Político, cura y, sin embargo, honrado

ARP-COLEGIO

El próximo día 9 de noviembre de 2018, se cumplen 261 años del nacimiento en La Gomera de Antonio Ruiz de Padrón, el principal protagonista de la derogación de la Inquisicion española en las Cortes de Cádiz. Sirvan estos párrafos extractados de mi novela “La isla transparente” como recordatorio y homenaje a este personaje con prestigio mundial que, tal vez, algún día sea celebrado en su isla natal con el monumento que hasta hoy se le ha negado.

San Sebastián de La Gomera
Miércoles, 9 de noviembre de 1757

Hace más de un siglo, visitó las Islas Canarias el poeta francés Saint-Amant, el cual escribió estos versos sobre el archipiélago:

“Los higos las uvas moscatel
los melocotones los melones
coronan aquí al dios
que con delicia bebe.
Y las venerables palmeras
ceden bajo el peso de frutos exquisitos.
Aquí las cañas con su dulce savia
no crecen en los pantanos
sino en la orilla de las montañas
donde forman bosques
cuyo oro lleno de ambrosía
se abre y sube a los cielos.
Aquí el naranjo madura
y retoña en el mismo día
Y en cada mes del año
vemos la primavera y el verano
fundidos con el otoño.”

En esta casa nació Antonio José de San Miguel Ruiz Armas (Antonio Ruiz de Padrón), en el siglo XVIII.

LA CASA FAMILIAR

Y es cierto que el día no puede ser más luminoso ni el cielo pintarse con más azul sobre la casa de Gaspar, situada cerca de la iglesia de la Asunción y de la ermita de San Sebastián.
Frente a ella se encuentra la Aduana: otra vivienda de dos plantas nombrada desde hace siglos como Casa de Colón, porque allí se alojaba el Almirante de la Mar Océana durante las temporadas que venía a retozar con Beatriz de Bobadilla, viuda de Hernán Peraza el Joven, quien fue en vida el sanguinario Señor de La Gomera y, en muerte, se ha convertido en la memoria de todas las ignominias.
La fachada de la casa es amplia y la puerta de entrada está flanqueada por dos ventanas en la planta baja. El zaguán se abre a un patio rectangular con los laterales rodeados por el amplio balcón del piso alto. En realidad, el balcón interior es una galería que conduce a las habitaciones superiores. La segunda planta posee un suelo entarimado con magnífica tea canaria y amplios ventanales que dan a la calle Real.
Desde el Día de Difuntos todo está preparado para que Jerónima alumbre a una niña el diez de noviembre. Se da por seguro que, tan pronto se complete el primer año del casamiento, una hermosa criatura vendrá a alegrar el hogar de los Ruiz. Hoy es día nueve y ya urge traer a la comadrona. Gaspar Ruiz y Padrón, el inminente padre, se encarga de ir en su busca a la miserable casucha donde vive.

LA SANGRE MENSTRUAL
En Canarias, la partera forma parte de la esfera social más baja, junto a los matarifes, los carniceros y los verdugos: incluso ellas son peor consideradas que los verdugos. Este rechazo social que se extiende hasta sus hijos y nietos proviene desde la época anterior a la Conquista en que cualquier relación con la sangre se consideraba tan vil o más que en este siglo dieciocho.
No están estas convicciones muy lejanas de las creencias europeas que consideran la sangre de la menstruación femenina como pecaminosa e impura: responsable del morbo femenino como afirman los médicos y los clérigos. El contacto con la sangre menstrual se percibe como peligroso no sólo para las personas sino para la leche, el vino o la cerveza que llegarían a agriarse con su cercanía: sobre todo si la mujer no está bien templada y libre de pensamientos pecaminosos que le produzcan morbosidad.
Aristóteles y Plinio sostenían que esta sangre enloquece a los hombres, además de enmohecer el hierro, secar los árboles y las flores, empañar los espejos y producir la rabia en los perros.
En estas islas se sabe que una mujer con el período no debe acercarse a la mar, porque ésta se pondría a batir en ese punto de la costa y aun trataría de llevarse a la mujer con ella. Y si toca una herida se infectará y tardará en sanar. Y si mira a un niño gordo si haberle dicho “Dios te guarde”, lo enfermará de quebranto.
Esto lo sabía muy bien Bartolomé García Jiménez, Obispo de Canarias, quien prohibió la entrada en los templos de las mujeres con el menstruo, aunque fuera festivo o domingo.
La partera está en la puerta de su casita despiojando a uno de sus hijos. Al conocer la noticia, se coloca un pañuelo en la cabeza: lo ata debajo de la barbilla: recoge la figura del Niño Jesús el Parterito y acompaña a Gaspar.
Camina descalza como la gran mayoría de los habitantes de estas islas y del resto del mundo.

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LOS ABORTOS
Las parteras son algo más que sospechosas de practicar abortos, pero es raro que alguien las denuncie a la Iglesia porque las familias van a necesitarlas tarde o temprano y es mejor estar a bien con ellas. También los galenos abortan muchos embarazos no deseados en las mujeres que quieren ocultar ante su marido o sus vecinos la deshonra de un hijo ilegítimo.
Es evidente que la gente común sabe que se pueden evitar los hijos con el coitus interruptus como hace pocos años le demostró al Santo Oficio la moza tinerfeña Melchora de los Reyes al confesar que las veintitantas veces que tuvo relaciones carnales con un fraile de la villa de La Orotava no quedó preñada porque el eclesiástico “terminó saliéndose fuera”.
En la villa hay dos parteras: Edelmira Santos y nuestra Conchilla Curbelo. Todos saben que Conchilla es la mejor: la más limpia: la más habilidosa: la que más rezos conoce. Pero muchas familias no la llaman porque tiene la lengua muy suelta.
Un episodio sucedido a finales del pasado siglo diecisiete, durante el mandato del ya nombrado Obispo fray Bartolomé García Jiménez, es significativo sobre las prácticas abortivas que se producen en La Gomera:
El médico Francisco Pano envió un informe al obispado sobre el caso sucedido en Vallehermoso con una mujer de treinta y ocho años de edad cuyo marido había emigrado a América. En estas circunstancias la fémina quedó embarazada diez veces y las diez veces había abortado al ingerir cierto beberaje. Dos amigas suyas también abortaron con la misma receta. El asunto fue descubierto porque levantaron sospechas por no ser capaces de mantener sus bocas cerradas. Las tres solían cantar esta coplilla cuando se reunían para torcer la seda.

Nuestros maridos son linces
que todos los oficios saben
¡Menos el limpiar barricas
que con los cuernos no caben!

Estas bebidas abortivas se preparan de muchas maneras: casi siempre con infusiones de plantas. La hierba abortiva más popular en La Gomera es la ruda, la cual despide un olor muy desagradable. Asimismo, se usa contra el Mal de Ojo si se forma una pequeña cruz con los tallos. Para el mismo fin se cuece la artemisa o se mezcla con agua y vino la magarza, también conocida como Flor de Santa María.

En este siglo ilustrado algunos defienden que es lícito proporcionar abortivos las veces que la vida de la madre está en peligro, aunque la Iglesia lo condene.

Iglesia parroquial de la Asunción, en San Sebastián de La Gomera. (Foto de Manuel Mora Morales)
Antonio Ruiz de Padrón fue bautizado en la iglesia parroquial de la Asunción, en San Sebastián de La Gomera. (Foto de M Mora Morales)

LA MUERTE DE LOS RECIÉN NACIDOS

Sin embargo la muerte infantil no es un drama de grandes dimensiones en nuestro Setecientos porque la gente está acostumbrada a que los hijos mueran a poco de haber nacido.
Por esta razón el Obispo fray Agustín Morán ha enviado una pastoral que advierte a las parteras sobre su obligación de bautizar correctamente al neonato si se aprecia peligro de muerte. En La Gomera mucha gente cree que los niños muertos antes de bautizar sólo pasarán por el Purgatorio “la punta de un maragato” siempre que no hayan probado la leche materna, porque tan pronto mamen ese alimento lujurioso deberán permanecer en expiación una buena temporada. Por estas razones, los campesinos gomeros practican un rito llamado Velorio de los Angelitos en relación con la muerte de los infantes.

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LOS RICOS Y LOS POBRES
–Don Gaspar –la partera pregunta con voz cantarina–, ¿a que no sabe usted cuándo los ricus se acordan de los probes?
–Será cuando los pobres tengan necesidad de ellos.
–Qué pocu saladu se levantó hoy, don Gaspar. Piensi, hombri.
–La verdad es que no sé cuándo será, Conchilla.
–¿Quieri que se lo diga?
–Como usted crea conveniente.
–Miri, cristianu, los ricos se acordan de los probes a la hora de su muerti, peru no pa dejarles herencias sino pa rogarli a Dios por ellus y salvar así su propia alma.
–A veces también les dejan algo, mujer.
–¡Tieni usté razón!, peru lo que dejan va a los conventus y a las iglesias. A mí nunca mi ha llegadu naíta.
–¿No sabe que se emplea para pagar los entierros de los que no tienen dinero?
–¿Al pagar a los curas pa que ofrezcan misas de defuntos a los probes no tratan de salvar sus propias almas?
–¿Le parece a usted mal que salven su alma?
–Me pareci bien, don Gaspar. Me llena de alegría saber que gracias a nosotrus los ricos además de llenar la bolsa a los frailis pueden salvar su alma y de pasu alguna de las nuestras. Porque si no hobiera gente tan probe como los perrus ¿qué desculpa tendrían los ricus pa practicar la caridad con los curas? Los ricus nos necesitan pa trabajar en su beneficiu y pa salvarles el alma, señor míu.
–Ya ve usted, Conchilla, como en el mundo todo tiene su razón de ser y el ser pobre es razón de mayor virtud que el tener riquezas.
–Y yo le contestu lo que solía dicir muertu de risa mi compadri Jorge Sargo, aquel añu en que dimpués de pasar por el charcu de los atunes estuvo desterradu en La Gomera: “¡Qué ciegus son los hombres al despreciar la probeza y riverenciar al dineru!”
–¿Y usted, Conchilla, se conduce por la vida con los refranes malintencionados de ese tunante que hasta para pescar cabrillas lanzaba el anzuelo en los calderos ajenos?

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“El Parterito” de la iglesia de la Concepción de La Laguna, Tenerife. (Foto de Julio Torres)

“EL PARTERITO” Y OTRAS ARTES PARITORIAS
La animada conversación finaliza cuando trasponen la puesta de entrada y comienzan a subir las escaleras de la planta superior. La partera deposita la imagen del Parterito junto a la cabecera de la cama. La hará desaparecer tan pronto Jerónima haya parido porque con el Parterito presente no podría salir la placenta al exterior.
No sólo son las parteras quienes utilizan esas artes. Los médicos recomiendan para este mismo fin colocar una joya entre las piernas de la parturienta e, incluso, desollar un carnero negro para cubrir el vientre de la madre con la piel aún caliente, como practicó hace algunos años el doctor Clément con motivo del embriagador nacimiento del Duque de Borgoña.
Las explicaciones científicas sobre los amuletos las aporta el reconocido doctor español don Juan Alonso y de los Ruices de Fontecha, en su libro Diez privilegios para mujeres preñadas.

“Las cosas que suceden por simpatía o antipatía son difíciles de explicar, aunque no por esto menos ciertos sus efectos. Si el ámbar atrae a las pajas y papeles, y el caballo advierte las asechanzas dirigidas contra el jinete, habiendo tanta distancia sustancial entre la pajuela y el ámbar, entre el bruto y el caballero; si entre el armiño y el barro existe tan grande y sabida antipatía como la que tienen los melones para el aceite; si el imán atrae al hierro y lo encuentra, lo delata y lo hace suyo donde quiera esté, ¿qué de extraordinario tiene, aunque no se explique, que las piedras preciosas ejerzan acción sobre el feto?”

Consciente de que no todas las mujeres poseen joyas o piedras preciosas el sesudo médico ofrece algunas ideas que también permiten aprovechar estas acciones a las mamás de poca fortuna.

“Pueden usar el osezuelo postrero de la sarta del espinazo de la liebre colgado al cuello y la ceniza del erizo, polvos de rana tostada y los gusanillos de las hortalizas que son objeto de virtud probada y de fácil adquisición.”

Como dan fe las dos citas anteriores, el galeno abomina de prácticas supersticiosas y se ciñe al método experimental.

“Las preñadas, que tienen privilegio de poder traer cosas consigo, de las que son lícitas y no huelen a superstición cuanto se entendiere por Método o experiencia.”

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LOS LLANTOS DE RUIZ DE PADRÓN
Al mediodía, ni más ni menos se oyen, dos gritos en la casa. El primero corresponde a Eufemia que repara en que la criatura posee escasas posibilidades de ser niña con ese anexo colgando. El segundo grito surge de la garganta del bebé un instante después de que la partera le propine una nalgada inmisericorde.

Gaspar no puede entrar en el cuarto lo rápido que desea. No se atreve a desafiar a su suegra. Ya ha subido y bajado las escaleras veinte veces cuando las mujeres le permiten entrar y tomar en brazos a su hijito.

Su alegría es inmensa. Jerónima tampoco cabe en sí de gozo al contemplar la ternura con que Gaspar mira al bebé: una criaturita más morada que un lirio, flaca cual pellejo vacío, arrugada como papa vieja y gritona hasta la exasperación.
–Se llamará Antonio –anuncia Eufemia con firmeza–, como mi padre.
–Antonio José –complementa Gaspar–. Mi padre se llama José.
De San Miguel –murmura Jerónima desde la cama–, Antonio José de San Miguel ¡Qué bonito nombre!
–¡Jesús! Qué poco han tardado en buscarle nombre al muchachito –la voz pícara de Conchilla Curbelo necesita imperiosamente intervenir en la conversación familiar– y qué lindo se lo han jallado, aunque ya doña Eufemia le tenía preparado el de Juana al pobrecito inocente…”

(Copyrigth de este texto: Manuel Mora Morales: La isla transparente. Editorial Malvasía, Islas Canarias, 2011)

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Convento franciscano de Cabeza de Alba.  Aquí estuvo prisionero Antonio Ruiz de Padrón, acusado de haberle dicho a los frailes mendicantes que trabajaran, de no tener imágenes de santos en su casa y de haber derogado la Inquisición española.

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