más de dos siglos y medio transcurridos. Allí continúa, do fueron sus huesos a parar, después de que las eruditas páginas de su magna obra procurasen las más excitantes veladas de asueto y carcajeo que haya conocido jamás la Villa y Corte imperial.
Este singular personaje dejó cola, puesto que, además de aparecer leves rastros de su obra en Amazon punto com Books, su nieta, doña María Mesa, se desposó, en el siglo XVIII, con otro caballero canario, nacido en Chipude (isla de La Gomera), cuya historia también merece ser rescatada del olvido. Así lo haré, si tengo salud y tiempo, pues documentación sobre este asunto hay de sobra.
Notas
1. El tronco familiar de Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo proviene de un andaluz de Sanlúcar conocido como El Tuerto (Pedro Benítez de Lugo, hijo de Juan Benítez e Inés de Lugo) que vivió algo más de un lustro en Tenerife, entre el final del siglo XV y el principio del XVI.
2. Diego de Torres Villarroel era un pseudo intelectual pícaro, arrimado a la ideología más rancia de su tiempo, buscando siempre el favor de los poderosos y denunciando ladinamente al Santo Oficio a los autores de ideas ilustradas, como Benito Feijoo o Luis Losada. Escribió una autobiografía, titulada Vida, que en opinión de Juan Valera «Puede considerarse como una novela picaresca.”
El propio Torres escribió en esta maquillada historia de su vida que «Lo que puedo asegurar es que en las vidas de Domingo Cartujo, Pedro Ponce y otros ahorcados no se cuentan ardides ni mañas tan extravagantes ni tan risibles como las que inventaba mi ociosidad y mi malicia.» Y así continuó hasta el final de su vida, aunque autores como Arturo Berenguer Carisomo opinan que no se puede incluir esta obra dentro del género picaresco –indefinible, según Lázaro Carreter–, dado que no aparece en ella ningún rastro de erotismo.
Comenta Eugenio Suárez-Galbán, (De la vida de Torres a la de Lázaro de Tormes …, Duke University):
En realidad, nunca ha dejado de interesar Torres Villarroel, por lo estrambótico. Baste decir que su obra recopilatoria de Pronósticos (14 volúmenes) se reimprimió en 1797, treinta años después de su muerte o que su Vida (Ediciones La Lectura, Madrid, 1912) volvió a ver la luz en a principios del siglo XX (también ha habido ediciones en Castalia, 1972; Taurus, 1985; etc.), provocando artículos más o menos apasionados, como el del jesuita A. Pérez Goyena (revista Razón y Fe, enero-febrero de 1913) en que propina, con la acostumbrada finura de la Compañía, una buena zurra a José de Lamano y Beneite, que se había erigido en defensor de Torres en un folleto publicado en 1912.
En un trabajo reciente, La vida de Diego de Torres Villarroel y su tiempo, Juan Fernando Valenzuela Magaña expresa la siguiente opinión sobre el Piscator salmantino:
Es Torres Villarroel un autor sin duda escurridizo. Lo fue en su tiempo, en el cual debió de provocar extrañeza la mezcla resultante de su explicable fama de extravagante, brujo y astrólogo y de catedrático de la Universidad de Salamanca; y lo sigue siendo hoy, pese a un nuevo interés por su obra lejos del reiterado tópico que lo despacha como epígono del barroco o último pícaro, y que está cosechando interesantes frutos.
La crítica destaca en este autor aspectos de gran modernidad, como el de ser el primero que edita sus obras por suscripción pública, y de erróneo conservadurismo, como el de seguir manteniendo la teoría astronómica ptolemaica en un mundo en el que Copérnico y Newton representaban la vanguardia científica. Pero no es esto, a mi juicio, lo que lo hace escurridizo (ni siquiera lo haría complejo). Lo determinante en este sentido es que, a diferencia de su contemporáneo Feijoo, no sabemos bien a qué atenernos respecto a sus verdaderas ideas. ¿Creía realmente Torres en sus pronósticos y en la influencia de los astros? ¿En qué medida? ¿Es sincero en ese desprecio al claustro de la universidad salmantina o se trata de despecho por no ser reconocido como uno más en él? ¿Está satisfecho o arrepentido de la etapa picaresca de su vida? ¿Estaba tan en contra de Martín Martínez y Feijoo como la polémica sostenida con ellos parece a primera vista sugerir? Con todas las reservas propias de un juicio sobre la vida de otro hombre y de una obra en la que se pretende autodibujar, intentaremos aclarar el papel que la Vida de Diego de Torres Villarroel ocupa en el panorama cultural de su tiempo.
Referencias bibliográficas
Losada, Luis A.: Carta familiar a don Pedro Joseph de Mesa Benitez de Lugo, autor del libro intitulado Ascendencia de Santo Domingo de Guzmán. Impr. Salamanca. 1737 [?].
Vida y salud de la famosa carta familiar del cura de Morille, sobre lo Guzmán del Glorioso Santo Domingo, certificada contra su vano entierro, en otra carta del mismo cura à un amigo suyo de Valladolid. Salamanca. Impr. 1738 [?].
Mesa Benítez de Lugo, Pedro Joseph de: Ascendencia Esclarecida, y progenie ilustre de nuestro gran Padre Santo Domingo, Fundador del orden de Predicadores [...]. Imprenta de Alonso de Mora. Madrid. 1737.
Pérez Morera, Jesús: El árbol genealógico de las órdenes franciscana y dominica en el arte virreinal. Anales del Museo de América, 4. Museo de América. Madrid. 1996. Págs. 119-126.
Supremo Consejo de la Santa General Inquisición: Índice último de los libros prohibidos y mandados expurgar para todos los reynos y señoríos del católico rey de las Españas, el señor don Carlos IV (resgistros desde 1747 a 1789). Imprenta de Don Antonio de Sancha. Madrid. 1790. Pág. 25.
Torres y Villarroel, Diego de: Soplo a la Justicia, alentado por el general escándalo y particular miedo. En recopiltorio de las Ideas extractadas de su Pronósticos. Libro Segundo. Tomo XI. Imprenta de a Viuda de Ibarra. Madrid. 1798. Pags. 358-372.
Viera y Clavijo, José de: Noticias de la Historia General de las Islas de Canaria. Tomo IV. Imprenta de Blas Román. Madrid. 1776. Págs. 561-562.
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A Santiago Medina Cáceres lo encontré en Lanzarote. Podría decirse que nos conocimos mientras lo entrevistaba para un documental. Su historia era sorprendente y me motivó a realizar la película “Lanzarote, la isla estrellada”; sin embargo, lo que más me impresionó de sus respuestas fue que casi siempre las comenzaba con un “Sí”.
Durante toda mi vida, solamente había conocido a otra persona que dijera tantos síes. Fue en mi adolescencia, cuando todavía no poseía la suficiente madurez para comprender el privilegio que el azar me había deparado al poder estar junto a una persona tan afirmativa. En el colmo de mi estupidez, incluso llegué a pavonearme de que me aburría alguien que contestaba tantas veces “Sí”.
Naturalmente, he conocido a mucha más gente que responde con el “No”, antes de pensar siquiera lo que va a decir a continuación. El caso más llamativo es el de un catedrático universitario de Historia al que entrevisté hace unos años sobre el tema de la masonería. Con la mejor voluntad, quise remitirle anticipadamente un cuestionario por email, a fin de que preparase sus respuestas lo mejor posible, puesto que se emitirían por televisión. Me contestó que él siempre llevaba listas sus contestaciones y que era yo quien debía elaborar bien lo que deseaba preguntar.
Quedé admirado ante tanta pedantería, pero hice lo que me sugirió. Llegado el día de la entrevista, yo llevaba escrita en un folio la batería de preguntas. La había confeccionado a partir de los libros publicados por este profesor. En realidad, cada cuestión era un párrafo del texto escrito por él mismo, al final del cual le preguntaba si estaba de acuerdo en su contenido.
Pues bien, cada punto era contestado invariablemente con un “No” y una sonrisa de autosuficiencia. Después de un rato demostrando que mi afirmación -es decir, la suya- era una estupidez, el sabio profesor daba la vuelta al asunto y regresaba al punto de partida para terminar diciendo lo mismo que el párrafo leído por mí.

Así, durante más de media hora. Cuando traté de editar aquel vídeo, que aún conservo completo como una rara joya, no pude sacar más de diez segundos de discurso coherente.
No sé cuántas veces he visto esa filmación, pero siempre termino sorprendido. Fue ésta la primera vez que me puse a observar las respuestas afirmativas y negativas como manifestación de la personalidad de un individuo. Advertí que quienes negaban, como norma habitual, cualquier proposición ajena eran personas poco solidarias, cuya meta se resumía en destacar a cualquier precio e imponer sus criterios sin tener en cuenta otras opiniones. Para mi sorpresa, descubrí que el número de personas que decían “No” a priori era más elevado del que podía sospechar. Fue asombroso darme cuenta de que toda esa gente mostraba, en el fondo, una gran inseguridad en lo que creía, en lo que pensaba, en lo que sabía,… excepto, en afirmar sus privilegios negando a los demás los suyos.
Por esas fechas, se había establecido, cerca de la ciudad donde vivo, una mujer centroeuropea que comenzó a impartir unos talleres terapéuticos que ella denominaba “Baile del No”. Consistía en acostumbrar a los participantes a decir “No” en cualquier situación de su vida diaria, evitando lo que ella consideraba la debilidad de un ser oprimido. Creo recordar que todo el alumnado era femenino, excepto un hombre.
Nunca asistí, pero una persona muy cercana a mí comenzó a participar en esos bailes. Yo estaba extrañado de aquella decisión, porque no era precisamente de las que decían “Sí” por las buenas. Por ejemplo, si uno le preguntaba si había visto tal o cual cosa que estaba buscando, su respuesta automática era siempre “No”. De esta manera, comenzó a asistir a las clases una o dos veces por semana.
El resultado fue que esta persona entró en una depresión profunda que le duró más de un año. Le aconsejé muchas veces que dejase de frecuentar aquel desatinado taller de baile. Sólo accedió a ello cuando los tratamientos de los psicólogos a los que acudió no tuvieron éxito.
Unos meses después de abandonar aquella absurda terapia de la insolidaridad, comenzó una lenta recuperación. Sin embargo, nunca se repuso del todo y una especie de egoísmo enfermizo se aposentó en su interior y generó una infelicidad profunda que se retroalimenta en la negación perpetua. Como colofón a este desatino de la negatividad, la propia profesora del “No” también cayó en una grave depresión que no le permitió continuar impartiendo sus cursos.
He conocido también a personas que se han gastado una auténtica fortuna para participar en talleres y seminarios destinados a ver la vida de manera positiva. Aprendieron a afirmarse en todo lo que les convenía a ellos mismos y a negarse en todo lo que le importara a su prójimo. En realidad esas pseudoterapias compartían el mismo fondo y lograban idénticos resultados que los bailes del “No”.
Con estas experiencias propias y ajenas en las alforjas, se comprenderá mi sorpresa al encontrar a un hombre cuyas frases comenzaban con un “Sí”, que hablaba de una manera tan afirmativa y, al mismo tiempo, luchaba como un león por sus derechos, por los de su familia y por los de sus conciudadanos sin vender su alma al diablo ni al vil metal.
Ese día comencé a valorar de manera superlativa la importancia de contestar “Sí”, en el sentido de aceptar la opinión de nuestros interlocutores, sin perjuicio de mostrarles cuál es nuestra postura respecto a cualquier asunto en el que no estemos de acuerdo.
Y, con baile o sin baile, creo que ésta es una magnífica terapia para curar tantas depresiones nacidas de la misma raíz: el egoísmo humano.
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Que yo sepa, con pocas excepciones, los jueces en España no están acostumbrados a juzgar y condenar a gente encumbrada de la derecha. Ni antes del régimen de Franco, ni durante el franquismo ni en los años posteriores a la muerte del galleguísimo. Los jueces son personas históricamente adiestradas en juzgar y condenar a la izquierda. Antes, durante y después de las Cuarenta en Bastos que se cantaron entre 1936 y 1975.
Sin ese entrenamiento, no se podría entender la gran diferencia que existe entre la complacencia actual y la escabechina que hicieron con los socialista durante la última etapa de Felipe González. A nadie se le ocurrió protestar, porque todos estábamos convencidos de que los jueces estaban condenando a unos chorizos corruptos. Todo iba sobre ruedas, dado que la maquinaria judicial estaba entrenada y engrasada para ese cometido: meter a los rojos entre rejas. Y, si estaban pringados en delitos económico o de cualquier otro tipo, miel sobre hojuela.
No obstante, ahora, por primera vez, los jueces se enfrentan a algo nuevo para ellos, en lo que no están ejercitados: juzgar y sentenciar a políticos corruptos de la derecha. Y reaccionan como reaccionaría cualquier albañil a quien se le pidiera derribar su propia casa. Así que no les culpo.
Culpo a los partidos de izquierda y de centro que habiendo tenido responsabilidades de gobierno no han creado las condiciones necesarias para impedir que se perpetuara la mentalidad rancia y anquilosada que impera en el estamento judicial desde hace años, lustros, décadas, siglos. Desde que las judicaturas inquisitorial y civil eran dos dedos de la misma mano, al servicio de las mismas cabezas, de los mismos intereses restringidos, con los mismo demonios de la libertad que someter.
De manera que ahora toca envainarse esta desmesura, sin tratar de remediar en cuatro días lo que ha tardado más de cuatro siglos en fraguar. Como decía Benito Pérez Galdós, no se puede derribar una montaña a bayonetazos.
La derecha judicial y política va a salir triunfante de este asalto. Lo mejor sería que los socialistas se pusieran a trabajar con seriedad en una profunda reforma de la justicia. Una transformación que oxigene todos sus estamentos, desde los notarios y procuradores hasta los jueces y fiscales. Eso es már urgente que dotar de ordenadores los juzgados. Lo contrario sería continuar cantando la copla popular asturiana, ésa que dice:
cosa que la mar no tiene.
Metí la mano en el agua,
la esperanza me mantiene.
Escrito en La condición humana, Manuel Mora Morales, Re-flexiones | Etiquetado adiestramiento, derecha, franco, injusticia, izquierda, juez, justicia | Deja un Comentario »

Éste es un relato sobre cómo puede uno empezar a leer un libro que trata de un judío nacido en una isla griega, encontrar después un acumulador de orgones en un patio de Nueva Orleáns y terminar corriendo detrás de un alemán que tenía más de Lázaro que de ciego. Síganme y verán que es cierto lo que les digo.
A veces, cuando leo un libro, siento la necesidad de releer, de manera simultánea, otro ya casi olvidado, bien sea porque me lo evoque algún pasaje o por otras razones, a veces misteriosas razones. Lo cierto es que volver a esa segunda obra me potencia el “sabor” de la primera, realizando la misma función que un poco de sal sobre un huevo frito o un mojo picón en unas papas arrugadas. O un calzo en la pata de una mesa que se tambalea. Así fue como tuve la necesidad de ir a una biblioteca cercana para buscar la novela En el camino, de Jack Kerouac.
Antes de mi visita a la biblioteca, llevaba un par de días entusiasmado con la novela Solal, de Albert Cohen. Una auténtica delikatesse, publicada en la década de 1930, salpicada de sabiduría, sandeces y ocurrencias. Nada mejor para penetrar en los secretos de la conducta humana que un poco de humor bien administrado por un autor perspicaz que sabe meter la pata en el momento preciso. Si la lectura se realiza durante los rigores del verano, estas cualidades literarias se agradecen aún más. Y yo estaba encantado.

Albert Cohen (1895-1981) y dos portadas de ediciones francesas de su Solal.
Cuando iba por la mitad de la obra, se presentó sin avisar la necesidad de buscar sal para la yema. Ya me entienden, un calzo. No es que me aburriera la lectura de Solal, al contrario; pero necesitaba tener a un viejo conocido al alcance de la mano, un copiloto. Las peripecias de Solal, el protagonista de la novela de Cohen, se mezclaban con mis recuerdos de Sal, el protagonista-narrador en primera persona de En el camino. Lo cierto es que son pocas las cosas de una historia que recuerdan a la otra, exceptuando que:
a. Ambos relatos son protagonizados por un joven que anda dando tumbos de acá para allá –uno en Europa y otro en América–;
b. Algunos personajes suelen leer con el libro en las rodillas; y
c. La comida falta de vez en cuando.
Los críticos hablan de que Solal busca profundas respuestas a preguntas existenciales profundas y achacan al protagonista de En el Camino idéntico delito. No lo creo. Basta que una obra se haga famosa para alguien comience a pregonar estas mismas majaderías sobre su protagonista: desde El Alonso Quijano de Cervantes hasta la Madame Bovary de Gustave Flaubert, desde el Aureliano Buendía de Gabriel García Márquez hasta el viejo Santiago de Ernest Hemingway. ¡Qué manía trascendentalista!
HENRY JAMES Y COHEN VS. HENRY MILLER Y KEROUAC
El empleo del humor sí podría ser coincidente, pero las técnicas narrativas empleadas envuelven lo cómico en papeles de regalo diferentes: la psicología de sus personajes es revelada por Kerouac a través de una prosa que batalla de manera vana y espléndida contra lo mejor de Ernest Hemingway o fisgonea por los ojos de las cerraduras en las pensiones del Montparnasse golfo de Henry Miller. En cambio, Cohen está más cercano a Henry James cuando se trata de apretar las tuercas narrativas en los malos pensamientos de cualquier personaje.
Lo cierto es que esta lectura conjunta, puede que hasta estereoscópica, me ha proporcionado buenos ratos, mientras huía del calentamiento insular. Me gocé en Cohen, por sus juegos malabares que despliegan la versátil mentalidad mediterránea entre las gélidas nieblas del protestantismo europeo; en Kerouac, por su implacable demolición del embrutecimiento sedentario, usando como arma un nomadismo motorizado y delirante, bendecido con unas gotas de channel existencialista que se convierte en detonador y combustible del sedán literario que arrastra al lector sin mojigaterías, sin concederle un minuto de tregua.

Hudson sedan 1949, el mismo modelo que conduce Dean Moriarty en la novela de Kerouac.
SOLAL, EN EL CAMINO
Estoy cayendo en la cuenta de que sería conveniente informar de su contenido a quienes no hayan leído alguna de estas dos obras o refrescar la memoria a los que ya las conozcan.
La novela Solal relata las andanzas y amoríos del chiflado joven Solal, un judío nacido en una isla griega a principios del siglo XX o finales del siglo XIX, como el propio Albert Cohen. Una de sus primeras acciones, cuando contaba con sólo dieciséis años, es fugarse de su isla con la esposa del Cónsul francés, convertirla en su amante y abandonarla a las veinticuatro horas. A partir de aquí, su vida se vuelve una caótica sucesión de aventuras que le conducen a París, a Barcelona, a Londres, a…, Todo ello imbuido y propiciado por la imprevisión y la despreocupación total de Solal, perfecto ejemplo de la cigarra frente a la hormiga. A su vera, encontramos a personajes tan amenos como el tunante Comeclavos, su mentiroso tío Saltiel o el aguador Salomón, gordo y simple como un cura. Tampoco faltan los esperpénticos Maussane o Lord Rawdon, altos cargos políticos de Francia y Gran Bretaña, retratados con fina ironía por Cohen.
La obra principal de Jack Kerouac está referenciada en Wikipedia, obra digital comunitaria que todo intelectual de valía debe despreciar, nunca citar y siempre consultar:
“El libro comienza presentando al impulsor de la mayoría de las aventuras que tienen lugar a lo largo de la novela, Dean Moriarty, pseudónimo de Neal Cassady, quien fuera el alocado hipster que se convirtió en héroe de todos los beats. El narrador es Sal Paradise, álter ego de Kerouac, fascinado por su ecléctico grupo de amigos, por el jazz, por los paisajes de Norteamérica y por las mujeres. En el primer párrafo de la novela se puede leer Con la aparición de Dean Moriarty comenzó la parte de mi vida que podría llamarse mi vida en la carretera, en el que Moriarty ya es presentado como el instigador e inspirador de muchos de los viajes de Sal.
La ciudad de Nueva York es el punto de partida de la aventura, donde poco antes de la llegada de Moriarty, Kerouac/Paradise conocería a Carlo Marx (sobrenombre de Allen Ginsberg), quien pronto se convertiría en su mejor amigo en la ciudad. Sal define a Dean como el estafador santo de mente brillante y a Carlo como el estafador poético y doloroso de mente oscura. Carlo y Dean hablan de sus experiencias con sus amigos por todo el país y Sal se queda fascinado con ellos y con otros que irá conociendo más tarde en sus viajes.”
EL SOL NACIENTE HA SIDO LA RUINA DE MUCHAS POBRES CHICAS
Durante el tiempo transcurrido entre las dos veces que he leído En el camino, tuve ocasión de visitar algunos de los escenarios donde se desarrolla la obra. En realidad, si se viaja a los Estados Unidos, lo difícil es no pasar por alguno de esos lugares, porque la novela no deja carretera sin recorrer, entre Nueva York y Luisiana, entre Nueva York y California, entre Nueva York y Texas,…

La primera vez que fui a Nueva Orleáns, llevaba en la cabeza los vapores de Mark Twain combinados con la idílica descripción de una casa que aparece en la obra de Kerouac. Supongo que también habría algún retazo de La casa del Sol Naciente, en la tardía versión de The Animals, canción muy adecuada para acompañar a Dean y Sal en alguna de sus correrías por los alrededores de la calle Canal.
Había una casa allá en Nueva Orleáns,
la llamaban El Sol Naciente.
Ha sido la ruina de muchas pobres chicas
y yo, oh Dios, soy una.
Mi madre era costurera
ella cosió estos pantalones vaqueros nuevos
mi amante era un vagabundo, Señor,
allá en Nueva Orleáns.
Ahora la única cosa que un vagabundo necesita
es una maleta y un baúl
y el único momento en que está satisfecho
es cuando está bebido.
De modo que esperaba encontrar, en las riberas del río Misisipi, una multitud de chicas en jeans, paseando junto a largas hileras de casas pintadas de colorines, a semejanza de las que hay en Curaçao o las que engañan a los turistas en el barrio bonaerense de La Boca. Sin embargo, la realidad era muy distinta: resultaba imposible aproximarse al río por otro lugar que no fuese el embarcadero donde amarran el Natchez y el resto de los vapores turísticos con ruedas de palas: mi primera noche en la ciudad del jazz tuve que pasarla durmiendo sobre una maleta para impedir que me la robaran en una habitación con la puerta forzada centenares de veces: en un hotel de mala muerte, ubicado más en el intestino que en el corazón del Barrio Francés: lejos del Hilton de la calle Canal, lejos de la calle Bourbon, lejos del parque Louis Armstrong y lejos de los pringosos macdonalds junto a las paradas del tranvía. Aquel hotel era uno de esos sitios donde tanto le encantaba a Norman Mailer situar a Lee Harvey Oswald, el asesino oficial de John Kennedy, el cual siempre he pensado que tenía, mira qué casualidad, un sorprendente parecido físico con el autor de On the Road.

Jack Kerouac y Lee Harvey Oswald. ¿Se parecen físicamente?
Uno de los personajes de En el camino vive en la orilla opuesta del Misisipi, en dirección a Barataria, en una vieja y bella casa, donde hay un acumulador de orgones. En el párrafo siguiente, finalicé mi lectura ese día. Justificadamente, porque era cerca de la tres de la tarde y me entraron ganas de comer. Fue en ese instante cuando me invadió una tremenda añoranza por la comida cayún de Nueva Orleáns y, a falta de la sabrosa carne de caimán, me preparé un gran gumbo con pollo, tan picante que todavía lloro de sólo recordarlo. Después, me senté a la mesa y con el libro sobre mis rodillas evoqué el memorable desencuentro que tuve con los acumuladores de orgones de la mano de un ciego que valía su peso en oro alemán.
EL CIEGO EN EL CUATRO LATAS
Sucedió en Alemania, en el año 1984. Iba con una amiga desde Bremen hasta Berlín. Teníamos coche, pero si encontrábamos gente que quisiera viajar con nosotros, la gasolina nos saldría gratis. El mismo Kerouac había utilizado este método unos treinta años antes. Por medio de una agencia de auto-stop, aparecieron dos personas: una estudiante que iba a pasar el fin de semana corriéndose una juerga en los subvencionados territorios que encerraba el Muro y un ciego joven, rubio y sonriente.
Llegado el día, recogimos a ambos. Siento no recordar demasiado de la chica. Del invidente sí: iba vestido con un elegante traje blanco, unas gafas negras y un bastón que movía incesantemente, aunque no estuviera caminando. En realidad, el bastón parecía vestirlo más que la chaqueta. Mi amiga y yo entendimos que se dirigía a Berlín para recoger un órgano que le habían fabricado. Le pregunté si pretendía traer el órgano en el coche, un pequeño Renault 4 latas. Respondió que sí. Las medidas era, aproximadamente éstas: 1,50 m x 1,00 m x 1,30 m. A mí me parecía mucho bulto para tan poco coche, pero como el vehículo no era mío, opté por cerrar el pico.
Por su parte, el ciego no daba pie con bola. Durante el viaje, cada vez que nos deteníamos, el hombre se iba golpeando en todos los postes, mesas, sillas, puertas, niños y ventanas que hubiera a su paso. A veces, no parecía sino que se desviaba de su camino para ir a tropezar con algo. Nos tenía el corazón encogido.

Yo me preguntaba cómo cargaríamos el órgano en el 4 Latas…
Además, como nunca encontraba su cartera, me vi en la obligación de pagar sus comidas y bebidas con mi dinero. No comía poco el caballero, pero yo no quería ser desconsiderado con una persona tan desvalida como parecía aquel presunto José Feliciano criado en la nieve. Quién sabe si algún día me dedicaría una canción, rememorando un húmedo viaje en que no dejó de llover ni un solo minuto. Incluso, tuve la delicadeza de ponerle una moneda cuando se detuvo a jugar a las máquinas tragaperras en una zona de descanso. Siempre fui muy atento…
Llegamos a Berlín sin que parase de llover. Dejamos a los pasajeros en sus respectivos destinos y nosotros fuimos a un apartamento en el elegante barrio de Kreutzberg. Afortunadamente, cuando llegamos todavía no habían derribado aquel edificio en ruinas y pudimos pasar allí dos noches sin mojarnos.
UN ACUMULADOR DE ORGONES Y UN MILAGRO
El domingo por la tarde, nos dirigimos a recoger al ciego en una dirección de Charlottenburg. Pese a que la lluvia era débil, no había cesado de caer agua. Aparcamos en Kastanienallee, aunque más propio sería decir que atracamos. Allí estaba el hombre de las gafas negras y el vestido blanco, sonriendo beatíficamente debajo de un inmenso paraguas. Su traje continuaba inmaculado, pese a la que estaba cayendo.

Kastanienallee, una avenida de Charlottenburg, un barrio señorial de Berlín.
Nos hizo señas de que entráramos en un portal. No había ascensor. Comenzamos a subir escaleras. Los pisos de esta zona berlinesa poseen una altura considerable. En la cuarta planta, teníamos que recoger el encargo. Lo que yo me pregunta era: ¿Cómo rayos vamos a bajar el órgano por estas escaleras, sabiendo de antemano que el muchacho no va a ser de gran ayuda?
–¿No pesará demasiado? –le pregunté.
–No hay problema, lo llevaremos desarmado.
–¿Desarmado? ¿Cómo vas a desarmar un órgano?
–¿Un órgano? –se asombró mi ciego– ¿Qué órgano?
–¿No es un órgano? ¿Entonces, qué es, una guitarra?
–Es un orgón.
–¿Un orgón?
–Una máquina acumuladora de orgones.
–¿Como las de Wilhem Reich?
–Una de esas, pero modernizada y mucho más potente.
Pensé que quizás el pobre muchacho tenía esperanzas de recuperar la vista metiéndose dentro del acumulador. No quería ser descortés, pero moví la cabeza y exageré la cara de asombro, sin poder evitarlo. Al fin y al cabo, no podría verme.
–Bueno –comenté en un tono que debió sonar muy falso, sin poder sospechar que estaba pronunciando la profecía de un milagro–, supongo que con ese aparato uno se cura de cualquier cosa.
Tocamos en la puerta durante diez minutos. No se abrió. Esperamos casi una hora más en el rellano, pero tampoco apareció nadie por allí.

Wilhem Reich sentado en su acumulador de orgones.
El ciego se lamentaba. Nosotros tratábamos de consolarlo. Finalmente, lo convencimos para regresar a Bremen. La chica había llamado por la mañana, diciendo que el resacón le aconsejaba no moverse durante unos días de Berlín.
El viaje de vuelta fue igual que el de ida, con el añadido de algunos ignorantes comentarios sobre Reich, el más pintoresco psicoanalista alemán: impresionante ejemplo de cómo una persona inteligente y cuerda puede convertirse en un chivo loco si se le ocurre llevar las teorías psicológicas a sus últimas consecuencias.
Nos acercábamos a nuestro destino. Seguía lloviendo. Yo pensaba que aquel viaje era para no olvidarlo. Pero todavía me esperaba la sorpresa más grande.
Decidió apearse mi ciego en la estación de ferrocarril de un pueblo cercano a Bremen. Como su tren partiría desde el otro lado del andén, yo también abandoné el coche para ayudarle a bajar las escaleras del paso subterráneo. Justo cuando empezábamos a descender, los altavoces anunciaron la salida de su tren.
El ciego empezó a correr como un loco. Bajaba los escalones de tres en tres. Pronto, me dejó atrás. Pensé que se mataría. Cuando subía las otras escaleras, se le cayó la bufanda y, antes de que yo llegara, el tipo dio media vuela, se quitó las gafas, se fue hacia la bufanda sin titubear, la recogió del suelo y salió disparado escaleras arriba.
Yo me quedé allí, helado, parado durante varios minutos en mitad del subterráneo, sintiéndome el mayor pendejo del mundo, sin saber qué pensar ni poder entender las razones que tiene una persona para hacerse el ciego durante días.

El ciego empezó a correr como un loco. Bajaba los escalones de tres en tres.
Regresé por fin al coche y allí entendí el enigma: además de comer y beber a mi costa, también se ahorró el precio del viaje porque mi amiga tampoco le había cobrado su parte para la gasolina: le había dado pena recoger el dinero de la escasa pensión de un pobre muchacho invidente. ¡Bastante tenía con vivir en la oscuridad, el pobrecito! Probablemente, el fabricante de orgones tuvo que olerse algo parecido y puso pies en polvorosa.
De sobra sé que Reich no es culpable de este engaño, sin embargo nunca más su obra, incluyendo su vistoso análisis de los caracteres, ha gozado de mis enteras simpatías.
Lo que me resucitó todos estos extravagantes recuerdos fueron los siguientes párrafos del séptimo capítulo de En el camino:
“De pronto se sintió cansado y entró en la casa desapareciendo en el cuarto de baño para su fije antes de la comida. Volvió con los ojos vidriosos y muy tranquilo, y se sentó bajo la lámpara encendida. La luz del sol se colaba débilmente por las rendijas de la persiana.
–Oídme, ¿por qué no probáis mi acumulador de orgones? Dará sustancia a vuestros huesos. Cuando salgo de él siempre corro al coche y me lanzo a ciento cincuenta por hora a la casa de putas más cercana. ¡Jo, jo, jo! –Era su risa de cuando no se reía de verdad.
El acumulador de orgones es una caja normal y corriente lo bastante grande como para que un hombre se siente en una silla dentro de ella: una capa de madera, una capa de metal, y otra capa de madera recogen los orgones de la atmósfera y los mantienen cautivos el tiempo suficiente para que el cuerpo humano absorba más de la dosis usual. Según Reich, los orgones son átomos vibratorios de la atmósfera que contienen el principio vital. La gente tiene cáncer porque se queda sin orgones. Bull pensaba que su acumulador de orgones mejoraría si la madera utilizada era lo más orgánica posible, así que ataba hojas y ramitas de los matorrales del delta a su mística caja. Estaba allí, en el caluroso y desnudo patio: era una absurda máquina disparatada cubierta de hojas y de mecanismos de maniático. Bull se desnudó y se metió en ella, sentándose a contemplar el ombligo.”*
Si no fuera tan mal pensado, yo debería haberme preguntado si mi ciego recobró la vista debido a alguna misteriosa conjunción entre el cuatro latas y la misteriosa máquina que le había construido y sustraído el ingeniero berlinés. Tal vez influyera a humedad, quién sabe.
POSTDATA

On the Road se tradujo al español dos años después de su publicación en los Estados Unidos, con el título de En el camino. La primera edición española se hizo en Argentina, en 1959. En Alemania se tituló Unterwegs y en Holanda, Op Weg. Otras traducciones de sus título son Sur la route, en francés; Sulla strada, en italiano; Pela estrada fora, en portugués; A la carretera, en catalán; etc.
En 1975, apareció en España una versión en cómic llamada En la carretera, editada por Star Books.
En este mismo año (2009), Anagrama ha publicado bajo el título En la carretera. El rollo mecanografiado original la traducción de On the road. The original scroll, editada por la editorial Viking a partir del manuscrito original de Kerouac, con los nombres reales de los personajes que intervienen en los viajes descritos, sin las censuras que se habían practicado en algunas escenas homosexuales o en la suprimida escena del mono sodomita. Igualmente, esta edición pseudofacsimilar parece que respeta la puntuación original del autor, que no tenía puntos-aparte ni demasiadas comas. Todavía no he recorrido este libro que merece, al menos, una lectura cuidadosa.
Como se aprecia en la foto, Kerouac escribió su novela en un largo rollo de papel, en alusión a la Ruta 66. Lo hizo en sólo tres semanas, con la única ayuda de una vieja máquina de escribir Underwood, una cafetera y la calidez de su segunda esposa.
________________________________
* Kerouac, Jack: En el camino. RBA. Barcelona. 1995 (original: 1955 y 1957). Página 175.

On the Road se tradujo al español dos años después de su publicación en los Estados Unidos, con el título de En el camino. La primera edición española se hizo en Argentina, en 1959. En Alemania se tituló Unterwegs y en Holanda, Op Weg. Otras traducciones de sus título son Sur la route, en francés; Sulla strada, en italiano; Pela estrada fora, en portugués; A la carretera, en catalán; etc.
En 1975, apareció en España una versión en cómic llamada En la carretera, editada por Star Books.
En este mismo año (2009), Anagrama ha publicado bajo el título En la carretera. El rollo mecanografiado original la traducción de On the road. The original scroll, editada por la editorial Viking a partir del manuscrito original de Kerouac, con los nombres reales de los personajes que intervienen en los viajes descritos, sin las censuras que se habían practicado en algunas escenas homosexuales o en la suprimida escena del mono sodomita. Igualmente, esta edición pseudofacsimilar parece que respeta la puntuación original del autor, que no tenía puntos-aparte ni demasiadas comas. Todavía no he recorrido este libro que merece, al menos, una lectura cuidadosa.
Como se aprecia en la foto, Kerouac escribió su novela en un largo rollo de papel, en alusión a la Ruta 66. Lo hizo en sólo tres semanas, con la única ayuda de una vieja máquina de escribir Underwood, una cafetera y la calidez de su segunda esposa.
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* Kerouac, Jack: En el camino. RBA. Barcelona. 1995 (original: 1955 y 1957). Página 175.
Escrito en Escritores, Manuel Mora Morales, Relatos | Etiquetado acumulador, casa, cohen, henry, jack, james, kerouac, manuel, miller, mora, morales, naciente, new, nueva, orgones, orleans, reich, robert, sol, solal, texas, wilhem | Deja un Comentario »

Bosque de sebas (Cymodocea nodosa) o sebadal.
Cuando se quema un trozo de bosque en cualquier lugar de la superficie del planeta a todos se nos encoge el corazón. Incluso, como decía Jaume Perich, cuando el bosque quemado es propiedad del señor conde. Sucede con demasiada frecuencia que perdemos enormes extensiones boscosas por accidente, desidia, locura o intereses comerciales. Y, como es natural, clamamos, durante dos o tres días, para que los responsables vayan a parar a prisión.
Sin embargo, a casi nadie parece preocupar que cada año sean arrasadas por completo superficies inmensas de bosques submarinos. Bosques que son, al menos, tan importantes como los que pueblan nuestras montañas. Imprescindibles para la supervivencia medioambiental del planeta, aunque se hallen fuera del área de visión de la mayor parte de los seres humanos que, por razones obvias, somos poco dados pasear por los fondos del océano.
Por otra parte, la denominación de estas selvas acuáticas parece realizada a propósito para que su destrucción pase desapercibida. Por ejemplo, suele hablarse de sebadales, lo cual suena a la mayoría como cebadales o cultivos de cebada. Pero un sebadal es un bosque de sebas (Cymodocea nodosa), una planta acuática de enorme importancia para conservar el equilibrio biológico en el medio ambiente marino.
Les invito a comprobar cómo se arrasa legalmente uno de estos bosques, aun cuando lo prohíba la legislación, en este caso, de Canarias. Un informe sesgado sobre un bosque submarino de sebas, en Lanzarote, logró que se pudiera construir un puerto deportivo en uno de los parajes naturales más bellos del planeta: Berrugo. El mismo lugar, sí, que es el epicentro de mi documental Lanzarote, la isla estrellada.
Este bosque de sebas o sebadal fue arrasado. La playa que estaba a su lado, borrada del territorio. Se generó un intenso debate en la sociedad lanzaroteña. La prestigiosa Fundación César Marique puso el grito en el cielo y llegó a encargar un estudio sobre el impacto del puerto deportivo sobre el bosque submarino de Berrugo. En su Memoria 2001, esta Fundación dejó constancia de sus acciones, que en la actualidad adquieren gran relevancia, teniendo en cuenta que el mismo debate se realiza hoy en Tenerife, con un gran puerto en el sur de la isla.

Coral en un bosque de sebas.
El ejemplo puede servir también para las costas mediterráneas y caribeñas, entre otras zonas muy afectadas por la construcción de puertos casi siempre innecesarios que arruinan las costas y la vida que existe en torno a ellas. A continuación, cito textualmente la parte del mencionado informe que corresponde a Berrugo:
“La Fundación César Manrique encargó un informe técnico a Jesús M. Falcón Toledo, licenciado en biología marina, para evaluar los valores naturales de la costa de Berrugo y su grado de afección por las obras del Puerto Deportivo de Berrugo. En el mismo, se prestaba especial atención a las comunidades de flora y fauna susceptibles de desaparecer o verse alteradas por las obras, como es el caso de las praderas de Cymodocea nodosa (sebadales). De este modo, se aportaba nueva documentación alternativa al debate que la construcción del puerto estaba originando en la sociedad lanzaroteño.
Entre las conclusiones reseñadas en el informe hay que destacar: la desaparición de la zona intermareal rocosa, sepultada por las obras de la construcción del puerto deportivo Marina del Rubicón; la confirmación de la existencia de sebadales de Cymodocea en el sector donde se practican las obras del puerto deportivo; la posibilidad de que los nuevos diques se comporten como un arrecife artificial, donde el efecto de atracción predominaría sobre el de producción de nueva biomasa y la recomendación de no verter materiales finos. Por último, recogiendo las propuestas del estudio, se recomienda a las autoridades competentes la revisión de las propuestas de protección de hábitats, incluyendo los sebadales de esta zona de Lanzarote, si así lo aconsejan los estudios pertinentes, como Lugar de Interés Comunitario (LIC), formando parte de la Red Natura 2000.
El día 29 de enero se expusieron públicamente los resultados de los dictámenes técnicos que la FCM había encargado a un comité de expertos sobre los diversos informes de carácter medioambiental relacionados con el patrimonio natural de Berrugo y su posible afección por las obras de construcción del proyecto Puerto Deportivo Marina Rubicón, que habían sido encarga dos tanto por los promotores como por asociaciones ambientalistas.
La construcción del puerto deportivo Marina Rubicón en la costa de Berrugo, Playa Blanca, y la posible afección de los valores naturales de la zona –sobre el litoral y el ecosistema marino de su entorno–, generaron inquietud social y controversia pública. Los potenciales efectos negativos que la construcción podría tener sobre el patrimonio natural del lugar, dio origen a distintos documentos e informes de carácter ambiental, que se incorporaron al debate social y al contencioso jurídico.
La FCM consideró relevante la discusión centrada en torno a Berrugo por varias razones: por el modelo agresivo de actuación y ocupación del dominio público en un área sensible de inequívocos valores naturales y patrimoniales; por su significación simbólica y estratégica en el marco del actual debate entorno al control del crecimiento y a la cualificación de las intervenciones en el territorio; y, por último, por la necesidad de que las actuaciones en materia turística y urbanística cumplan y respeten la normativa legal y los condicionantes ambientales a que están sujetas.
Para fundamentar y cualificar su posición al respecto y con la intención de aportar más elementos de juicio y mayor claridad al debate, la FCM encargó a un comité de expertos la redacción de dictámenes individuales centrados en el análisis y la valoración científica de cada uno de los documentos e informes realizados.
En otros términos, la FCM auditó la documentación técnica de carácter ambiental producida en torno al “caso Berrugo”, incluido su propio informe.
Los informes enviados a los cinco expertos en biología marina, para que procediesen a su valoración científica, fueron: Informe Técnico del “Sebadal” afectado por el proyecto “Puerto Deportivo Marina Rubicón”, del que es autor Antonio Sotillo Burunat.
Informe del Catedrático de Ecología de la Universidad de Las Palmas Ángel Luque, encargado por los promotores del Puerto deportivo “Marina Rubicón”, en el que había colaborado Lidia Medina Falcón.
Informe de la afección al medio de las obras realizadas en la construcción del Puerto Deportivo “Marina Rubicón”, en la costa del término municipal de Yaiza, Lanzarote, de los mismos dos autores antes citados.
Efectos de la construcción de la “Marina del Rubicón” sobre las praderas de Cymodocea nodosa (“Sebadales”) del sur de Lanzarote , del que son autores: Ricardo Haroun Tabraue, Pablo Sánchez Jerez y Arturo Boyra López, encargado por WWF/Adena Canarias.
Valoración de las comunidades marinas con especial atención a las praderas de Cymodocea nodosa en las inmediaciones de la costa del Berrugo (sur de Lanzarote), del que es autor: Jesús Manuel Falcón Toledo, encargado por la FCM.
El Estudio de Impacto Ambiental del proyecto del Puerto Deportivo realizado por Joaquín Soriano Benítez de Lugo. La categoría de evaluación aplicada fue la de Evaluación de Impacto Ambiental y el resultado se analizó como poco significativo.
Por su parte, la Comisión de Ordenación del Territorio y Medio Ambiente de Canarias (COTMAC), en su reunión de los días 8 y 9 de junio de 1999, realizó una Declaración de Impacto Ecológico condicionada y vinculante (con 14 condicionantes que los promotores deberían cumplir al realizar las obras).
Los biólogos marinos, en sus conclusiones respecto a los diferentes estudios, disentían expresamente de la consideración de impacto ambiental poco significativo deducido por Joaquín Soriano Benítez de Lugo.
En primer lugar, disentían de la precariedad atribuida a los sebadales, asegurando que su periodicidad anual es fruto de la regeneración natural de la flora litoral y certificado de su renovación y pujanza.
En segundo término, discutían los argumentos e instrumentos de análisis ofrecidos en los informes solicitados por la empresa, particularmente los elaborados por Ángel Luque, que tendían a infravalorar la riqueza y especiales circunstancias de los sebadales en formación o crecimiento. Se subrayaba, además, la insuficiencia investigadora en estos estudios y se llamaba la atención sobre la falta de legislación precisa que haría muy difícil la conservación de los sebadales. Por otro lado, se valoraban muy positivamente los informes de Haroun, Sánchez y Boyra y de Falcón, en los cuales se coincidía en que, según los análisis y conclusiones, la destrucción de los sebadales ya se había iniciado.”*
El final ya lo sabemos: se construyó el puerto deportivo, desapareció la playa y los naturales del lugar, ultrajados, vieron cómo perdían el derecho a sus propiedades a cambio de nada. Debería darnos vergüenza cuando dejamos que sucedan estas cosas.
(*) Fundación César Manrique, Departamento de Medio Ambiente, en la revista: Informe 2001, Sevicio de Publicaciones de la FCM, Lanzarote, 2002. Páginas: 71-74.
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1.0 La panacea
Desde hace unos años, se viene hablando de protocolos. En la izquierda, en la derecha, en los desvanes y en las bodegas del planeta se declama sobre los protocolos como la panacea para combatir todos los males que nos embisten. Lo bueno que tienen es que una vez aprendidos cualquier persona puede hacer virguerías con ellos.
2.0 Relato protocolizado sobre la excelencia de los protocolos
2.0.1.0 Sábado. Hora: 08:00. París. Una madre suiza se levanta de la cama.
2.0.1.1 Sábado. Hora: 08:00. París. Una madre salvadoreña se levanta de la cama.
2.0.2.0 Sábado. Hora: 11:00. La madre suiza llega al supermercado con un carrito y una lista en la que figuran los productos que necesita, los precios de su última compra y el presupuesto que va a gastarse.
2.0.2.1 Sábado. Hora: 09:30. La madre salvadoreña entra en el supermercado con un niño en brazos. Poco después de traspasar la puerta, su hijito ha derribado una pirámide de latas de comida para perro y ella se pone a recogerlas. Los empleados la miran con cara ofendida, pero ninguna la ayuda.
2.0.3.0 Sábado. Hora: 11:01. La suiza ya tiene ordenada su lista por secciones. Al principio las latas y al final los congelados, para evitar que se calienten los productos. En ese mismo orden, visita los departamentos de comestibles.
2.0.3.1 Sábado. Hora: 09:40. La salvadoreña se dirige primero al lugar de los congelados, porque el día es muy caluroso y en ese espacio suele haber algo más de fresco.
2.0.4.0 Sábado. Hora: 11:18. Diecisiete minutos más tarde, la suiza llega a la caja registradora con treinta productos en su carrito. Coloca sus cosas en la cinta, mira en la pantalla para saber si coincide el precio de cada producto que la cajera pasa. Paga con su tarjeta de crédito y coloca la compra en el carrito que había llevado desde su casa.
2.0.4.1 Sábado. Hora: 11:10. Una hora y media más tarde, la salvadoreña aborda la caja con diez productos y riñendo al niño porque ha abierto un paquete caramelos que se está comiendo con voracidad. La cajera se pone de mal humor porque la cliente le entrega un billete para el que no tiene cambio. Finalmente, la señora sale cargada con las bolsas, porque su hijo se ha llevado el carrito fuera. Tiene la suerte de que otra señora recoge un yogurt que se le había caído. El niño debe andar cerca…
2.0.5.0 Sábado. Hora: 11:23. La suiza coloca la compra en el maletero de su coche blanco. Su carrito encaja a la perfección. Se dirige a la cafetería del supermercado, compra un periódico y pide un café. Lo bebe con calma y un cuarto de hora después vuelve a su auto. Enciende el contacto y sale a la carretera.
2.0.5.1 Sábado. Hora: 11:25. La salvadoreña ha perdido las llaves del maletero de su coche azul. Mete las bolsas de la compra en el asiento trasero y no puede impedir que su hijo se siente delante, con las manos manchadas con el chocolate de los caramelos. Naturalmente, se las limpia en el tapizado. Las llaves no las encuentra ahora, aunque abrió la puerta con ellas. Diez minutos después, se da cuenta de que están dentro de una de las bolsas de la compra. Arranca y sale a la carretera.
2.0.6.0 Sábado. Hora: 11:44. La suiza ve un semáforo en rojo y detiene su automóvil. Se percata de que un coche azul frena a su lado. Dentro hay una mujer de pelo negro y un niño que le enseña la lengua.
2.0.6.1 Sábado. Hora: 11:44. La salvadoreña casi se pasa el semáforo en rojo, por culpa de los gritos de su hijo. Le regaña porque está haciéndole carantoñas a una señora rubia que está en un coche blanco.
2.0.7.0 Sábado. Hora: 11:44. La suiza advierte que algo enorme cae a la calle desde un vecino bloque de viviendas. Mira hacia arriba y observa que el edificio empieza a desmoronarse. Es evidente que caerá justo donde está el semáforo.
2.0.7.1 Sábado. Hora: 11:44. La salvadoreña advierte que algo enorme cae a la calle desde un vecino bloque de viviendas. Mira hacia arriba y observa que el edificio empieza a desmoronarse. Es evidente que caerá justo donde está el semáforo.
2.0.8.0 Sábado. Hora: 11:44. La suiza mira el semáforo, angustiada porque no cambia a verde.
2.0.8.1 Sábado. Hora: 11:44. La salvadoreña aprieta el acelerador y el coche sale disparado. Un camión está a punto de atropellarla y mandarla al otro mundo.
2.0.9.0 Domingo. Hora: 10:00. La suiza está acostada y exhibe una sonrisa serena. Su familia la acompaña. Su marido, sus padres y sus suegros están vestidos de etiqueta, sin una arruga en sus trajes. Sus dos hijos están en silencio, impecablemente peinados.
2.0.9.1 Domingo. Hora: 10:00. La salvadoreña está acostada y se ríe sin parar. Su marido se mete entre las sábanas sin quitarse los pantalones y su hijo salta sobre la cama mientras se come un burrito.
2.0.10.0 Miércoles. Hora: 12:14. La salvadoreña va a visitar a su madre al cementerio. Al lado de su tumba, hay otra lápida recién puesta con el nombre de una mujer suiza. El nombre de su madre está grabado con una falta de ortografía y el florero está roto.
2.0.10.1 Miércoles. Hora: 12:14. La suiza yace en su tumba. Tanto la lápida como los floreros están impecables. A su lado, hay una anciana enterrada que está siendo visitada por su hija.
3.0 Qué es un protocolo. Mi definición de urgencia
Dejando a un lado los diversos protocolos utilizados en las jergas profesionales y sectoriales, hoy entendemos como protocolo un plan detallado para poner en marcha una respuesta eficaz ante cualquier eventualidad. Por ejemplo, en teoría el Protocolo de Kioto es un plan para combatir el calentamiento global, llevando a cabo una serie de acciones que impidan la elevación de la temperatura del planeta. Naturalmente, los protocolos cumplen su función cuando son puestos en práctica.
4.0 El protocolo en el DRAE
El actual Diccionario de la Real Academia Española incluye 4 acepciones para “protocolo”. Todas han quedado casi obsoletas, sin que acierte a describir su uso más general, exceptuando las cenas ceremoniosas y ceremoniales a que tan aficionados son sus autores. Con el propósito de no enmendarse, en la próxima edición añadirán una enigmática quinta definición que quizás se refiera a las redes entre ordenadores, con lo cual uno deduce que los académicos actuales pisan poco la calle, no leen los periódicos, no encienden la tele ni escuchan la radio. ¿Es que jamás han oído hablar del Protocolo de Kioto, de los protocolos adoptados por los cuerpos de bomberos o sobre los que se utilizan en las salas de urgencia de los hospitales? Como dicen los puertorriqueños, ¡Válgame!
5.0 Otro ejemplo de protocolo
5.
0.0 Si una casa se quema, los bomberos suelen utilizar un procedimiento de actuación. Supongamos que es el siguiente:

5.0.1 Tocar la alarma.
5.0.2. Deslizarse por ese tubo que aparece en las películas para llegar al recinto donde están los camiones, procurando separar la entrepierna del duro metal.
5.0.3. Bu
scar la manguera y las escaleras.
5.0.4. Subirse al camión.
5.0.5. Encender luces
y sirenas.
5.0.6. Dirigirse a la calle del incendio intentado atropellar a las bicicletas que aparezcan por el camino.
5.0.7. Localizar el incendio, etc.
Disculpen un ejemplo para aclarar un vocablo tan obvio, pero si no lo saben los señores académicos de la Lengua es posible que haya alguna otra persona que tampoco lo haya escuchado. Quizás algún monje trapense.
6.0 El valor de los protocolos
Nadie puede discutir que muchísimos protocolos son de gran utilidad. Un profesional de la medicina, bien entrenado en diversos protocolos, puede salvar muchas vidas humanas. Lo mismo sucede con otros profesionales, como los pilotos de aviación, los vigilantes de la playa o los mecánicos. ¡Cuánto tiempo y accidentes se ahorran siguiendo un protocolo de actuación para reparar una avería de un automóvil o de un avión que podría costarnos la vida si se pasara algún detalle importante por alto!
Como ven, admito la existencia de protocolos que tienen una utilidad indudable. Sin embargo…
7.0 Sin embargo…
¿Alguien recuerda aquella canción de Sacha Distel, titulada Incendio en Río, en que los bomberos no encontraban las mangueras ni las escaleras? Eran otros tiempos. Si hubiesen tenido un protocolo, no habrían perdido el control ni generado tanta confusión en el cuartel. Y, naturalmente, esa canción tan divertida que hizo saltar a una generación de jóvenes jamás se hubiera cantado.
El ejemplo puede ser tan exagerado como frívolo, pero creo que sirve perfectamente para ponernos en guardia contra la invasión de los protocolos.
8.0 La rentabilidad como problema
8.0.0 El problema de los protocolos es que son rentables. Es decir, si en una empresa se organiza el trabajo con protocolos la cantidad de errores que se comete es menor, lo cual genera un ahorro de tiempo considerable y, por tanto, una rentabilidad económica mayor. Por supuesto, también se puede controlar más a los empleados que es el sueño de miríadas de empresarios, émulos, en buena parte, de Napoleón y Alejandro.
8.0.1 La dirección está clara: convertir a los ciudadanos en una legión de máquinas individuales o de individuos maquinales que respondan de manera idéntica a procedimiento globales o protocolos. Es decir, ordenadores –¡qué palabra tan irónica para designar al que recibe órdenes!– o computadoras humanas descerebradas que no comenten errores laborales.
8.0.2 En la actualidad, un ejército de economistas recién licenciados, empleados del gobierno o de alguna cámara de comercio, recorren las empresas orientando sobre los protocolos. Ponga una ficha electrónica para cada operación y que cada empleado pulse una tecla cuando haya finalizado cada tramo de su parte del trabajo programado para hoy. Procure especializar, dividir en operaciones estancas, protocolizar. Después este maravilloso programa informático se encargará de decirle cuanto tiempo ha perdido hoy ese empleado y a quién debe despedir primero para que su empresa obtenga mayores beneficios.
8.0.3 ¿A quién le importa que un trabajador controlado termine neurótico o paranoico, convencido de que lo están persiguiendo, cuando, en realidad, es verdad que lo persiguen?
8.0.4 ¿A quién le interesa que un empleado pierda su trabajo porque este mes su hijo recién nacido lloró mucho por la noche y no puede concentrarse tanto como el mes pasado?
8.0.5 ¿A quién puede conmoverle que a un operario le suba la presión sanguínea a 23 porque su cabeza no aguanta repetir una vez más el mismo ciclo que ha venido haciendo durante tres años?
9.0 Protocolos en la sopa
Cada día que pasa, los protocolos se imponen más y más. Son rentables. También en el hogar. Los psicólogos, los gurús y hasta los echadores de cartas tienen preparados cientos de protocolos para tratar a los hijos o a la pareja. Si te dice esto, tú reacciona con este protocolo: 1. Sonríe. 2. Cierra los ojos. 3. Imagina que… Si te dice esto otro, tú haces lo siguiente: 1. Dile que preferirías discutir el asunto bajo la ducha. 2. Saca el jabón de Marsella. 3. Abre el grifo del agua fría. 4. Cuando se enfade, tú…
En la actualidad, muchas sociedades son catalogadas de más o menos avanzadas en razón de los protocolos que sean capaces de desarrollar. Y de cumplir, claro. Ya vieron el relato de las dos amas de casa. Lo que se pierde en espontaneidad y en vida, se gana en orden y serenidad.
10.0 Protocolice su vida
Le aconsejo que siga los protocolos al pie de la letra: quizás, dentro de unos años, me dé mucho placer verle a usted desfilar junto al resto de la humanidad bien peinada, conjuntada y al paso de la oca, mientras yo me encuentre completamente solo y sentado en el suelo, comiendo un burrito mexicano, un bocadillo de sardinas o una arepa venezolana, con las manos pringadas de aceite de coco.
Por mi parte, prefiero cantar La manguera con Sachal Distel, aunque sea mi propia casa la que esté ardiendo, a que todos vistamos el mismo uniforme, sea del color que sea.

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He recibido un correo privado, solicitándome una valoración personal de la película LANZAROTE, LA ISLA ESTRELLADA.
Con sinceridad, he de confesar que me gusta escribir en torno a temas que he trabajado alguna vez, pero me cuesta mucho esfuerzo escribir desde un punto de vista personal sobre los trabajos finalizados. Incluyo entre ellos este documental, porque lo considero enteramente terminado y, además, terminado a mi entero gusto, sin haber tenido cortapisas por parte de ninguno de los personajes que intervinieron en su rodaje. Todos fueron ejemplo de amabilidad en el trato y de honradez en sus planteamientos.
Si he de decir algo estrictamente personal es que puse todo mi empeño en que este documental no fuese una suma de elementos para demostrar una opinión formada de antemano. Más bien, mi encuentro con el caso Berrugo de Lanzarote –un prototipo en la defensa de la propia identidad frente a la devastación del territorio– me ha inducido a esta reflexión sobre la ética del actual desarrollo urbanístico. También me ha enriquecido humanamente el contacto con personajes como Santiago Medina Cáceres (siempre con un “sí”, en sus labios, como primera reacción); Pilar del Río (la honradez apasionada sobrepasando la falsa mesura) su esposo, José Saramago (la claridad intelectual, la honestidad como bandera); Pedro Hernández (el compromiso con la isla); Rafael Fuentes (la labor cultural y ecologista, codo a codo con su comunidad); Juan David García Pazos (la abogacía como ejercicio social y solidario); etc.
Lejos de proclamas triunfalistas o apocalípticas, me he esforzado en compartir mis dudas, mis esperanzas o desesperanzas, a través de la propia reflexión y la búsqueda de respuestas en las reflexiones ajenas.
Tanto en su elaboración argumental, como en las imágenes y comentarios, existen contradicciones y complejidades que no he ocultado porque son espejos de las que tenemos como seres humanos y como sociedad.
Evidentemente, si algo disgusta a los poderes establecidos, en casi cualquier época y territorio, es que alguien reflexione sobre la sociedad que intentan controlar, sobre la ética de sus comportamientos y sobre la razón o la sinrazón de ser y de estar de esos propios poderes. Mucho menos les agrada que se anime a reflexionar a otras personas.
En este documental, a mi pregunta ¿Entonces, qué actitud tomar? ante la grave situación moral sin aparente salida que atraviesa la sociedad, José Saramago responde: “Seguir andando, seguir adelante, denunciar lo que está mal. Decir a la gente que la vida no es sólo un coche, ni un campo de golf ni una piscina. La vida merecería mucho más que eso”.
Decir a la gente. Crear una conciencia colectiva ética, sin apresuramientos, sedimentando en el bien común el edificio social que pretendemos construir. No es trabajo de un mes, un año o un lustro; ni siquiera de una vida. Ya lo tuvo en cuenta Benito Pérez Galdós, cuando en el siglo XIX escribió en su obra La segunda casaca:
“Vemos el instantáneo triunfo de la idea verdadera sobre la falsa en la esfera del pensamiento, y creemos que con igual rapidez puede triunfar la idea sobre las costumbres. Las costumbres las ha hecho el tiempo con tanta paciencia y lentitud como ha hecho las montañas, y sólo el tiempo, trabajando un día y otro, las puede destruir. No se derriban montes a bayonetazos.”
Escrito en La isla estrellada, Manuel Mora Morales, Película, Re-flexiones | Etiquetado escribir, estrellada, galdos, isla, la, lanzarote, perez, reflexiones, saramago | 2 Comentarios »
Tengo el gusto de invitarles al estreno de una película en esta misma página, en versión completa, actual, dura y polémica: LANZAROTE, LA ISLA ESTRELLADA*.
* estrellar.
1. tr. Sembrar o llenar de estrellas. U. m. c. prnl.
2. tr. coloq. Arrojar con violencia algo contra otra cosa, haciéndolo pedazos. U. t. c. prnl.
Diccionario de la Real Academia Española
Creo que, por primera vez, en el estado español, se realiza un estreno mundial de estas características. Amazonas Films, como uno de los primeros partners oficiales de YouTube, inicia una serie de filmes de larga duración, acordes con los más avanzados medios tecnológicos actuales. Me honro en ser director y guionista del primero de ellos.
Con tecnología HD (Alta Definición), ya está disponible en el portal de Amazonas Films (youtube.com/amazonasfilms) una película de 50 minutos que relata la increíble gesta de los hermanos Medina Cáceres. Una historia relacionada con la destrucción de las costas de Lanzarote, una isla del archipiélago canario que actualmente se estrella contra su propio desarrollo urbanístico.
Junto al Premio Nobel José Saramago, intervienen otros intelectuales y ciudadanos conscientes de la necesidad de frenar a toda costa la especulación urbanística. La película es una reflexión sobre el modelo actual de turismo y desarrollo. No sólo se ha puesto de relieve su aspecto más conocido, el de la corrupción empresarial y política, sino el que incide de manera perturbadora sobre la ecología humana y natural, lesionando la dignidad de las personas y la armonía del medio donde éstas viven.
El núcleo del film es una antigua casa de salineros. Situada hasta hace pocos años en una playa, a la orilla del mar, se encuentra ahora a muchos metros de la orilla, cercada por un gran complejo turístico que ha devastado esa parte de la costa, antes llamada Berrugo, entre Playa Blanca y Papagayo, en el municipio de Yaiza.
Como si fuera la aldea de Asterix, la Casa de Berrugo ha resistido durante años los embates desarrollistas que han pretendido hacerla desaparecer. Su dueños son los hermanos Medina Cáceres, nacidos en esta vivienda que era propiedad de sus padres desde 1905. A pesar de la avanzada edad de los hermanos, su resistencia a abandonar su casa se ha hecho legendaria dentro y fuera de Lanzarote.
Esta lucha de largos años, es descrita por sus protagonistas y comentada por quienes viven de cerca el salvajismo arquitectónico en la isla que hasta hace pocos años fue la gran reserva del turismo ecológico en Canarias. La Isla de César se ha tornado en la Isla Estrellada.
SINOPSIS
GUIÓN Y DIRECCIÓN: Manuel Mora Morales
ENTREVISTADOS: José Saramago, Pilar del Río, Rafael Fuentes, Pedro Hernández, Santiago Medina Cáceres, Gabino Medina Cáceres, Juana Ángela, Juan Medina Cáceres, Rafael Almenara y Juan David García Pazos.
RODAJE: Lanzarote, Fuerteventura, Gran Canaria y Tenerife.
AÑO DE ESTRENO: 2009
LUGAR DE ESTRENO: YouTube.com
SOPORTE: Vídeo HD
SONIDO: Estéreo
BLOG OFICIAL: http://islaestrellada.blogspot.com/
Escrito en Manuel Mora Morales, Película, video | Etiquetado berrugo, caceres, canary, casa, cho vito, chovito, corrupcion, del rio, hotel, hoteles, islands, jose, lanzarote, marina rubicon, medina, papagayo, pilar, playa blenca, puerto, salina, salinero, saramago, yaiza | 1 comentario

LOS PENDEJOS
… El que sabe una barbaridad sobre los pendejos es Facundo Cabral. En un recital en que cantó junto a Alberto Cortés, ofreció la siguiente parrafada, referida a un pariente suyo que era coronel:
Solamente le tenía miedo a los pendejos. Un día le pregunté:
-¿Por qué?
Y me dijo:
-Porque son muchos. No hay forma de cubrir semejante frente.
-Y por temprano que te levantes -prosiguió Cabral impertubable-, a donde vayas ya está lleno de pendejos.
-Son peligrosos, porque al ser mayoría eligen hasta el presidente.
-Los hay de todas categorías. Por ejemplo, está el pendejo informático que es un pendejo computado.
-El pendejo burócrata que es oficialmente pendejo.
-El pendejo optimista que cree que no es pendejo.
-El pendejo pesimista que cree que él es el único pendejo.
-El pendejo esférico que es pendejo por todos lados.
-El pendejo fosforescente, porque hasta de noche se ve que por allá viene un pendejo.
-El pendejo de referencia: ¿dónde está Alberto? Al lado de el pendejo de la chaqueta azul.
-El pendejo consciente, que sabe que es pendejo.
-El pendejo de sangre azul, que es hijo y nieto de pendejos.
-El más peligroso de todos: el pendejo demagogo, que cree que el pueblo es pendejo.
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Pedro García Cabrera está considerado como el mejor poeta oriundo de las Islas Canarias. Nació en la isla de La Gomera, en el año 1905, murió en Tenerife, en 1981. Estudió la carrera de maestro y estuvo vinculado al movimiento surrealista y a la revista “La Gaceta del Arte”.
A raíz del golpe de estado de 1936, fue arrestado y enviado a un campo de concentración en Villa Cisneros. Allí, organizó una evasión y con otros compañeros secuestró el vapor “Viera y Clavijo” y se dirigió a Senegal. Después marchó a Marsella y pasó a Andalucía, donde se integró en el frente republicano, pero de nuevo cayó en manos del ejército golpista y sufrió prisión durante siete años.
El resto de su vida permaneció en Canarias, padeciendo las penurias de aquéllos que se opusieron a Franco, sin poder ejercer siquiera su carrera de magisterio.
Su obra es abundante, lúcida y de una belleza primordial. Nada mejor para catar su poesía que leer uno de sus poemas.
Un día habrá una isla
que no sea silencio amordazado
Que me entierren en ella,
donde mi libertad dé sus rumores
a todos los que pisen sus orillas.
Solo no estoy. Están conmigo siempre
horizontes y manos de esperanza,
aquellos que no cesan
de mirarse la cara en sus heridas,
aquellos que no pierden
el corazón y el rumbo en las tormentas,
los que lloran de rabia
y se tragan el tiempo en carne viva.
Y cuando mis palabras se liberen
del combate en que muero y en que vivo,
la alegría del mar le pido a todos
cuantos partan su pan en esa isla
que no sea silencio amordazado.
(Las Islas en que vivo, 1971)
MI RELACIÓN CON EL POETA
El hogar familiar de mis abuelos maternos estaba pegado a la casa de Pedro García Cabrera. Los primeros años del poeta estuvieron cercanos a los de mi familia y tuve el privilegio de conocer muchas anécdotas de primera mano. Personalmente, lo conocí en 1970 y mantuve una relación más cercana a partir de 1977. Puedo dar testimonio de que fue un hombre sencillo que podía mantener una conversación a cualquier nivel, lejos del engolamiento que tantas veces se instala en los literatos reconocidos.
Años después de su muerte, participé en un par de trabajos relacionados con su poesía.
Uno de mis mayores tesoros es una página que me regaló el poeta con un romance dedicado a la isla donde ambos nacimos. En mi mesa de noche suele haber alguna de sus obras. Pocas veces salgo de viaje sin llevarme un libro suyo en la maleta.
MÁS SOBRE GARCÍA CABRERA
Vínculo a un mediometraje sobre Pedro García Cabrera y la identidad de su isla. Con poemas recitados en “Silbo gomero”.
Vínculo a la Fundación Pedro García Cabrera
Vínculo a Wikipedia
Vínculo a una interesante página sobre el poeta
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Escuché la frase mil veces, pero nunca le puse atención: “Uno compra un décimo, aunque no con el fin de ganar millones, que eso es imposible, sino para llevarse a casa un poquito de ilusión.”
El otro día compré un billete de la Once en el mercado municipal y el señor que lo vendió me dijo lo mismo: “Se compra por tener algo con qué soñar”. Me costó 3 euros y publicitaba una ganancia nada menos que de 9 millones ¡de euros!
De camino a casa, cargado con bolsas de verdura, me puse a hacer la prueba del “poquito de ilusión”. Si me ganaba esa noche los 9 millones, ¿qué haría?
Lo primero: naturalmente, llevarlos al banco para darle una alegría al director de mi sucursal (al fin y al cabo, es la persona que más conoce mis tropiezos, mis debilidades, mis esfuerzos por no morirme de un infarto para dejarle bien ante sus invisibles superiores que son, según él, quienes le dan siempre la orden de estrangularme).
Lo segundo: ir a Hacienda y sacarle la lengua a ese funcionario de mirada homicida que todos conocemos y que nos persigue a los contribuyentes de medio pelo como si no tuviera otra misión en su puñetera vida kafkosa.
Lo tercero: repartir. ¡Vaya alegría! La familia, ciertos amigos, algunas instituciones bienintencionadas,…
Aquí se me planteó un gran problema. Iba por la mitad del camino cuando me formulé la pregunta del millón, es decir, de los nueve millones:
–¿A quién no le reparto euros?
Poco a poco, fui encontrando razonables razones para no darle ni un céntimo a algunos. ¡Qué placer negarle el pan y la sal a nuestros enemigos, aunque sean enemigos de juguete! A éste le doy y a éste no le doy. ¿Y a éste? ¡Ah, a éste lo pondré a prueba y, si la pasa, le regalo un chalet, pero si no la pasa no lo invito ni a un café con leche desnatada! ¡Qué poderío! ¡Los que me adoren al cielo de los jacuzzis y el resto a las tinieblas de las duchas con plato y cortina de plástico!
Nueve millones de euros en pesetas son…, vamos a ver… uf, más de mil quinientos kilos. ¿Cuántos dejo para mis gastos? Supongamos que yo viva por lo menos hasta los setenta y cinco, entonces necesito…
El camino a casa se me pasó más rápido que si hubiera ido en el ave (no digo en un airbus, por si acaso se desploma en el jardín de la vecina y la muy lagarta se me queda con el décimo y la caja negra). Dejé las bolsas en la cocina y me sentí relajado. Desmadejado como si me hubieran dado un masaje en una terma de Estambul o me hubiese tragado un frasco de Prozac remojado en una infusión de tila. Las ondas alfa tomaron el mando en mi cabeza, como por arte de magia y ya no me abandonaron hasta la hora de dormir.
Tanto me relajé que, por la noche, me olvidé de mirar si había ganado. En realidad, hoy –seis días después– es cuando comprobé que no he acertado ni una sola cifra del número adquirido (eso también merecería un premio).
Pero no me importó demasiado, porque ya había recibido mi recompensa en forma de una auténtica lluvia multicolor de serotonina y endorfina que pienso repetir éste y todos los fines de semana hasta que el Tribunal Supremo, el Constitucional o el de Bruselas considere que estancos e invidentes están haciendo una competencia desleal a los laboratorios farmacéuticos y nos obliguen a comprar la lotería en las boticas, con receta médica.
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El orden es uno de los elementos de lo bello combinado con lo grande.
Aristóteles

Escribir no es ordenar. A quien le guste ordenar se sentirá más cómodo siendo teniente que escritor. No obstante, el orden utilizado como herramienta secundaria facilita el trabajo literario. Si usted se dedica o piensa dedicarse a escribir, quizás le sean de alguna utilidad las siguientes sugerencias.
Esfuércese en organizar su trabajo, sea cual sea el tipo de libro que escriba. Si tiene demasiadas informaciones y no las puede manejar con facilidad en una libreta o en un archivo de su procesador de texto, intente construir una “base de datos”, bien sea por medio de fichas de cartulina o de un programa informático tipo Excel. Eso le ayudará a efectuar la redacción final con mayor rapidez y a no olvidar o extraviar alguna información importante, lo cual sucede con harta frecuencia.
Si tiene la costumbre de ir escribiendo en papelitos, cajas de cerillas, servilletas de bar y demás soportes propensos a tolerar descargas literarias, no los vaya acumulando en su escritorio “para mañana o pasado”; páselos a limpio cuanto antes. Si nota que le cuesta hacerlo, pídale a algún pariente que cada lunes recoja sus “papelitos” y los queme… Le aseguro que después de sucederle esto la segunda vez, usted los pasará a limpio, diligentemente.
Sin embargo, no crea usted que por tener la mesa de trabajo como una leonera va a ser incapaz de escribir una gran obra. Mis recomendaciones van en el sentido de hacerle ganar tiempo cuando vaya a buscar las cosas, pero si usted se siente más cómodo en una habitación desordenada, desordénela y no deje que nadie se la toque.
Tampoco tiene por qué hacer caso a quienes le digan que su obra será como su mesa de trabajo o como su aliño personal. Eso es completamente falso. Hay quien tiene su mesa como un espejo y sólo es capaz de producir una prosa enmarañada y confusa, mientras que otros más desordenados publican libros de una pulcritud pasmosa.
Tal vez deberíamos reflexionar sobre la división de caracteres que estableció Reich*: el que participa de lo neurótico y el que participa de lo anal. El primero tiende al desorden, a la excitación y a la colitis; el segundo, al orden, a la frialdad y al estreñimiento. Los aficionados al ajedrez saben muy bien a lo que me refiero, si les recuerdo a dos grandes campeones ya desaparecidos: el juego simple del cubano Capablanca –el sempiterno C3AR tras su P4R– y los turbulentos movimientos de Alekhine –P4D y P4AD para propiciar el gambito…
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* Reich, Wilhem: Análisis del carácter. Ediciones Paidós, Barcelona, 1980.
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FOTO DE MARCO TRAJANO.
EL EMPERADOR EN SU DESPACHO
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Hay hombres cuya conducta es una mentira continua.
Barón de Holbach)
En la Edad Media, algunos monasterios fueron centros culturales dedicados al rescate de textos de antiguos manuscritos, mediante las copias que realizaban los monjes especializados. Sin embargo, estas copias no eran literales. Los copistas intentaban mejorar los textos, creando un nuevo manuscrito que no era reproducción exacta del original. De esta manera, los roles de autor y de copista tendían a confundirse y la idea de plagio aún no había adquirido cuerpo. Como caso extremo, se puede mencionar a Petrarca, cuya profesión de copista, le llevó finalmente a producir textos completamente originales, a fuerza de copiar libros ajenos.
La llegada de la imprenta confirió un papel destacado a los autores, a quienes se les reconoció la paternidad de sus obras y su propiedad intelectual. Se entiende, pues, por plagio la copia de partes substanciales de obras ajenas, dándolas como propias. Si usted reproduce literalmente lo que otro autor ha escrito, sin entrecomillar o indexar el texto y sin citar su procedencia, está cometiendo un plagio. Sin embargo, cuando alguien repite con otras palabras el pensamiento de un autor no hace un plagio, sino una paráfrasis, lo cual es perfectamente legal.
Todo eso está llevando a numerosos autores a poner marcas en algunas partes de sus obras que les permitan demostrar que el robo intelectual ha sido llevado a cabo. No permita usted que personas o empresas sin escrúpulos se aprovechen de su labor literaria y denuncie al autor del robo de inmediato: así ayudará no sólo a mantener alta la dignidad de los escritores, diferenciándolos de los simples plagiarios, sino también a proteger a los lectores del fraude.
En lo que se refiere a la información electrónica, como puede ser la extraída de Internet, y a los pequeños o grandes plagios, dice Nuria Amat:
Todo dependerá de la honestidad, creatividad o estrategia con que el escritor sepa aprovecharlas de un modo innovador. Queda librada a cada cual la facultad de decidir si elabora un texto forjado en base a fragmentos no identificados de otros textos (Foucault no contempla otra forma de escribir) o bien trata de exponer o recrear alguna idea nueva. [...] La creación original como idea romántica de la elaboración de un texto es un concepto superado. Ser original significa poco más que disponer de un talento particular para saber copiar de la manera correcta. […] Todo escritor tiene algo de plagiario, de copista y de traidor […]. Todo escritor es un ladrón de textos. Un saqueador de citas. Se trata en verdad de pequeños robos, y no hay escritor que no sea, en cierto modo, lector y, por tanto, un repetidor de voces.*
Permítame finalizar este post, medio en broma y medio en serio, afirmando que el plagio –no como figura jurídica, sino ética– no concluye en la copia de obras ajenas, sino que también incluye las propias, aunque eso, a veces sea inevitable. Decía Chesterton, con sorna, que todo autor termina siendo su mejor e involuntario parodista y Borges, que conocía perfectamente la cita de Chesterton, la parafraseó –¿quién se atrevería a afirmar que el divino argentino pudo plagiarla?– de este modo: “Todo escritor acaba por ser su menos inteligente discípulo.”**
Cualquier autor que no enriquezca continuamente su vocabulario y su sintaxis no sólo se estanca, sino que los va perdiendo, al tiempo que se anquilosa su estilo con las mismas estructuras y palabras, repetidas una y mil veces.
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* Amat, Nuria: El libro mudo. Las aventuras del escritor entre la pluma y el ordenador. Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1994.
** Borges, Jorge Luis: Veinticinco de agosto, 1983. En: Borges: La memoria de Shakespeare. Alianza Editorial, Madrid, 1999.
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Voltaire

Los libros se parecen más a los dioses menores que a los seres humanos. Como aquéllos, nacen, crecen, se reproducen, mueren o alcanzan la inmortalidad. Por el camino se desgastan o fortalecen, hasta lograr una situación más o menos estable en la memoria, lo cual también quiere decir en el olvido. No son estados definitivos. Las modas, las casualidades, los cambios de mentalidad y los intereses humanos relegan y recuperan libros y dioses de manera continua. Sin embargo, el tiempo transcurrido desde su creación es un buen crisol para poner a prueba la calidad o la divinidad de cada cual.
Hace quince años fue publicada la novela ¡Menudo reparto!, de Jonathan Coe. Poco tiempo ha transcurrido desde entonces para saber si su destino será la tumba o el olimpo, pero llama la atención comprobar que su lectura tiene mayor interés en el año 2009 que en 1994, no sólo en el plano literario sino en los aspectos éticos y socioeconómicos. Con un estilo que recuerda los tests de Rochard, Coe elaboró una obra muy interesante que puede abordarse desde diversos ángulos. Por mi parte, la cercana relación que siempre he mantenido con la creación gráfica, tal vez me haya llevado a interesarme, de manera particular, por el juego de espejos y degradados entre el carácter de los personajes, las acciones y el estilo literario de ¡Menudo reparto!
DEGRADADOS
Según el Diccionario de la Academia, el verbo degradar se utiliza para describir la acción de reducir las cualidades inherentes a alguien o algo. Sin embargo, su participio, degradado, el cual se ha convertido en sustantivo desde hace mucho tiempo, no figura en el DRAE. Este término se utiliza, fundamentalmente, en los siguientes casos:
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Pintura: referido a la disminución del tamaño y viveza del color de las figuras de un cuadro, según la distancia a que se suponen colocadas. Aunque para el pintor, degradado y difuminado se logran con técnicas diferentes, desde el punto de vista del espectador vienen a ser sinónimos, puesto que el resultado visual es parecido.
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Química: transformar una sustancia compleja en otra de constitución más sencilla.
- Ética: persona humillada, rebajada o envilecida.
- Instituciones: alguien privado de las dignidades, honores, empleos y privilegios que tenía.
- Cine: transición entre dos planos en que las imágenes de ambos se mezclan gradualmente.
Todas estas aplicaciones del término, usado como verbo, adjetivo o sustantivo, son sobradamente conocidas. Quizás, sea menos habitual que se examine su utilización como técnica literaria.
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UNA NOVELA. UNA PELÍCULA
Cuando Jonathan Coe, el célebre escritor británico, no se había desprendido de la mayor parte de sus ropajes literarios para llegar a su reciente La lluvia antes de caer, escribió una novela titulada ¡Menudo reparto! (What a Carve Up!). Fue publicada en el Reino Unido, en 1994, y, en España, apareció dos años más tarde de la mano de Anagrama. El título de la obra se debe a un mediocre film británico (What a Carve Up!), estrenado en 1961, dirigido por Pat Jackson y protagonizado por Sid James, Kenneth Connor, Shirley Eaton y otros intérpretes ingleses del momento. La película narra una reunión familiar nocturna en una mansión, en la que los miembros de una familia van siendo asesinados de manera misteriosa.

Shirley Eaton tiene un rol significativo en la novela de Coe. Esta intérprete actuó también en una película de James Bond, en el papel de la secretaria de Goldfinger. La imagen de la derecha muestra cómo murió en este film, cubierta por un baño de oro que le impedía respirar.
Jonathan Coe no sólo toma el título de esta película, sino que toda su novela gira en torno a ella: el parecido físico de algunos personajes, la reunión familiar, los asesinatos, el impacto que le produjo su visión al narrador en su infancia, la sensualidad de una escena entre Kenneth Connor y Shirley Eaton, incluso la mezcla de comedia y thriller, que contiene este film de segunda categoría, llega a impregnar gran parte del relato.
Bueno será advertir que las técnicas de este escritor británico nada tienen nada que ver con muchas de esas novelas basadas en películas que durante la última década han salido de la pluma de una generación de novelistas cubanos. Este especialísimo método consiste en ver un film cualquiera en un cine del extranjero, volver a Cuba y contarlo en un libro, lo mismo que se contaría el capítulo de un culebrón a un compañero de trabajo en la hora del desayuno. Y confiar en que tanto los editores como los lectores no tengan la mala fortuna de tropezarse con la película.
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DEGRADADOS FAMILIARES
El argumento de la novela: en la década de 1980, Robert Owen, un escritor de 38 años, con dos libros publicados y falto de dinero, es contratado por Tabitha Winshaw, una anciana aristócrata presuntamente chiflada, para que escriba la historia de su familia. Poco a poco, el escritor va descubriendo que los miembros de esta saga son codiciosos, corruptos –degradados, al fin– y controlan gran parte de la vida económica, artística y política de Gran Bretaña.
La llegada al poder de Margareth Thacher con sus pelotazos, sus medidas privatizadoras y sus recortes de los derechos de las clases medias y trabajadoras, le viene de perilla a los Winshaw. Cada uno de sus miembros multiplica su fortuna, usando los resortes que el gobierno de Thacher pone a su alcance: Mark y la venta de armas a Saddam Husein; Thomas y las escandalosas ganancias de los bancos en la adquisición de empresas públicas; Henry y el traspaso a la sanidad privada de los capitales destinados a la sanidad pública; Roddy y el encanallamiento de las galerías de arte; Hillary y la manipulación de la opinión por medio de la prensa amarilla; Dorothy y el mortífero negocio de la comida basura;…

Durante el mandato de Margareth Thacher, las compañías británicas surtieron de armamento de todo tipo al régimen de Saddam Husein, con el apoyo de la primera ministra. La novela “¡Menudo reparto!” informa cómo se llevaron a cabo estos negocios multimillonarios, en manos de pocas personas.
Un cuadro familiar que veinte años más tarde no nos parece lejano, sino a la moda más en boga, ataviado con la más rabiosa actualidad en que lo sitúa la brutal crisis derivada de la política thacheriana –nada para los trabajadores, pero sin los trabajadores– que se fue extendiendo como una mala fiebre por los países del primer mundo. La canonización de la codicia y de los codiciosos: San Mario Conde, San Emilio Botín, San BBVA, San Bernard Madoff,… Admirados de todos, llevados a los altares por los presidentes de de las corporaciones, por los presidentes de las naciones y por los medios de comunicación, señalados como patrones de conducta a seguir por las nuevas generaciones. Degradados en su comportamiento ético y declarados arquetipos de la hipermodernidad.
DEGRADADOS CINEMATOGRÁFICOS
Los editores y montadores de películas saben perfectamente que la transición en degradado entre los planos del film presenta grandes dificultades, porque a las imágenes les cuesta mezclarse de manera correcta. Incluso, los más nuevos programas de tratamiento de imagen digital tienen problemas con los degradados. A pesar de ello, si no se abusa de este efecto, como suelen hacer los principantes, los degradados proporcionan una transición armoniosa entre dos planos que se suponen separados por el tiempo narrativo o por el espacio geográfico.

La “invasión” de la literatura por parte del cine es de sobra conocida. Sin embargo, los recursos cinematográficos son cada vez más aplicados por los escritores a la narrativa e, incluso, a las obras de ensayo.
Existe una transición algo más sofisticada para que los planos no “salten” ante el espectador, sino que se desarrollen de manera uniforme. Consiste en colocar, en cada uno de los dos planos, elementos semejantes o que contengan resonancias comunes. Podría ser que el primero contuviese la trompa de un elefante y el segundo incluyera el primer plano de un dedo (formas parecidas), o la trompa de una orquesta sinfónica (homónimo), o una nube gris (colores semejantes) o una persona con la nariz chata (oposición). También se puede vincular más sutilmente, recurriendo a conceptos en lugar de imágenes: el plano primero plantea un interrogante sobre la crueldad de la guerra y el segundo plano ofrece el discurso económico de un banquero como respuesta. Lo esencial es que la mente del espectador encuentre el vínculo entre los dos planos. Esto bastará para que el tránsito entre ambos se realice de manera tan suave como en un degradado físico (todo lo física que puede ser una imagen digital). Lo cual nos situaría frente a un efectivo degradado subliminal.
Hay otra transición importante en cinematografía: la que une dos secuencias. Mientras las transiciones entre planos suelen ser decididas en el momento de la edición, las correspondientes a las escenas es conveniente que estén explicitadas de antemano en el guión. Cuando las acciones de cada secuencia desembocan de manera natural en la siguiente, no es preciso construir puentes que las unan. Si en la pantalla vemos a un hombre estrellarse con su coche contra un árbol y, en la siguiente escena, aparece una familia llorando junto a un féretro, los enlaces entre ambas acciones son evidentes.
Sin embargo, no siempre sucede así. Después del accidente podría venir una secuencia en la que un grupo de amigos está celebrando una comida, y el director desea unir ambas escenas. En este caso, hay que intercalar una pequeña transición que nos informe por qué el resultado del accidente motiva la comida. Esa explicación no tiene por qué ir exactamente entre ambas escenas, sino que puede ubicarse en medio de la acción de la comida, desvelando, por ejemplo, que se está recordando el aniversario de la muerte del automovilista. Así, los espectadores tendremos ante nuestros ojos una situación tan coherente como consecuente.
Evidentemente, el guionista o el director de la película puede decidir romper vínculos entre planos o secuencias para buscar efectos gráficos, filosóficos o psicológicos, lo cual tampoco deja de ser otra forma de transición. Pero aquí estamos hablando de degradados, no de rupturas.
DEGRADADOS NARRATIVOS
Una obra literaria funciona, en muchos aspectos, como un cuadro o como una película. En lo que se refiere a degradados y transiciones, también. En mi opinión, la novela ¡Menudo reparto!, de Jonathan Coe, es una de las obras donde más se han aplicado los degradados de todo tipo, desde la conducta de la desalmada familia Winshaw a las técnicas literarias desplegadas por el autor.
Las reflexiones sobre las transiciones en cinematografía no las he traído por puro capricho, sino como ejemplo de las técnicas que Coe –conocedor del medio cinematográfico– aplica en su novela. Sólo que el autor británico las expande hasta convertirlas, en ocasiones, en el elemento más importante de varios pasajes de su obra que se nos presentan de una manera tan permeable que no nos cuesta trabajo deslizarnos hacia los otros planos narrativos que el autor ha urdido encima y debajo del texto principal.
Uno de los recursos de Jonathan Coe, utilizado sobre los degradados literarios de la misma manera que las migas de pan de Pulgarcito sobre los caminos del bosque, es la introducción de un elevado número de aparentes casualidades. Leídas hoy, algunas páginas recuerdan El cuaderno rojo, de Paul Auster, un buen ejemplo sobre el empleo del azar en la narrativa. Y hasta se podría pensar que Coe se inspiró en esa obra, si no fuera por el hecho de que fue publicada un año después que la suya. Sin embargo, en ¡Menudo reparto!, las casualidades terminan convirtiéndose en causalidades y, a lo largo de casi 500 páginas, actúan como vínculos que sujetan con firmeza cada punto de los degradados, invitando al lector a seguir su rastro hasta la casa del ogro o a devorarlas con avidez, como los pajaritos a las migas.
La novela comprende la vida completa de Robert Owen, el protagonista-escritor-narrador, desde su infancia hasta el día de su muerte, pasando por su adolescencia y juventud. Los capítulos no siguen un orden cronológico, sino neurológico, como si fueran páginas web que hicieran su aparición cuando se activa el vínculo de cualquier palabra, asunto o recuerdo. Sin embargo, su ordenamiento está lejos de constituir un caprichoso albedrío por parte de Coe. Al contrario, siguen un plan que les lleva a solaparse, actuando un tul que nos permite entrever otros hilos narrativos que transcurren de manera más subterránea, provenientes del pasado, del subconsciente o de filmes que no se citan, como La rosa del Cairo. Los diversos grados de transparencia en estos degradados nos sumergen más y más en la visión cómico-depresiva del protagonista.
El final es brillante, como corresponde a una buena novela policiaca, y vuelve a evocarnos a Auster, esta vez travestido en Agatha Christie. Las pistas, que estaban sembradas a lo largo y ancho del libro, van siendo abonadas y retoñando, página tras página, hasta alcanzar la madurez sin estridencias, asombrándonos de haber presentido unos frutos y de no haber advertido otros.
¡Menudo reparto! Es una excelente novela que, siendo un clara denuncia del comportamiento infame de una clase social codiciosa y abusadora, resulta también un buen ejemplo de narración sutil que en ocasiones llega a evocarnos pasajes del mejor Lezama Lima. La recomiendo especialmente a los lectores interesado en técnicas narrativas. Como curiosidad, debo añadir, que sobre este libro realizó la BBC una dramatización en ocho programas de radio, emitidos en el año 2005, que tuvieron una excelente acogida.
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